Francesc Miralles

El hombre que no sabía divertirse

¿Cuánto tiempo hace que no jugamos por el simple placer de hacerlo? ¿Cuándo hemos sido niños por última vez?

saber divertirse

Aquella tarde lluviosa, Antonio sintió el impulso de releer el inicio de El Principito. Había llegado antes a casa de lo habitual, tras una jornada extrañamente apática. De repente, aquel trabajo que había absorbido sus días, meses y años, como un agujero negro, se le hacía tedioso.

A ojos de cualquiera, se encontraba en una posición envidiable. Como director de una agencia publicitaria, no tenía ningún jefe al que aguantar, y su equipo de creativos trabajaban sin causarle problemas. A no ser que se presentaran a algún concurso, todo el mundo sabía lo que tenía que hacer.

Gracias a que sabía contratar y mantener el talento, Antonio podía permitirse leer el periódico en su despacho. Aquello era el mayor éxito de cualquier ejecutivo: no hacer nada porque toda la maquinaria funciona sola.

¿Sería ese el motivo de su aburrimiento súbito?

Al tomar el libro de una estantería de su hijo, que hacía años que se había emancipado, sintió una mezcla de nostalgia y malestar. Sus dedos le llevaron a la dedicatoria “A Léon Werth” con la que aquel escritor que llevaba su nombre iniciaba su historia.

“Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor”. Tras dar tres excusas por las que había decidido hacerlo, Saint-Exupéry lo arregla finalmente así:

“Quiero dedicar este libro al niño que este señor ha sido. Todas las personas mayores fueron niños (pero pocas lo recuerdan). Corrijo entonces mi dedicatoria: A Léon Werth cuando era niño.”

Esta breve lectura removió algo muy profundo en Antonio que, disgustado consigo mismo, tomó un jersey de entretiempo y bajó a la calle a pesar de la lluvia. Frente al portal de su casa, se sorprendió al ver a dos niños que saltaban entusiasmados sobre un charco, mientras la cortina de agua les ponía perdidos.

—¡Chicos, vais a llegar a casa empapados!

—Es un experimento –dijo uno de los niños.

—¿Un experimento? ¿Cuál?

—Queremos saber si es verdad eso de que los niños encogen con el agua –respondió–. Cuando lleguemos a casa, nos vamos a medir.

—La ropa encoge con el agua, si está caliente… ¡pero las personas no!

—¿Cómo lo sabes? ¿Cuánto tiempo has estado sin paraguas ni chubasquero bajo la lluvia?

—La verdad es que poco…

—¡Entonces no puedes saberlo! –replicó.

Dicho esto, dejaron de prestarle atención y reprendieron alegres su “experimento”. Antonio se puso a cubierto, a la espera de que la lluvia amainara, sintiendo que aquellos dos le habían dado una lección.

Se preguntó cuánto tiempo hacía que no se divertía, que no jugaba por el simple placer de hacerlo. ¿Cuándo había sido niño por última vez?

Recordó entonces una tarde lluviosa como aquella, antes de que naciera su hijo. Antonio estaba desanimado y, al parar un autobús delante de él, subió sin entender por qué lo hacía. Pegó la cara al cristal y observó con ojos de niño calles que nunca antes había visto.

Tras una docena de paradas, se bajó en un barrio desconocido y, tras tomar un café en medio de lugareños que le miraban como a un turista extraviado, llamó a un taxi sintiéndose mucho más vivo.

Un impulso similar hizo que abandonara ahora la protección para ponerse al lado de los niños, que seguían gritando y. chapoteando.

Mientras notaba cómo empezaba a empaparse, levantó la mirada hacia la lluvia y sintió que algo se aflojaba dentro de sí mismo. Sonriendo, levantó la voz para decir:

—Chicos, creo que la lluvia no encoge. Al contrario, te hace más grande.

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suscribete Octubre 2017