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Ramón Soler
Psicólogo
Ramón Soler

Cultura de la violación

El machismo no nace, el machismo se hace

La violencia machista hunde sus raíces en una cultura y en una educación patriarcal y misógina. Nuestra sociedad necesita una profunda revisión urgentemente.

Machismo

Por Ramón Soler y Elena Mayorga

Hace unos días asistimos estupefactos a la sentencia (incluido el pavoroso voto particular) del terrorífico caso de la autollamada “manada” en la que los jueces, sirviéndose de vericuetos legales, dictaminaron que la víctima había sufrido abuso sexual y no una agresión sexual o violación.

El origen del machismo

Para la mayoría de la población resulta incomprensible este dictamen, no solo porque denota una interpretación torticera de lo sucedido, muy alejada del infierno real (descrito en la misma sentencia) que vivió una joven, casi niña, que estando bajo los efectos del alcohol y paralizada por el shock y el terror fue atacada, sin piedad, por cinco hombres, ¡¡cinco!!, mayores que ella y mucho más corpulentos.

El historial de los acusados incluye (historial no admitido como prueba en el juicio) más casos de violencia con premeditación hacia mujeres indefensas, sino porque demuestra hasta qué extremo la misoginia y el machismo impregnan aún todas las estructuras de nuestra sociedad.

La Manada: una sentencia sin empatía

Una sentencia que tenía que haber sido ejemplar, mostrando protección y empatía hacia la víctima, y todas las víctimas, de violencia machista, y tolerancia cero hacia los agresores y sus defensores, ha acabado por convertirse en un enaltecimiento (sobre todo en el aberrante voto particular) del machismo.

Las palabras de estos tres jueces han dado a entender que la ley, cuando se interpreta bajo prejuicios machistas, expone a las mujeres a la desprotección, al abuso, al escarnio y a la indefensión.

Una vez más, la víctima (mujer) ha sido culpada y el agresor ha sido perdonado con una pequeña reprimenda por su comportamiento abusivo.

Cultura de la violación

Nombrar al monstruo

Cultura de la violación

Volvemos a las viejas premisas patriarcales en las que la mujer siempre es culpabilizada, incluso cuando es la víctima, y el hombre, sin tener en cuenta la gravedad de la falta que ha cometido, es indefectiblemente exculpado.

Efectos de la cultura patriarcal

Esta funesta interpretación de la realidad, hunde sus raíces en una cultura patriarcal milerania en la que además de culpar a niñas y mujeres de todos los males, se las concibe como un objeto, una propiedad, no como a una persona. Los objetos, las cosas, no tienen la consideración necesaria como para recibir muestras de respeto y empatía.

Los objetos, las cosas, no se perciben como seres vivos.

Nuestras hijas e hijos crecen en una sociedad en las que, culturalmente, las niñas, cuando se trata de cualquier situación relacionada con el hombre, no son respetadas y no tienen derecho a la empatía. Las niñas y mujeres son consideradas en nuestra sociedad, meramente, un objeto, una cosa, al servicio del hombre, de la masculinidad, incluidos sus “instintos sexuales”.

Por cierto, los famosos “instintos masculinos”, no son más que otra construcción cultural para justificar los abusos y el mandato de una cultura patriarcal que dicta que el hombre debe controlar a la mujer no a cualquier precio, sino sobre todo, a través de la violencia.

El patriarcado en la educación

Aún hoy en día, a muchos niños se les cría para mandar, dominar, controlar a las mujeres, para pensar en ellas como objetos, cosas, y a muchas niñas, para gustar, servir, aguantar y complacer. A los niños se les deja explorar más, trepar, jugar a juegos físicos y de contacto, a las niñas se las alienta a mantenerse tranquilas, sentadas, más quietas y sumisas.

Durante años, en estos hogares, la madre y las hermanas sirven a los hermanos y al padre, aguantan su violencia física, sus amenazas, su violencia psíquica, emocional, a veces violencias sutiles que solo se dan a través de un trato diferente, de palabras distintas.

Estas niñas son amedrantadas, pisoteadas, reprimidas por medio del control y de la violencia, mientras que sus hermanos son alentados a reprimir, abusar, a utilizar la violencia para controlar y a no sentir empatía hacia las niñas y mujeres.

Con el paso de los años, llegan al colegio y la enseñanza de los mantados patriarcales continúa a través de información y libros sesgados escritos por generaciones de hombres misóginos, biología, historia, ciencias, letras que siguen transmitiendo hechos basados exclusivamente en un punto de vista masculino.

Somos manada

Yo sí te creo, hermana

Somos manada

En el colegio, los niños juegan al fúlbol, dominan el patio a golpe de balonazos, a ellos se les califica de “más inteligentes”, a ellas de “más trabajadoras”, ellos son más escuchados y alentados por sus profesores, ellas tienen que luchar contra la falta de empatía y contra más prejuicios para poder alcanzar el éxito en los estudios.

Además, la literatura, las películas de amores románticos tortuosos, los vídeos musicales, las canciones misóginas, las series, etc. siguen ahondando y mostrando como normales estos mismos estereotipos de género milenarios tan destructivos como dañinos.

Patriarcado laboral

Más adelante, las mujeres, ya adultas, también se topan con unas normas sociales y una vida laboral en las que el sistema patriarcal las sigue obstaculizando y reprimiendo, sueldos más bajos y precarios, presión para no ser madre o para no poder conciliar, puestos de relevancia casi exclusivamente reservados a los hombres, medicalización y/o estigmatización de todas las etapas de la sexualidad femenina, leyes dictadas por hombres y para hombres que denotan además de falta de empatía, una dessensibilización total hacia el sufrimiento de las mujeres, sobre todo, cuando se produce a manos de hombres como en el ya triste caso de “la manada”.

El porno enfermizo, controlador y violento

Por otra parte, desde la llegada de Internet, de los móviles inteligentes, y el fácil acceso al porno, hay que sumar nuevo problema, aún más peligroso a este ya de por sí difícil escenario, la visualización masiva desde edades muy tempranas de estas películas (cada vez más extremas) se ha convertido en el medio exclusivo de educación sexual para muchos niños y jóvenes que, por desgracia, ya tenían asimilada como normal y válida una sexualidad patriarcal enfermiza, controladora, sin empatía hacia las mujeres.

En este tipo de películas, las mujeres, nuevamente, son mostradas como una cosa cuyo único objetivo de existencia reside en complacer todos los instintos de los varones. La cultura del porno ha ahondado en la violencia y en la necesidad de control de muchos adolescentes y hombres hacia las mujeres.

Porno: máster en violación

Cultura de la violación

Porno: máster en violación

Las cifras, altamente alarmantes, muestran que ya desde la adolescencia los delitos y agresiones contra niñas y mujeres en estos últimos años han ido en aumento. Los niños crecen pensando que tienen derecho a todo, han asimilado una imagen de varones duros, machos musculados que deben ser complacidos en todo por cualquier mujer.

En su realidad sesgada, ninguna mujer debe rechazarlos (no existe el No) puesto que en su visión narcisita de la vida, ellos son los machos y ellas cosas fugazmente placenteras de usar y tirar. Cosas que no despiertan ningún sentimiento, ni afecto en ellos, ni tan siquiera empatía.

Desnaturalización de la mujer... y del hombre

Aún podríamos hablar mucho de los mecanismos que llevan a cinco hombres a cometer un crimen tan atroz contra una joven desprotegida y a tres jueces que, en vez de empatía y protección a la víctima, además de culparla a ella, le ofrecen una suave reprimenda a los verdaderos delincuentes.

Nuestra sociedad necesita un profundo cambio, una revisión de usos, costumbres, cultura y de una educación que cría a los niños sin empatía y a las niñas en el desprecio y la culpa.

Las leyes deben evolucionar, los procedimientos médicos abusivos han de desaparecer y es imprescindible que cambien los libros de texto, la cultura del porno y la violencia, etc.

Nuestra cultura necesita una profunda revisión y la sentencia de la manada ha llevado a muchas mujeres y hombres a pedir el cambio efectivo YA.

Ha llegado la hora de cambiar sumisión y control por empatía. Ha llegado la hora de la equidad. Ha llegado la hora en la que las ciudadanas no vamos a permitir más atropellos como el vivido por una joven que salió a divertirse y regresó a su hogar violentada, zaherida y traumatizada.

Una joven a la que tres jueces, en particular uno de ellos, han vuelto a violentar, zaherir, traumatizar y culpar sin el menor asomo de empatía hacia la vivencia extrema por la que tuvo que pasar.

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