Vivir el presente

El diván del ahora

Un experto en el momento presente muestra a un hombre que se siente vacío, cómo se construye el puente a la felicidad: piedra a a piedra, ahora tras ahora.

Francesc Miralles

diván del ahora

Jorge se detuvo bajo el portal donde resplandecía el rótulo Diván del ahora. Aquella tarde lluviosa vagaba sin rumbo por las calles del centro. Últimamente sentía que su existencia era una acumulación de malas noticias: nada le salía bien y había perdido la alegría de vivir.

Mientras miraba hipnotizado el cartel luminoso, esperando a que cesara el aguacero, se preguntó cuándo se había empezado a torcer todo. En algún momento entre la infancia y la adolescencia había dejado de ser un espíritu libre para enredarse con los hilos de la amargura.

En medio de estas cavilaciones, un hombre calvo y esbelto, perfectamente trajeado, se plantó ante él y lo observó con atención a través de sus gafas redondas empañadas por la lluvia.

Jorge se extrañó de que aquel tipo le mirara de aquel modo, hasta que entendió que quería entrar en el edificio. Avergonzado, se apartó para que pudiera subir por las angostas escaleras que conducían al primer piso. Estaba a punto de desaparecer de su campo de visión, cuando, de pronto, el hombre se giró hacia Jorge y le dijo:

—Cada vez llueve más fuerte. Si necesita hacer tiempo, le invito a probar nuestro diván. La primera visita es gratuita.

Sorprendido por aquella propuesta, estuvo a punto de negarse, pero le asaltó una repentina curiosidad. Siempre había estado atento a las casualidades, así que si había decidido resguardarse de la lluvia en aquel portal y ahora le invitaban a pasar, lo mejor era entrar, pensó.

Además del diván que le daba nombre, en aquella consulta que ocupaba un espacio minúsculo solo había una silla y una planta de interior. Nada más. Desde la ventana se podía apreciar cómo el agua seguía cayendo con fuerza. Siguiendo las indicaciones del hombre, Jorge se tumbó en el diván y le preguntó:

—¿Es usted psicoanalista?

—No, soy una especie de geógrafo o explorador –sonrió el hombre–. Cuando alguien se pierde en los bosques del pasado o del futuro, mi misión es devolverle al ahora. Eso es lo que hago.

—Pues me temo que conmigo va a tener poco trabajo. Mi pasado es irrelevante y, en cuanto al futuro, no hay nada que me haga especial ilusión. Quizá sea mejor que le deje atender otros casos más importantes.

—No se levante, por favor –dijo el hombre trajeado al captar sus intenciones–. Le contaré algo. En una entrevista a un rabino muy célebre por su sabiduría, el periodista le preguntó cuál había sido el día más importante de su vida y su respuesta fue: “Hoy”. Al interrogarle sobre la persona más importante que había conocido, contestó: “La más importante es con quien estoy hablando ahora mismo”. Pienso igual que él en este momento.

Jorge desvió la mirada hacia la ventana. El temporal ya había amainado, pero no se podía marchar así como así.

—Yo no sé dar importancia al día de hoy. Si lo hiciera, no estaría aquí.

Se arrepintió inmediatamente de haber dicho esto, pero ya era tarde. El hombre se pasó la mano por la calva y se recolocó las gafas redondas sobre la nariz.

—Creo que se está contradiciendo. Antes me ha dicho que su pasado no es remarcable y que no hay sueños en su horizonte. Y ahora me dice que hoy tampoco es importante.

—Estoy vacío, eso es. Nada me interesa.

—Le voy a contestar tal como hacía Viktor Frankl a sus pacientes más desesperados. Les preguntaba: “¿Y usted por qué no se suicida?”. Todos tenían alguna respuesta: “Quiero ver crecer a mis hijos”, “No quiero morir sin haber visitado ese país”, “Aún tengo la esperanza de hacer esto o aquello”. Entonces Frankl les decía: “¿Lo ve como hay un sentido en su vida? Ya tiene algo por lo que luchar”.

Impresionado, Jorge pensó que su actitud tenía mucho que ver con la de aquellas personas.

—Ha dado en el clavo. Mi problema es que mi existencia no tiene sentido. No hay nada que me guste o que desee hacer. Entonces, ¿significa eso que me he cansado de vivir?

—No, significa solo que ha perdido temporalmente el campamento del ahora, pero está a punto de recuperarlo. Volviendo a Viktor Frankl, el creador de la logoterapia, si no sabe cuál es su misión en la vida, entonces ya tiene una: encontrarla.

La lluvia ya se había detenido cuando Jorge inspiró profundamente desde el diván. De repente no tenía prisa para irse. Se dirigió al terapeuta y le preguntó:

—¿Qué tiene que ver el ahora con el sentido de la vida?

—¿Qué tiene que ver cada gota que cae con la lluvia? –respondió el otro–. Todo. En una fábula de Calvino que leí, Marco Polo describe un puente, piedra por piedra, a Kublai Khan, que le pregunta: “Pero ¿cuál es la piedra que sostiene todo el puente?”. A lo que el viajero responde: “El puente no está sostenido por esta piedra o por aquella, sino por la línea del arco que ellas forman”. El jefe guerrero reflexiona y luego añade: “¿Por qué me hablas de las piedras? Lo único que importa es el arco”. A lo que Marco Polo responde: “Sin piedras no hay arco”.

Jorge caviló a su vez y dijo:

—Entiendo el mensaje: sin disfrutar de cada ahora no puede haber felicidad futura. Son las piedras del puente

El terapeuta sonrió antes de concluir:

—Creo que acabas de cruzar al otro lado

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suscribete Octubre 2017