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Ibone Olza
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Ibone Olza

Últimas palabras

Morirse no es tan malo

Imaginamos que morir debe ser terriblemente triste, pero algunos estudios recientes con enfermos terminales y presos condenados apuntan a lo contrario.

muerte buena

Solemos evitar pensar en la muerte, tanto en la propia como en la de los seres queridos. O, incluso si pensamos en ella, preferimos no hablarlo, no vaya a ser que la llamemos. Cuando a alguien cercano le diagnostican una enfermedad incurable con pronóstico fatal nos compadecemos y, si intentamos ponernos en su lugar, nos resulta durísimo: imaginamos que tiene que ser tristísimo o directamente terrible.

Por eso nos conmueven tanto testimonios como el de Amy Krouse Rosenthal, la escritora de cuentos infantiles que, pocos días antes de morir de cáncer de ovario el pasado mes de marzo, escribió una preciosa carta titulada “Deberías casarte con mi esposo” (1) en la que explicaba con envidiable buen humor lo recomendable que era su marido deseando que, cuando ella ya no estuviera, él pueda vivir otra historia de amor tan bonita como la que ella vivió con él los 24 años que pasaron juntos.

Curiosamente un nuevo estudio (2) ha confirmado que esto no es tan sorprendente: afrontar la propia muerte es bastante menos triste o terrorífico de lo que parece o de lo que imaginamos. De hecho, parece que muchas de las personas que saben que van a morir en breve se sienten relativamente bien o felices y expresan gratitud y bienestar.

Para investigarlo los psicólogos primero analizaron los escritos (entradas de blog) de personas con enfermedades como el cáncer o la esclerosis lateral amiotrófica en estadios terminales. Sólo se incluyeron blogs de personas que habían fallecido durante el tiempo que duró el estudio.

A la vez pidieron a un grupo de voluntarios que escribieran imaginando como se sentirían si les quedaran pocas semanas de vida. Al comparar los textos de ambos grupos resultó que los textos de las personas que habían fallecido transmitían bastante bienestar, confianza y felicidad, algo que no se mostraba en los textos de los voluntarios sanos que intentaban ponerse en esa situación, que imaginaban sentirse angustiados o incluso aterrorizados.

Además, las emociones positivas de los enfermos parecían aumentar conforme se acercaba el final.

Lo más llamativo es que lo que motivó el estudio, según los autores, fue conocer las últimas palabras de los presos condenados a muerte en Texas publicadas por el Departamento de Justicia: en su mayoría eran de agradecimiento, expresaban amor y conexión.

Para la segunda parte del estudio de hecho se analizaron esas últimas palabras y escritos de los presos en el corredor de la muerte y se compararon con los escritos de presos que no estaban condenados, y una vez más se encontraron con que los que iban a ser ejecutados habían escrito en términos más positivos y esperanzadores que los otros. Según los autores todo ello refleja que morirse puede ser más positivo de lo que se piensa.

Personalmente me llama la atención que en el estudio se comparen ambas cosas: la enfermedad terminal con la pena de muerte, sin cuestionar la segunda (para mi injustificable). No debe ser igual morirte que te ejecuten, digo yo…

Me quedo pensándolo mientras recuerdo las palabras de la brillante Amy Krouse Rosenthal: aprovecha al máximo tu tiempo aquí.

Referencias

  1. Deberías de casarte con mi esposo (www.nytimes.com/es/2017/03/04/deberias-de-casarte-con-mi-esposo)
  2. Dying Is Unexpectedly Positive (journals.sagepub.com/doi/10.1177/0956797617701186)
suscribete Octubre 2017