Desde la consulta
Ramón Soler
Psicólogo
Ramón Soler

Abusos sexuales

Cuando el cuidador se convierte en depredador

Las mujeres que han sufrido violaciones por parte de algún familiar, se enfrentan a un doble tabú difícil de superar.

agresiones sexuales

Tras la conmoción social que vivimos hace unas semanas por la sentencia del juicio de "la manada", se ha generado un movimiento, sobre todo a través de las redes sociales, en el que numerosas mujeres han decidido contar sus traumáticas experiencias de abusos sexuales.

Muchas de ellas han roto con años de silencio y oscuridad para, por fin, sentirse escuchadas y comprendidas. Incluso, aquellas que no se atrevían a relatar públicamente sus experiencias, han contado con la ayuda de otras mujeres que las publicaban y difundían de forma anónima bajo el hashtag #yolocuentoporti.

Abuso sexual intrafamiliar, una plaga silenciosa

Muchas de estas terroríficas historias narraban ataques ocurridos cuando eran pequeñas en su hogar, perpetrados por parte de algún familiar, confirmando la pavorosa estadística de que la mayoría de los abusos sexuales a niñas tienen lugar dentro de la familia a manos de un pariente. Los datos hablan de una verdadera epidemia:

Alrededor de un 20% de las mujeres han sufrido algún tipo de abuso en su infancia

Además, considerando que muchos de los casos ni siquiera se denuncian, podemos imaginar que la realidad resulta aún mucho más aterradora y que estas cifras deben ser mucho más altas.

Al relatar los abusos que de niñas sufrieron en sus casas, estas mujeres se enfrentan, además de a un doble tabú social (contar una violación y por parte de un pariente), a un profundo trauma. Asimismo, deben afrontar no sólo el intenso dolor y el daño físico y emocional de haber sufrido una violación, sino también, la enorme conmoción de haber sido atacadas de niñas en un entorno que consideraban seguro y, además, por un miembro de su familia que, supuestamente, tenía que estar ahí para cuidarla y protegerla de todo peligro.

¿Y los padres dónde están?

La sensación que experimentaron de niñas estas mujeres fue de total desamparo. Las personas que tenían que haberlas protegido (sus padres), no lo hicieron.

En algunos casos, es posible que estos no se enteraran de nada por ser un hecho fortuito (la niña calló por una mezcla de miedo al agresor -siempre coaccionan a sus víctimas- y vergüenza o por falta de confianza en sus padres) pero, en muchas otras ocasiones, los padres o los responsables de las niñas miran hacia otro lado cuando sospechan que existe algún tipo de abuso por parte de un pariente.

A veces, por no enfrentarse al abusador (muchas veces el propio padre, abuelo, hermano, tío de la niña), otras, porque le restan importancia a los acontecimientos o porque no quieren/pueden afrontar la realidad (madres/padres traumatizados que fueron abusados en su propia infancia, adicciones de uno o ambos padres, desestructuración familiar, abusos y malos tratos frecuentes son algunas de las causas por las que las madres/padres no toman medidas ante estos abusos).

Las consecuencias psicológicas para las víctimas

El resultado de esta conducta evitativa, ante el daño recibido por su hija, es que la niña se sintió abandonada y sola con su dolor (sensación que aún puede perdurar de adulta). Además, la niña experimentó durante toda su infancia una inmensa sensación de pánico (perdió la seguridad del hogar y la protección de sus mayores) y ha arrastrado hasta su edad adulta, un profundo y desolador trauma muy difícil de superar.

Si el abuso se produce de forma continuada, las implicaciones emocionales y físicas son devastadoras para la salud de la niña, pudiendo desarrollar terribles secuelas físicas y gravísimas enfermedades mentales.

Este vacío que encuentran las niñas que han sufrido violaciones en el entorno familiar, conlleva además otra perversa consecuencia, muchas de ellas, ante el silencio o la pasividad de sus padres, comienzan a albergar sentimientos de culpa y acaban por dudar de si mismas.

Con frecuencia, estas niñas terminan autoconvenciéndose de que estaban magnificando los hechos y acaban negando la realidad que han vivido y, lo que resulta terriblemente dañino, negando también su cuerpo y sus emociones.

Las dudas que tiene la víctima sobre su experiencia son aún mayores en los casos en los que no habido penetración. Las leyes, los jueces y la sociedad en general, tienden a hablar de violación únicamente cuando hay penetración, dejando en un segundo lugar otro tipo de abusos sexuales como tocamientos o rozamientos.

Por este motivo, muchas chicas que han sufrido abusos, aunque haya sido de manera continuada a lo largo de muchos años, tienden a restarles importancia e, incluso, no se ven legitimadas a protestar o a denunciar los hechos ya que (bajo su punto de vista) otras lo han pasado mucho peor. Sin embargo, la percepción interna de la experiencia como algo violento y humillante, y los efectos a largo plazo del trauma pueden llegar a ser tan graves como cuando existe penetración.

Sanar el trauma de la violación: el caso de Daniela

En mi consulta, por desgracia, son muchos los casos que he conocido de mujeres que han guardado, durante años, relatos de violaciones perpetradas dentro del hogar. No lo contaron en el momento del suceso por temor a no ser escuchadas o, incluso, a que las culparan a ellas de lo ocurrido.

A veces, estos relatos son tan dolorosos que la víctima intenta borrarlos de su mente para mitigar el sufrimiento de revivir a diario su trauma. En estos casos, los acontecimientos permanecen ocultos a la conciencia, pero el inconsciente, para ofrecer oportunidades de sanar el trauma, buscará, hasta que lo logre, una y otra forma de sacar a la luz lo sucedido.

Uno de estos casos fue el de Daniela, que acudió a mi consulta en una época de su vida en la que sufría continuas crisis de angustia. Sin saber muy bien la razón, vivía permanentemente bajo altísimos niveles de ansiedad y con un constante miedo, del que tampoco conocía su origen, a relacionarse con la gente.

Una de las situaciones que más angustia le provocaba era la continua sensación, a pesar de que vivía sola, de que había alguien en su casa. Por las noches, llegaba a sentir cómo una presencia, de la que escuchaba hasta el sonido de su respiración, se sentaba a los pies de su cama. Ella era una persona muy racional y no creía en fantasmas, pero lo que percibía era real y se sentía completamente desconcertada.

A lo largo de sus sesiones, las imágenes fueron llegando y Daniela fue poniéndole cara y cuerpo al fantasma que la visitaba por las noches. Recordó que entre los 5 y los 8 años, su abuelo vivió con ellos en casa.

En muchas ocasiones, aprovechando la oscuridad de la noche, éste entraba en su habitación, se sentaba en su cama para, acto seguido, manosearla y frotarse contra ella. La pequeña Daniela, en esos momentos, se quedaba paralizada, bloqueada por el miedo, al tiempo que su corazón latía a mil por hora mientras escuchaba la respiración de su abuelo muy cerca de ella.

Daniela nunca se atrevió a contarle nada a sus padres. Aunque sabía que aquello no estaba bien, no pensaba que la fueran a comprender ni a apoyar, de modo que tuvo que guardarse para sí el dolor, la angustia y el miedo que sentía ante su abuelo.

Recordando estas situaciones, Daniela pudo comprender el origen de sus temores y de la presencia que sentía por las noches. No era un fantasma, sino la forma en la que su inconsciente le intentaba conectar con sus recuerdos traumáticos.

Desenmascarar al verdugo y poner la verdad encima de la mesa, es la mejor manera de sanar el trauma de la violación. Por eso considero tan importante el movimiento de apoyo a la chica violada por la "manada" y la sororidad mostrada por las mujeres que ayudan a otras muchas a escribir y compartir sus relatos de agresiones y violaciones. Este debe ser el inicio de una ola imparable que borre definitivamente al patriarcado de nuestra sociedad.

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suscribete Octubre 2017