Desde la consulta
Ramón Soler
Psicólogo
Ramón Soler

Maltrato oculto

Violencia sutil: tan destructiva como un gran trauma

El cúmulo de pequeño maltratos puede llegar a ser tan destructivo para un niño como un gran trauma. Las consecuencias en la vida adulta pueden ser dramáticas.

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Cuando pensamos en personas traumatizadas por sus infancias, nos suelen venir a la mente imágenes de terribles vivencias como sangrientas palizas, humillaciones, abandono o, incluso, abusos sexuales. Situaciones tan extremas como estas explican ampliamente que un adulto, que en sus primeros años de vida recibiera este tipo de maltrato profundo, aún hoy en día, pueda arrastrar graves secuelas.

Resulta de sobra conocido el hecho de que experiencias de gran violencia dejan una profunda huella en la psique, aun en desarrollo, del niño. Sin embargo, corremos el peligro de que estos casos tan evidentes de maltrato, nos induzcan a restarle importancia a otras vivencias no tan extremas, pero que a la larga y debido a su reiteración, pueden llegar a causar problemas, como mínimo, igual de duraderos y demoledores que las graves situaciones que he descrito al principio del artículo.

Catálogo de maltratos cotidianos

Existe todo un abanico de maltratos sutiles que, acumulados a lo largo de los años, minan hasta tal punto la confianza del niño que, incluso, en su edad adulta aún se perciben sus demoledoras consecuencias.

Burlas, humillaciones, desprecios, faltas de atención o nulas muestras de cariño, no constituyen maltratos tan visibles como una paliza, pero la huella que dejan a largo plazo resulta igual de destructiva.

En ocasiones, el efecto negativo de esta violencia oculta puede resultar mucho más perjudicial que el de otro tipo más evidente. Las personas que la sufrieron, sienten que están exagerando al reivindicar su dolor por lo sucedido, piensan que otros niños lo pasaron mucho peor y que, por lo tanto, no tienen derecho a quejarse.

En nuestra sociedad, aún son mayoría los que minimizan o le restan importancia a estos maltratos sutiles, por lo que las personas que los padecieron, tienden a ocultar su experiencia y a acallar todas las emociones negativas que sintieron al sufrirlos de niños.

La impotencia, la rabia o el sentimiento de injusticia quedan reprimidos en su interior con nefastas consecuencias para su vida como, entre otras, baja autoestima, inseguridad, ansiedad o depresión.

Según mi experiencia con las personas que acuden a mi consulta, muchas de ellas no han sufrido traumas de una enorme violencia, sin embargo, se sienten perdidas y con la autoestima muy deteriorada debido a los incesantes maltratos sutiles a los que fueron sometidos durante años.

En sus terapias, les explico que, aunque a ellas no les parezca, esta violencia oculta también tienen un enorme poder de destrucción.

Como una constante gota de agua

Para que comprendan su funcionamiento, les hago el símil con la gota de agua cuyo golpeteo incesante, mantenido durante numerosos años, acaba por horadar hasta la roca más dura y con tal fuerza que el agujero que produce una gota puede llegar a ser más mucho más profundo e interno que el de un martillazo puntual.

Sufrir chantajes, desprecios, insultos, a diario, siete días a la semana, 365 días al año, durante toda la infancia, suman muchas gotas que minan la autoestima de forma insidiosa.

Ángela y la incapacidad para admitir su dolor

El caso de Ángela (57 años) representa a la perfección el daño que pueden provocar estos maltratos sutiles acumulados a lo largo de toda una infancia. El primer detalle significativo es que Ángela, al pensar que su problema carecía de importancia, estuvo años sin atreverse a acudir a consulta.

Este es un rasgo muy significativo en personas con baja autoestima. Aunque estén sufriendo, no le conceden el valor suficiente a lo que le sucede y siempre piensan que los problemas de los demás son mucho más importantes que los suyos.

En la primera cita que tuvimos, Ángela me comentó que se sentía con poca energía y con escasas ganas para, ni siquiera, salir de casa. La mujer tenía un trabajo que le permitía vivir holgadamente y gozaba de una vida acomodada, pero desde hacía décadas era incapaz de disfrutar de nada.

Ángela, al comenzar a hablar de su historia personal, me confesó no comprender porqué se encontraba tan mal. Me dijo que, al fin y al cabo, ella no había sufrido tanto en la vida como otras amigas suyas con historias de abusos y malos tratos desde la niñez.

Una infancia sin padres

La mujer, no sentía que hubiera tenido una infancia muy alegre, pero tampoco muy traumática. A medida que charlábamos, Ángela se percató de que no recordaba que sus padres hubiesen jugado nunca con ella, le hubieran contado un cuento o ayudado en sus problemas.

Sus padres, siempre estaban ocupados en la tiendan que tenían en su propia casa y apenas le prestaban atención a la niña. Frases del tipo “niña, quita de en medio”, “ahora no”, “eso no tiene importancia”, “anda, no te quejes”, “más tarde”, “vete y procura no hacer ruido” le fueron creando la percepción de que ella era un estorbo.

Para sus padres, siempre había algo más importante que hacer que atenderla y preocuparse de cómo se encontraba.

Una vida adulta sin importancia

Con el paso de los años, Ángela llegó a interiorizar el mensaje de que no valía nada y de que todas las personas, menos ella, eran importantes. Con una edad cercana a los 60 años, la mujer aún cargaba con esta pesada losa de minusvaloración e inseguridad.

Ella sentía que ni tan siquiera se merecía acudir a terapia para sanar su vida. Por fortuna, Ángela logró encontrar la fuerza para dar el paso y buscar ayuda.

A lo largo de sus sesiones de terapia, consiguió comprender que, aunque no hubiera sufrido grandes traumas, la falta de atención de sus padres y el martilleo diario de estos mensajes negativos, habían afectado severamente a su autoestima, a su seguridad y a la imagen que de ella misma elaboró e interiorizó siendo muy niña.

Casos como el de Ángela, nos hacen tomar conciencia del devastador efecto de la violencia oculta sobre la psique infantil. De todas formas, no pretendo ser alarmista, ni transmitir la idea de que una palabra concreta dicha por un familiar o un maestro poco sensible vaya a marcar a un niño de por vida.

Si en casa, el pequeño se siente apoyado y respetado, crecerá con la autoestima suficiente como para no dejarse influir por hechos puntuales. No obstante, sí que debemos estar atentos para proteger a los niños de ambientes tóxicos en los que constantemente estén recibiendo muestras de falta de cariño y/o mensajes negativos.

suscribete Octubre 2017