Descubrir el mundo

Tres formas de viajar, tres beneficios para el alma

Hay tantas formas de viajar como personas que viajan. Cada una de estas maneras nos lleva a un destino distinto dentro de nosotros mismos.

Francesc Miralles

Tres formas de viajar

El calor era tan aplastante aquel mediodía en Pushkar que incluso los peregrinos hindúes se habían refugiado en la sombra. La ciudad sagrada lucía desierta cuando se encontraron tres viajeros en el único café abierto a esa hora infernal. Y aunque los tres procedían del mismo país extranjero, su aspecto no podía ser más distinto.

Del pecho de Ralph colgaba una enorme cámara. En la mano llevaba el programa del tour que había contratado, para asegurarse de que no se saltaban un solo punto de la ruta.

Linda cargaba con una mochila y en su mano lucía un grueso volumen de la Lonely Planet comprado de segunda mano en un albergue.

El tercer viajero que se había refugiado en el café se llamaba Jonathan, pero se había asimilado tanto a las costumbres locales que parecía un hindú más, y de hecho llevaba meses viviendo en un cuarto diminuto de Pushkar.

Cuando el camarero trajo té y agua fresca para todos, Ralph decidió abrir fuego:

—Voy a quejarme a los organizadores del tour –dijo mientras se secaba el sudor con un pañuelo–. No solo hace un calor horroroso aquí, sino que ni siquiera hay peregrinos haciendo sus rituales en el agua. Mis compañeros de viaje hacen bien en dormir la siesta… Suerte que esta tarde partimos ya hacia Jaipur.

—Lo que vosotros hacéis yo no lo llamaría viaje –replicó Linda–. Os dedicáis a poner cruces en el mapa, y os hacéis un selfie en cada sitio, pero pasáis por los lugares sin haberlos conocido.

—Ese ha sido un comentario insolente –saltó Jonathan–. Tu manera de viajar no es tan distinta a la de un turista. Lo único que cambia es que te alojas en lugares más incómodos y que has de ser tu propia guía, pero también vas de un sitio a otro sin entender nada.

—¿Ah, sí? –repuso ofendida–. ¿Y crees que tú entiendes más por disfrazarte de hindú?

—Como mínimo estoy el tiempo suficiente para tomarle el pulso al lugar. Solo si te quedas quieto y haces como la gente de aquí, llegarás a captar el alma de la India.

Una voz hizo callar a los tres amigos:

—Tú tampoco captarás nunca nada, puesto que estás siempre juzgando.

Desde el fondo del café, hablaba en perfecto inglés un sadhu, un peregrino mendicante de largas barbas envuelto en un hábito azafrán.

—Si hace el favor de sentarse con nosotros –dijo Jonathan–, será un placer invitarle.

El peregrino aceptó con una sonrisa y se unió a la mesa de los viajeros.

Ninguno se atrevía a decir nada por miedo a ser desautorizado por el hombre santo, que levantó las manos, conciliador, para decir:

—Igual que ningún camino es mejor que otro, cada forma de viajar es válida y tiene sus ventajas para el alma. El turista organizado se levanta muy temprano, desafiando al sueño y la comodidad, con el fin de cumplir un objetivo. ¡No es tan diferente a lo que hacen los meditadores en un ashram! Es una forma de entrenar la disciplina y ver mundo.

Ralph sonrió complacido mientras los ojos del santón se posaban en Linda, que bajó la cabeza, avergonzada.

—Improvisar a cada paso es otra bella manera de viajar –siguió–, porque desarrollas tu valor e intuición, sobre todo si caminas solo, y vas escribiendo día a día el viaje de tu vida. No es muy distinto a lo que hacemos los sadhus, que peregrinamos de templo en templo buscando la verdad.

Por último, el hindú miró a Jonathan y dijo:

—Y es bueno también quedarse quieto para absorber la sabiduría del mundo. Eso es lo que hace el yogui cuando se sienta para abrazar el universo entero. Pero si dejas fuera a los que no viajan como tú, te estarás abrazando a ti solo.

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