aprender a decir no

Encuentros con max

No puedo decirte que no

Los amigos de verdad aceptan un ‘no’ por respuesta.

Ferran Ramon-Cortés

Max había invitado a Roberto a compartir un café. Roberto había trabajado en una gran empresa informática y hacía cuatro años lo había dejado todo para instalarse en el pueblo de Max. Sin embargo, aun siendo vecinos, hacía tiempo que no habían tenido la ocasión de charlar tranquilamente, cosa que ambos añoraban.

Roberto llegó puntual a la cita y, tras una breve conversación, Max le pidió un favor:

—Roberto, estoy teniendo muchos problemas con el ordenador. Ya sabes que la tecnología y yo no nos llevamos demasiado bien, así que te querría pedir si podrías revisarme la instalación...

Solo bastaba ver la cara de Roberto para darse cuenta de su incomodidad; lo que le estaba pidiendo Max no le hacía ninguna gracia. Pero Max, lejos de hacer caso a los gestos que sin duda estaba captando, insistió:

—De hecho, me interesaría no solo que revisaras la instalación sino que me actualizaras también el sistema operativo...

La cara de Roberto lo decía todo. Pero era incapaz de articular palabra. Se limitó a emitir un casi inaudible “cuando quieras”, con la mirada clavada en el suelo.

Max, plenamente consciente de la tensión que había provocado, le dijo:

—Roberto, hace por lo menos cuatro años que ya no te dedicas a la informática y sé que te horroriza hacer lo que te estoy pidiendo. ¿por qué no te niegas?

—Max, a ti no puedo decirte que no...

—Como tampoco puedes decirle que no a María, ¿no es cierto?

A Roberto se le activaron las alarmas. Entendió que todo era una encerrona y se apresuró a preguntarle a Max:


—¿Cómo lo sabes?

—Tu mujer me lo ha dicho; ella ve que sufres... Roberto se sentó en el sofá, abatido. Y repitió la misma frase:


—Es cierto, Max. Pero a María tampoco le puedo decir que no.

Max, apurando el café, se dispuso a hablar:

—Roberto, ¿y qué tenemos María y yo que te impida negarte a hacer lo que te pedimos?

—Me une a vosotros un vínculo de amistad muy fuerte y también lo mucho que os debo por lo que me habéis ayudado en el pasado.

—Vayamos a la primera parte: precisamente por la amistad que nos une, deberíamos tenernos la suficiente confianza para decirnos las cosas. Con los auténticos amigos no es necesario hacer cumplidos, ¿no te parece?

Roberto escuchaba atentamente. Sentía que Max tenía razón.


—Y en cuanto a la segunda parte... Verás, de los amigos podemos esperar lo que buenamente pueden y desean hacer por nosotros. Pero en la amistad no debería haber un sentimiento de deuda. No hacemos cosas por un amigo para cobrárnoslo tarde o temprano. Quien lo entiende así está confundiendo la amistad con una relación de conveniencia.

—Pero es que a mí me gustaría hacer cosas por ti y por María.

—Lo entiendo. Pero tanto María como yo te estamos pidiendo algo que supone un sacrificio para ti, algo que te resultará complejo de hacer; algo que, mientras para nosotros es aparentemente fácil y menor, para ti será una pesadilla. ¿No es cierto?


—Sí, así es. Ya sabes que estoy completamente desconectado de mi anterior trabajo, y en cuatro años la tecnología ha cambiado mucho. La verdad es que lo que me pides me supone un problema...

—Pues aquí se cierra el círculo. ¿Qué clase de amigo sería si deseara ponerte en un problema? Si lo que te pido es un inconveniente para ti, solo quiero que me lo digas, porque yo no lo sé, o no lo he tenido en cuenta. Un gran indicador de la amistad es cuando podemos decirnos que no el uno al otro de forma clara y sin tapujos.

—Aun así, yo quiero ayudaros. Y hasta cierto punto, aunque sea un problema para mí, me siento en la necesidad de hacerlo...


—Lo entiendo, y te honra. Pero, ¿has pensado hasta qué punto es importante para mí lo que te pido, y qué otras soluciones puedes proponerme? Porque existe el peligro de que se produzca un gran desequilibrio: un enorme esfuerzo por tu parte para algo que yo valoraré más bien poco...

Roberto reflexionaba intensamente sobre todo aquello. Con pequeños gestos afirmativos, indicaba a Max que iba asimilando los mensajes. Apuró la taza de café y levantándose le dijo a Max:


—Querido amigo, gracias una vez más.

Ya desde la puerta, añadió:


—¡Ah! Te llamará mi sobrino: por un precio muy razonable, te hará esa revisión y la actualización. Y lo hará mejor y en la mitad de tiempo que yo.

Amistad sin exigencias

Ferran Ramon-Cortés

Amistad sin exigencias

PUEDES DECIRME QUE NO...

...si ese “no” es razonable, si tiene una explicación clara que yo comprenderé.

...si me lo dices sin excusas, si siento que me hablas sincera- mente y con la confianza que merece nuestra amistad.

...si me ayudas a encontrar una solución alternativa, que me pueda resolver el problema sin que necesariamente te implique a ti.

...si aceptas de forma natural que yo también tendré un “no” para ti alguna vez.

...si, por no conocer tu realidad actual, no he podido valorar que lo que te he pedido es para ti un problema. De haberlo sabido, no hubiese actuado así.

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