Diario de una loca
Sol Camarena
Paciente de salud mental
Sol Camarena

LGTBfobia

Mis dos armarios: el de loca y el de lesbiana

Numerosos estudios confirman lo que las personas LGTBI ya sabíamos por experiencia: las violencias que vivimos son nefastas para nuestra salud mental.

Salir del armario

“Estar en el armario” es una metáfora que hace referencia a la situación que vivimos las personas LGTBI cuando se presupone que somos lo que no somos y nos vemos obligadas a ocultar nuestras verdaderas identidades.

¿Que qué tiene esto que ver con la salud mental? Pues mucho. Muchísimo.

Los armarios son agobiantes, oscuros, húmedos. No son un lugar en el que una persona quiera o pueda vivir una vida digna. No son un lugar en el que florezca una buena salud mental; más bien son un lugar de podredumbre, de florecimiento de diagnósticos psiquiátricos y dolencias psicológicas.

Pero, sobre todo, los armarios son solitarios. Cuando estás en el armario, generalmente, no conoces a otras personas como tú; y si las conoces, ellas no saben que eres como ellas, así que te sientes sola igual.

Piensas que eres la única e, incluso, que lo tuyo es antinatural. Que eres una rareza en el mejor de los casos y una aberración en el peor de ellos.

La LGTBfobia juega contra nuestra salud mental

Y es que no es casualidad que numerosos estudios demuestren lo que las personas LGTBI sabemos por experiencia: que las violencias más o menos sutiles, más o menos directas a las que nos enfrentamos cada día (no solo es violencia que te peguen una paliza por la calle por llevar falda o por ir de la mano de tu pareja sino también no ponerte la falda o soltar la mano de tu pareja por el miedo a sufrir esa violencia física) aumentan con creces el riesgo a desarrollar trastornos psiquiátricos.

Sin embargo, hay demasiado que decir sobre la confluencia entre ser LGTBI y convivir con dolencias psicológicas. Así que a mí me gustaría escribir, en concreto, de los armarios. De quién nos mete en ellos, de si se sale realmente alguna vez y de cómo toda esta violencia implícita perjudica nuestra ya frágil salud mental.

Escribía que los armarios son, ante todo, solitarios. La sensación de comunidad es algo que prácticamente todas las personas buscamos, de una forma u otra, a un nivel o a otro. Sentirnos arropadas, acogidas, rodeadas en el buen sentido.

Y no es que tengamos que ser todas iguales para conformar comunidades; no es que una amiga heterosexual no pueda consolarme o que no me pueda reír a gusto con ella.Pero sí que es cierto que, si hasta a partir de gustos triviales comunes se forman clubes y grupos de afinidad, imaginaos a partir de la experiencia de sufrir unas mismas violencias estructurales.

Lo que quiero decir con esto es que, si entendemos que a quien le guste el fútbol le apetezca conocer a otras personas con gustos similares, con más razón deberíamos entender que a quien es LGTBI no solo le apetezca sino que sienta la necesidad de compartir experiencias comunes y crear comunidad. Porque la comunidad nos salva del aislamiento.

Porque, cuando has crecido creyéndote la única, creyéndote la anormalidad de un sistema monocromático; encontrarte con personas como tú puede salvarte la vida. Ya sea en tu ciudad o por Internet, ya sea parejas, personas conocidas o sencillamente amigas; descubrir que los colores del arco iris de la bandera no son solo un estigma sino un hilo que nos une a todas estas personas e incluso un motivo de celebración de nuestras existencias puede salvarte la vida.

¿Quién nos ha metido en el armario?

Y, después de esta declaración de odio a los armarios y de amor a la comunidad ¿cómo puede ser que no aconseje a todo el mundo quemar el armario, reventar las puertas a golpetazos? Pues porque a veces, demasiadas veces, nuestra seguridad en todos los sentidos (incluso nuestra integridad física y psicológica) va primero.

Y es que esto va por todas esas personas que parecen culpabilizar a las personas LGTBI de estar en el armario. Que parecen responsabilizarnos de no hacer de la visibilización nuestra bandera. Como si hubiéramos elegido esta existencia claustrofóbica. Como si a alguien le gustara estar en el armario.

Así que, si vais a responsabilizar a alguien, responsabilizaos vosotras mismas; y esto va por todas esas personas que nos han encerrado y nos encierran cada día de nuevo en los armarios construidos entre todas en una sociedad en que prima la norma. Responsabilizad a quien te pregunta qué tal con el novio constantemente sin poder concebir siquiera que haya una novia en su lugar; responsabilizad a quien se niega a concebir que su hijo sea en realidad una hija.

Y digo “responsabilizad”, y no “culpad”, porque soy la primera que comprende que no se trata de responsabilidades individuales. Que todas las personas convivimos en esta sociedad en que se excluye al individuo que brilla por diferente. Que todas hemos crecido mamando unas ideas nocivas para cualquier persona LGTBI y las perpetuamos de una forma u otra.

¿Que qué tiene todo esto que ver con la salud mental? Pues mucho. Demasiado.

Porque, en definitiva, la sensación de comunidad es lo contrario de lo que nos encontramos las personas que crecemos en el armario. Pero nunca, nunca, nunca es culpa nuestra permanecer dentro de este. Como dice Denise Frohman en un poema slam:

“Querida Gente Heterosexual: no me gustan los armarios, pero habéis hecho del salón un espacio privado y ahora me siento como una invitada en mi propia casa.”

suscribete Octubre 2017