El baile de las emociones

La montaña rusa de la vida

Muchas veces, desde nuestra perspectiva, solo vemos un pequeño tramo de la montaña rusa que es la vida. Y cuando estamos tristes pensamos que no saldremos de ahí.

Francesc Miralles

montaña rusa emocional

Desde que había cumplido los quince, Luis había dejado de ser el chico alegre y bromista que todo el mundo conocía. Se encerraba en su cuarto cada tarde a escuchar música, tumbado en la cama, mientras trasteaba el móvil.

En el instituto había empezado a suspender. Le costaba prestar atención a las clases, y mucho más concentrarse en los apuntes antes de los exámenes. Nadie en casa sabía a ciencia cierta de dónde venía su melancolía, pero sus compañeros de clase conocían sobradamente el motivo.

Ariadna, que se sentaba delante de él, había empezado a evitarle desde que le confesó que se había enamorado de ella.

Hacía ya dos meses que Luis era una sombra de lo que había sido. Con la mirada perdida, vivía en un limbo de tristeza.

Un sábado por la tarde que se había negado a salir con sus amigos de siempre, llamó a su puerta Palmira.

A sus cincuenta y cinco años, su abuela era una mujer llena de energía que, por su elegancia y carácter, jamás pasaba desapercibida.

—Sal de tu ratonera y ven conmigo, Luis. Esta tarde me he quedado sin plan y necesito compañía.

Resoplando, el chico abandonó su cuarto mientras se peinaba con los dedos.

Podía ignorar a todo el mundo menos a su abuela. Ella le había cuidado durante las tardes de su infancia porque sus padres regresaban por la noche de su trabajo en un hotel.

Aunque ya no era un niño, un vínculo muy poderoso seguía uniéndolo a Palmira, que arrancó su descapotable con su nieto sentado al lado.

—¿Adónde vamos?

—Al parque de atracciones.

Luis maldijo aquel plan y estuvo tentado incluso de bajar del coche, pero su abuela lo tranquilizó:

—Solo quiero hacer unas fotos y subir a una atracción contigo. Solo una, te lo prometo.

—No sabía que te gustaban esas cosas... –gruñó él–. ¿Y no puedo esperarte fuera?

—Necesito que subas conmigo, Luis. Será solo un viaje en la montaña rusa.

Una hora más tarde, hacían cola en la enorme atracción que provocaba los gritos de los que, sentados en las vagonetas, caían casi en vertical o daban vueltas de campana girando como peonzas.

—Espero que no te dé miedo... –sonrió Palmira.

—¿Miedo a mí? –se ofendió el chico– Sabes que me he jugado el físico con deportes de aventura que pocos practicarían.

—Y la vida, ¿qué tal la llevas? No hay aventura más trepidante que esa.

La barra protectora se cerró sobre sus piernas y la vagoneta empezó a remontar unos empinados raí les hasta lo alto de la atracción.

Luis sintió que aquel era un lugar tan bueno como cualquier otro para sincerarse con Palmira, mucho más abierta de miras que sus padres.

—Mi vida la veo ahora mismo cuesta arriba, tal como vamos ahora.

—Todo lo que sube baja. Eso lo sabes, ¿verdad?

—En esta montaña rusa sí–se limitó a decir.

Cuando estuvieron casi arriba, a punto de lanzarse pendiente abajo, Luis añadió:

—Hace tiempo ya que no tengo ninguna ilusión. Mi estado de ánimo oscila entre la miseria más profunda y una amargura soportable. Eso es lo más parecido a la felicidad que hay en mi vida.
Tras la bajada en picado, Palmira siguió hablando pese a la velocidad que habían adquirido.

—Eso es porque, desde tu perspectiva, solo ves un pequeño tramo de la montaña rusa que es tu vida.

—¿Qué quieres decir? –casi tuvo que gritar su nieto.

—Has conocido bajadas como la que acabamos de hacer y pequeñas subidas que no compensan, porque solo te permiten sobrevivir. Pero ese no es todo el recorrido ni mucho menos...

Luis la miró interrogativamente mientras sus cabellos volaban hacia atrás.

—Un error que cometemos los seres humanos es pensar que cuando estamos felices, la alegría durará siempre. Y cuando estamos en una fase de tristeza, tendemos a pensar que no saldremos de ahí.

Pero siempre acabamos saliendo. Si lo tienes en cuenta, aceptarás el dolor como lo que es: algo temporal que nos deja luego importantes lecciones para vivir mejor.

—Es posible... –el chico caviló un instante mientras la vagoneta subía una nueva cuesta–. Entonces, si hay grandes alegrías que aún no he vivido, también me esperan caídas peores que las que he conocido.

—Tenlo por seguro. Y es bueno que sea así. Si no conoces primero los abismos, nunca podrás valorar las cimas.

—Eso está bien, pero ¿qué hago mientras no estoy donde quiero estar?

—Mientras tanto... –Palmira se agarró a la vagoneta al inclinarse sobre una curva– disfruta del viaje.

Artículos relacionados

suscribete Octubre 2017