Diario de una loca
Sol Camarena
Escritora y paciente de salud mental
Sol Camarena

Mereces que te escuchen

Histéricas contemporáneas: invalidadas en la consulta del psiquiatra

Exageradas, dramáticas, histéricas... así nos sentimos muchas pacientes de salud mental, especialmente las mujeres, en la consulta de los profesionales que nos atienden.

Mujeres invalidadas

Invalidar. Invalidación...

Invalidada.

Sí, “invalidada”, en femenino. Porque así es como nos sentimos demasiadas mujeres en la vida, en la sociedad y cómo no, en la consulta del profesional de salud mental de turno.

Para aquellos a quienes no les resulte familiar este término, les sugiero que piensen en las siguientes palabras: “exagerada”. “Dramática”.

“Histérica”.

La tradición histórica, tanto médica como sociocultural, de asociar las reacciones emocionales de desborde y ataque de nervios a la mujer (de ahí la raíz griega de “histeria”, que significaba “útero”) devino en tratamientos tan terribles para estas como el encierro, la histerectomía e incluso la lobotomía. Todo esto, gracias a la lucha de las mujeres, ya no se da como antes; pero sí que pervive en la cultura popular, y me atrevo a decir que también en las consultas médicas, la costumbre de tildar a la mujer que sufre o que se atreve a quejarse de “histérica”.

Porque yo ya no era tan pequeña cuando di con el término “invalidación”, y diría que la mayoría de mis amigas tampoco, pero “fue como si me acercaran un sacacorchos después de años de abrir las botellas con los dientes” (como dice Lauren Zuniga de su primer encuentro con el término “heteronormativo”).

Porque descubrir esa palabra fue un poco como descubrir que lo que me habían estado haciendo durante años, negar mis vivencias y tildarme de “exagerada” o “dramática” (otra forma de llamarme histérica, a fin de cuentas), tenía nombre; pero desafortunadamente no conllevó el fin de esa costumbre tan habitual.

Porque cuando le conté a mi primer psiquiatra que un tío me había estado manoseando, besando la oreja y susurrándome guarradas al oído ante mi incapacidad para reaccionar en un concierto en un festival me dijo que “bueno, vamos, que era un poco pulpo”. Y así me sentí. Invalidada.

Porque cuando hablo del maltrato verbal y la manipulación que sufría en el colegio por parte de algunas compañeras de clase suelen preguntarme “¿pero te pegaban?”. Y cuando respondo que sí, que a veces, suelen responder “¿pero mucho?”. Y así me siento. Invalidada.

Porque mucha gente me pregunta “¿pero tan mal lo has pasado por ser lesbiana?” solo porque nunca me han apaleado por la calle ni echado de casa. Y sí, soy consciente de que desafortunadamente en esta sociedad a lo mío se le llama ser afortunada cuando debería ser lo normal, pero eso no me libra de la hipervigilancia cada vez que beso a otra chica por la calle ni me devuelve las oportunidades perdidas por estar demasiado ocupada tratando de convencerme a mí misma de que era heterosexual (tampoco el amor propio que mi propia lesbofobia interiorizada, y no olvidemos, aprendida dinamitó).

Y así me siento. Invalidada.

Invalidadas también en la consulta del psiquiatra

Y podría seguir, y seguir, y seguir con más ejemplos pero al fin y al cabo sobre lo que me gustaría escribir es sobre todas esas veces que esta invalidación nace más concretamente de aquellos profesionales que deberían hacernos sentir apoyadas y atendidas. Los profesionales del ámbito de la salud mental.

Así que os contaré que ahora que asisto a sesiones de terapia de grupo, las psicólogas a cargo hacen mucho hincapié en que por “exageradas” que puedan ser nuestras reacciones emocionales a cualquier circunstancia más o menos habitual y por mucho que debamos aprender a gestionarlas; la realidad es que son nuestras emociones y se merecen ser validadas. La realidad es que solo por sentirlas, ya se merecen nuestra atención, nuestros cuidados; y los de aquellos que nos rodean, especialmente de los profesionales que nos tratan. Se merecen ser validadas.

Pero no es así como mis amigas y yo nos sentimos en la mayoría de consultas de psiquiatras y psicólogos. Demasiado a menudo somos las “histéricas contemporáneas”, las que sufren demasiado, las que sienten demasiado.

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Y es cierto que, a menudo, “demasiado” es la coletilla que acompaña a la mayoría de nuestras reacciones emocionales. Que la nuestra no es la forma más sana, ni la más conveniente para nuestra propia salud, de sentir.

Pero eso no quita que sea, al final del día, nuestra forma de sentir. Que lo que necesitamos es que nos ayuden a gestionarlo, no que nos digan que es excesivo o que está fuera de lugar, y ya aprenderemos nosotras (con ayuda profesional); a reducir la intensidad de esos “ataques de nervios” o “neurosis” e incluso “psicosis” que son, por otro lado, tantas veces causadas por una sociedad patriarcal sin necesidad de sentirnos primero exageradas, dramáticas, histéricas.

Invalidadas.

Etiquetas:  Emociones Salud Mental