Mentes insanas
Brigitte Vasallo
Escritora
Brigitte Vasallo

Mujeres infantilizadas

Vasallo… La Vasallo

Shakespeare nunca es William, Cervantes nunca es Miguel. Pero Davis es a menudo Ángela. Una forma sutil de infantilizarnos y devolvernos a lo doméstico.

Infantilizar autoras

Queridas Mentes Insanas,

En numerosas ocasiones recibo críticas y correcciones ilustradas a esta forma chabacana mía de denominarme, personas ofendidas aunque, sin duda, bienintencionadas que desean instruirme sobre mi propia forma de nombrarme y dirigirme al mundo. “¡¿Qué es eso de “La Vasallo”, por dios?!” “¡Cualquiera sabe que en castellano los apellidos no llevan artículo, imbécil!”, “Pareces una mesonera nombrándote así”, “Nadie te tomará nunca en serio” y etc…

Aviso antes de explicar que esto de usar el apellido con el artículo delante no lo uso solo para mí, sino para todas las autoras que cito en mis obras. Y no solo os voy a contar por qué, sino que os voy a animar que lo hagáis también, a modo de guerrilla cotidiana, de resistencia contra la invisibilidad.

Os cuento. Cuando alguien me cita en un artículo o me presenta en un acto, normalmente empiezan por el nombre completo “Brigitte Vasallo”. Pero una vez hecho esto, la segunda vez que se me nombra se hace con el nombre de pila. “Brigitte”. Y así se queda hasta el final.

No es que me moleste el tuteo ni la cercanía, bien al contrario. Tampoco me ofende el ego: no creo merecer más importancia. Lo que me molesta es la certeza de que si yo me llamase José o Xavier, nadie me citaría en artículos con el nombre de pila. Sería Vasallo. Como dice Vasallo, dos puntos, comillas.

Así, el uso del nombre de pila no lo marca la pequeñez de mi obra, sino la pequeñez de mi género. Ser mujer. Mujercita.

A Pérez-Reverte nunca lo llaman Arturo

Las mujeres, por muy autoras de algo que seamos, somos cercanas, hacemos cositas personales, anecdóticas, y se puede tomar confianza con nosotras sin más. Los autores hacen cosas universales y neutras; no masculinas, sino humanas.

Shakespeare nunca es William, Cervantes nunca es Miguel. Pero Davis es a menudo Ángela, y Woolf deviene Virginia. Esta es una manera, inconsciente sin duda, de devolvernos a nuestras labores, a reducirnos al ambiente familiar, de seguir marcando el límite entre el pensamiento de verdad y el pensamiento concreto, anecdótico, que representamos nosotras.

Esta columna podría acabar aquí. Citadnos con el apellido también a nosotras y asunto concluido. Pero las mujercitas, ya se sabe, nunca estamos contentas del todo. Si se nos cita solo con el apellido, perdemos el género, se nos toma por hombres.

Y las dificultades que asumimos para crear, para pensar, para escribir, para investigar, para inventar son muchísimo mayores que las que tiene que afrontar un hombre. Claro que hay muchas otras cuestiones a tomar en cuenta.

No es lo mismo ser de clase alta que de clase trabajadora, no es lo mismo ser nacional que migrada, no es lo mismo tener capacidades normativas que capacidades diferentes, no es lo mismo ser paya que ser gitana.

Unas personas están mucho más estimuladas para dedicarse a algunas materias que otras. Tenemos pocos referentes de artistas gitanas, y eso influye en la expectativa de serlo. Tenemos pocas actrices negras, tenemos pocas escritoras con diversidad funcional, tenemos pocas cantantes visiblemente lesbianas. Nos falta todo eso.

Y porque nos falta, a nivel de género, es importante visibilizarlo.

Soy una mujer y escribo. Soy escritora. Existo. Y, aún siendo una escritora pequeña, soy mejor que muchos Perez Revertes. Pero yo soy Brigitte y ellos nunca serán Arturo.

¿La solución a este puzzle? Honrar a nuestras madres mesoneras, que tampoco tenían derecho a serlo, a nuestras madres bastardas, feroces, indomables.

Conservemos el apellido y añadamos el artículo. Forcemos la lengua, demostremos que no nos importa ser gramaticalmente incorrectas, porque nuestra simple existencia ya es una incorrección. Citemos a la Butler, a la Federici, a la Garcés, a la Anzaldúa, a la Wadud.

Las mesoneras fueron siempre malas mujeres, bebedoras, prostitutas, dueñas de burdeles. Lo que la sociedad llama “buenas mujeres” son las mujeres que no dan problemas, las que se callan, las que se hacen pequeñas. Llenar nuestros artículos, nuestros discursos y nuestro pensamiento de malas mujeres solo puede ser una buena noticia.

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suscribete Octubre 2017