Mentes insanas
Brigitte Vasallo
Escritora
Brigitte Vasallo
cuidar las heridas

Decir adiós

La pena me tiene a mí

El duelo es más que dolor. Es un recordatorio de que estamos conectados y presentes en el mundo, de lo que significan nuestros lazos con otras personas.

Queridas Mentes Insanas,

Judith Butler es una filósofa de esas que no se pueden leer porque no se la entiende a menos que hayas dedicado media vida a estudiar sus mismos temas. Una dificultad que me parece horrible e innecesaria, pero ya hablaré de ello en otra ocasión.

El caso es que a ella así, a pelo, no se la entiende. Y, sin embargo, tiene un librito maravilloso y muy accesible titulado “Vida Precaria” (Paidós, 2006) que es donde yo vuelvo cada vez que vivo un duelo.

Y los duelos pueden ser de muchos tipos: no solo por una muerte, sino también por una relación que acaba o se transforma, por un vínculo que cambia su espacio geográfico o emocional, por una etapa de la vida…

Carmen Linares canta una soleá que dice: Tengo una pena una pena / casi puedo yo decir / que yo no tengo una pena / la pena me tiene a mí.

Pues cuando yo no tengo una pena sino que una pena me tiene a mí, vuelvo a este librito de la Butler y leo.

“Mientras pasamos por eso (por el duelo) algo acerca de lo que somos se nos revela, algo que dibuja los lazos que nos ligan a otro, que nos enseña que estos lazos constituyen lo que somos, los lazos o nudos que nos componen. No es como si un “yo” existiera independientemente por ahí y que simplemente perdiera un “tú” por allá. (…) Cuando perdemos uno de esos lazos que nos constituyen, no sabemos quiénes somos ni qué hacer. En un nivel, descubro que te he perdido a “ti” solo para descubrir que “yo” también desaparezco. En otro nivel, tal vez lo que he perdido “en” ti, eso para lo que no tengo palabras, sea un relación no constituida exclusivamente ni por mí ni por ti, pero que va a ser concebido como el lazo por el que estos términos se diferencian y se relacionan”.

Y concluye con una gran frase, una frase de esas de escribirse en grande en la pared: “Enfrentémoslo. Los otros nos desintegran. Y si no fuera así, algo nos falta”.

El duelo no es la prueba de estar vivos, pues se puede vivir de muchas maneras. Pero sí es la constatación de estar siendo atravesada por el mundo, de que el mundo y las personas nos conmocionan, y de que hemos estado dispuestas a esa conmoción.

Relacionarnos es un ejercicio de riesgo, con todas esas mochilas emocionales que acarreamos. Con todas las grietas, todas las cicatrices y todas las heridas abiertas. La desintegración es dura, y la poesía llega hasta donde llega. Pero hay algo en esa desintegración que no es solo dolor, que no es solo hundimiento.

Hay algo que es constitutivo de la relación en sí misma, del hecho de relacionarnos, que ponernos ahí dispuestas a ser conmocionadas. De que no nos falta nada, de que no somos de piedra, de que no hemos escondido las heridas debajo de la alfombra, de que están ahí, y que también nos constituyen. Y de que hay que cuidarlas.

Y el duelo también es eso. Mirarse las heridas, reconocer que están ahí y, lejos de meterles los dedos para que sangren o lejos de ponerles tiritas para no verlas, tomarlas, escucharlas, y ayudarlas a cicatrizar.

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suscribete Octubre 2017