El tiempo no espera

Un instante mágico

Llegamos siempre tarde. Aplazamos las cosas una y otra vez. Las dudas nos colapsan y no nos decidimos. Pero postergano los problemas no solucionamos nada

Francesc Miralles

instante magico postergar

Miguel levantaba la cabeza con ansiedad para intentar cazar la luz verde de un taxi, mientras la lluvia le iba calando. Faltaba media hora para que saliera su tren. Si lo perdía, no llegaría a la reunión trimestral de comerciales y bajaría puntos ante la dirección. No fue hasta diez minutos más tarde cuando Miguel pudo lanzarse dentro de un taxi con la seguridad de que ya no llegaba a tiempo.

"Esta línea ha sufrido muchos retrasos últimamente", se dijo aferrándose a la última esperanza. "Ojalá hoy también suceda".

Para su desesperación, al llegar al andén vio que el tren se había escapado y, por lo tanto, también la posibilidad de llegar a la reunión.

Tras dar una patada a un banco donde dormía un vagabundo, mandó un whatsapp a su jefe con una excusa rocambolesca. Luego se dejó caer sobre el asiento.

Una voz agria le sacó de su abatimiento.

—¡Ey! Me has despertado. ¿Qué te pasa?

—Lo siento…–dijo Miguel avergonzado–. Acabo de perder mi tren.

—Te acompaño en el sentimiento –murmuró el vagabundo–. Y te felicito al mismo tiempo. Perder este tren puede ayudarte a que no se te escapen otros más importantes.

Miguel le miró con estupefacción. A simple vista, no parecía alguien que pudiera dar lecciones de vida. El mismo homeless se encargó de aclararle eso último:

—Yo soy un ejemplo de cómo perder trenes pequeños y grandes. Si me invitas a desayunar, te cuento cuáles. Puede ser muy instructivo para ti.

Con una mezcla de compasión y simpatía por aquel pobre diablo, Miguel propuso al vagabundo que entraran en el bar del andén. Pidió dos bocadillos vegetales y unos zumos naturales.

—Desde muy joven, me acostumbré a aplazarlo todo –confesó el vagabundo tras sorber su zumo– y llegaba tarde a todas partes… si es que llegaba. Esa ha sido mi desgracia.

Miguel dio un mordisco a su bocadillo vegetal y, preocupado, dijo:

—Yo también tiendo a aplazarlo todo y retrasarme… Raramente hago las cosas en su momento. Y algunas no llego a hacerlas nunca.

—Lo mismo me pasaba a mí y aquí estoy, y no es por gusto. ¿Te interesa oír mi historia?

Miguel asintió mientras leía de reojo la bronca de su jefe en la pantallita del móvil.

—Este hábito fatal empezó ya en la escuela. Pese a tener facilidad, siempre estudiaba la noche antes. Aprobé por los pelos y eso hizo que, por falta de nota, no pudiera entrar en la carrera que me apasionaba, que era medicina. Tuve que conformarme con hacer Derecho.

—¿Y llegaste a ejercer de abogado?

—Sí, y no se me dio mal, pero perdí algunos juicios importantes por no llevar la documentación al día, y mi novia me dejó por el mismo motivo.

—¿También llegabas tarde a las citas? –preguntó Miguel sorprendido.

—No, pero en la discusión más importante que tuvimos, en vez de arreglarlo aquella misma tarde esperé a la mañana siguiente. Casualmente, esa noche se encontró en el teatro con un antiguo compañero de clase que me acabó birlando la novia. Dejarlo para el día siguiente fue una decisión fatal… Para compensar el disgusto empecé a beber demasiado, acabé cerrando el bufet… y así hasta ahora.

Miguel miró con compasión al vagabundo, que concluyó:

—El tiempo no espera a nadie, métetelo en la cabeza.

Eres como un banco donde cada día te ingresaran algo más de 85.000 euros. Moviendo ese dinero, puedes prosperar o llevar tu empresa a la ruina

—¿De dónde sacas esa cifra?

—Son los segundos que ingresan en tu cuenta vital cada día. Según cómo los inviertas tendrás una vida rica o serás pobre de solemnidad.

Artículos relacionados