cuento no lo merezco

Ferran Ramon-Cortés

No me lo merezco...

¿Te sientes incómodo ante los halagos? Los consejos de Max te ayudarán a sacar del armario tus virtudes y aceptarlas igual que tus defectos

Max estaba disfrutando de una agradable velada junto a muchos de sus exalumnos. Se habían reu­nido en un encuentro de promoción mag­níficamente organizado por Roberto, que había tenido la paciencia de convocarlos, perseguirlos y prepararlo todo para que el evento fuese un éxito.

Max charlaba animadamente con Rober­to cuando se acercó una compañera para despedirse de ellos:

—Gracias por todo, Roberto. Si no fuese por ti, esto no habría ocurrido.

Roberto, visiblemente incómodo, respon­dió con un hilo de voz:

—Bueno... en realidad... tampoco he hecho nada especial...

Siguieron charlando hasta que otro compa­ñero, que también se marchaba, interrumpió la conversación para decirle a Roberto:

—Roberto, ¡eres el alma del grupo! Somos muy afortunados de tenerte.

De nuevo, Roberto se mostró incómodo y respondió con evasivas:

—Hubierais hecho lo mismo sin mí...

Max, que había observado las reacciones de su amigo, le preguntó:

—Roberto, ¿pensabas irte ya?

—No, en absoluto. De hecho, pensaba que­darme hasta que se marchen todos.

—¿Nos tomamos un último café?

Roberto aceptó encantado. Se instalaron en un rincón apartado que Max eligió con la idea de que no los pudieran distraer.

—Roberto, gracias por haberlo preparado to­do con tanto cariño. Tenemos mucha suerte de contar con tu organización.

Roberto respondió impulsivamente:

—¿Tú también, Max? ¿Qué pasa? ¿Os habéis propuesto martirizarme esta noche?

—¿Qué es lo que te “martiriza”?

—Que todos me agradezcáis la fiesta...

—¿Y por qué?

—Porque no me lo merezco.

Max hizo una larga pausa para dejar que Roberto interiorizase aquello que él mismo acababa de decir. Y luego le dijo:

—Roberto, ¿fue tuya la idea de reunirnos?

—En realidad... sí.

—¿Y los llamaste a todos?

—Sí, era la única manera...

—¿Buscaste el local y organizaste la cena?

—Sí, me había comprometido a hacerlo.

—¿Has llegado media hora antes para ase­gurarte de que todo estaba a punto?

—Sí, siempre lo hago.

—Y te quedarás hasta el final para asegurarte de que todo termina bien. ¿Cierto?

—Sí, así me quedaré tranquilo...

—¿Y entonces por qué no puedes aceptar los halagos por todo lo que has hecho?

Nuestra seguridad personal se manifiesta tanto aceptando las críticas como los halagos

Se produjo, de nuevo, un largo silencio hasta que Max lo rompió:

—Roberto, nuestra seguridad personal se manifiesta tanto en nuestra capacidad de aceptar las críticas como en la de aceptar también los halagos. Si no vives bien los ha­ lagos, si no los recibes con naturalidad y no los disfrutas, es que estás poco convencido de tus virtudes. Y si no acabas de convencer­te de tus cualidades, es que, en el fondo, no te las reconoces. Es bueno conocer y recono­cernos nuestras virtudes; tenerlas presentes, disfrutarlas nosotros y disfrutar cuando nos las reconocen. Ser conscientes de nuestras virtudes es un pilar fundamental de nuestra seguridad personal. Todo lo que te están reconociendo tus compañeros es cierto. Tiees una gran virtud para organizar y movilizar a las personas, y hoy todos hemos sido felices y nos lo hemos pasado bien gracias a ella. ¿Te la reconoces a ti mismo?

—En cierto modo, pero lo cierto es que nunca me lo había planteado así...

Haz inventario de tus virtudes, sácalas del armario, tenlas presentes del mismo modo que tienes presentes tus limitaciones

—Pues empieza a hacerlo. Con esta y con muchas otras virtudes que tienes. Haz in­ventario de todas ellas, sácalas del armario y déjalas que vean la luz. Tenlas siempre presentes, del mismo modo que tienes presentes –y así me consta– tus limitaciones. Solamente así podrás disfrutar de los merecidos halagos que recibes.

Roberto escuchaba con atención la disertación de Max. Con discreción, un compañero se acercó al rincón que ocupaban y dirigiéndose a Roberto le dijo:

—Amigo, te buscaba. No quería marcharme sin antes darte las gracias. La organización no podría haber sido mejor, y lo hemos pasado realmente bien.

—Gracias por decírmelo, Carlos. Me gusta organizar bien las cosas. Disfruto haciéndolo y me alegro de que la celebración haya sido de vuestro gusto.

Max se levantó con una sonrisa. Poco podía añadir. Tras recoger su chaqueta, le dio un fuerte abrazo a Roberto y se dirigió, con otros exalumnos, hacia la salida.

¡Sí, te mereces mis halagos!

Recibe mis halagos sinceros con ilusión, no con incomodidad. Son mi reconocimiento y mi regalo, y quiero que los disfrutes.

No te quites méritos. Lo que te estoy reconociendo tiene un gran valor para mí: quizá para ti es fácil, pero yo no sabría hacerlo.

Igual que valoras lo que yo hago bien, y me lo reconoces abiertamente, valora también en ti las cosas que haces bien, y reconócelas abiertamente.

Si un halago te incomoda, pregúntate por qué: tal vez no te lo reconozcas, o quizá no te lo hayas descubierto aún. Si no te lo reconoces, y el halago es sincero, empieza a hacerlo. Si todavía no lo habías descubierto, súmalo a tu lista de virtudes.

Sé que distingues halagos de adulación. La adulación puedes seguir ignorándola. Los halagos los tienes que empezar a disfrutar.