Diario de una loca
Sol Camarena
Paciente de salud mental
Sol Camarena

Activismo sano

Aceptación radical: un pequeño oasis personal

Siempre había pensado que la aceptación está en oposición a la acción, pero no tiene por qué ser así. La aceptación radical me ha enseñado a no martirizarme.

Aceptación radical

“Aceptación radical” es un concepto que quizás no les suene a muchos, pero con el que yo ya me he familiarizado tras unos pocos años de terapia.

La aceptación radical, muy relacionada con la práctica del “mindfulness”, la meditación, la toma de conciencia… que tanto beben del budismo; tiene mucho que ver con no juzgar, con dejar las quejas a un lado y con, en resumidas cuentas, aceptar la realidad tal como es en vez de sufrir planteándonos cómo desearíamos que fuera.

Así que intento no juzgar. Intento vivir sin centrarme en mis expectativas, en mis prejuicios; centrándome en lo que perciben mis sentidos, en las vivencias y emociones que me atraviesan que no tengo por qué ordenar de “mejor” a “peor”.

Porque la aceptación radical, al menos desde mi experiencia, mejora notablemente tu calidad de vida. La aceptación radical te facilita el día a día, te limpia por dentro, te permite mejorar tus relaciones con otras personas.

Pero ¿desde cuándo las personas que luchamos contra una sociedad injusta aceptamos sin miramientos los grandes fallos de esta misma sociedad, con todas las injusticias que la rigen?

¿No conocemos acaso la frase de la gran Angela Davis, “Ya no acepto las cosas que no puedo cambiar; ahora cambio las cosas que no puedo aceptar”? ¿Desde cuándo el conformismo ha llevado a algún gran cambio social?

Esta era, para mí, la gran contradicción del aprendizaje terapéutico que vengo realizando. Me es imposible resignarme. Me es imposible conformarme. Tanto en calidad de mujer, bollera y loca que se ve violentada por esta sociedad; como en calidad de compañera que se solidariza con las luchas hermanas y trata de dejar de reproducir las ideologías aprendidas que perjudican al resto de las oprimidas.

No podía dejar de preguntarme si acaso no estábamos priorizando nuestra propia felicidad de forma que dejábamos de lado los factores sociales que obstaculizaban el camino hacia esta misma felicidad. Si acaso no estábamos siendo, incluso, egoístas; vale, yo tengo una casa y comida y en teoría no tendría por qué quejarme, pero ¿qué hay de quiénes no tienen lo que yo tengo?

Y, sin embargo, poco a poco he logrado reconciliar la práctica de la aceptación radical con mi militancia política y mi formación ideológica, con mi activismo en todos sus ámbitos. Diría, incluso, que sin practicar la aceptación radical luchar por otra sociedad se me haría ya imposible; estaría demasiado ocupada llorando de frustración por todo lo que no está en mi mano cambiar, lamentándome por la vida que me ha tocado vivir.

Lo que quiero decir con todo esto es que la aceptación no está reñida con la actuación. Aceptar que vivo en una sociedad profundamente misógina, de estructura patriarcal, no implica quedarme de brazos cruzados observando cómo las cifras de asesinatos a mujeres por violencia machista crecen cada día. No; aceptar la problemática tan arraigada con la que convivo implica reconocer que, por mucho derecho que tenga a quejarme y lamentarme, quejándome y lamentándome todo el día ni cambiaré nada ni lograré aliviar mi dolor ante las violencias que confronto.

Así que la aceptación radical me ha enseñado qué está fuera de mi alcance cambiar y qué no. Me ha enseñado a moverme, a actuar, sin martirizarme después por no haber logrado todo lo que deseaba lograr. Me ha enseñado a aceptar, que no a conformarme, en resumidas cuentas.

Me ha enseñado a integrar mis activismos y mi bienestar en la medida de lo posible; porque es inevitable sufrir en una sociedad que perpetúa nuestros sufrimientos, porque es inevitable que te duela el darte cuenta de las injusticias que rigen esta misma sociedad.

Pero no es inevitable cortar por lo sano con el dolor cuando se convierte en sufrimiento inagotable y no te aporta nada ni a ti, ni a la sociedad que pretendes cambiar. Y es que el dolor es parte de la vida, pero el sufrimiento indefinido no tiene por qué serlo si aprendemos a manejarlo y a aliviarlo en pequeñas dosis.

Por eso, aceptar es necesario para actuar. El martirio, la culpabilidad y la frustración perpetuos ni me facilitan la vida ni son motor de cambio social. Si acepto mis circunstancias, si acepto el marco en el que me muevo, me será mucho más fácil tanto soportar las injusticias que por ahora no puedo impedir como combatir aquellas contra las que sí puedo aportar mi granito de arena.

Porque aceptar no es ni tiene por qué ser lo mismo que resignarse, que conformarse. Aceptar es el primer paso para empezar a cambiar algo.

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suscribete Octubre 2017