Como hacer amigos

Francesc Miralles

El elixir de la amistad

Braulio había sido siempre un hombre de pocos amigos, pero contaba con una aliada que había acompañado sus cambios de humor desde los primeros cursos en la escuela. Casada y con familia numerosa, Montse siempre había lamentado que su compañero de la infancia hubiera crecido como un hombre huraño y solitario. Sabía que tras aquel caparazón de intolerancia y acritud se ocultaba un persona sensible y con buenas intenciones.


Más de una vez Montse se había preguntado por qué Braulio tenía una vida social casi nula. Cuando él le presentaba una nueva amistad, esta desaparecía poco después y no se volvía a hablar del asunto. ¿Se habrían peleado? ¿Sería que los demás no eran capaces de ver sus virtudes?

Montse se hacía estas preguntas mientras paseaba por una calle comercial buscando, precisamente, un regalo para su amigo. Su cumpleaños era al día siguiente y aún no había encontrado nada para él.
 De repente, se detuvo ante un vendedor ambulante. Mostraba orgulloso un ambientador, pero lo que le llamó la atención fue su etiqueta: Elixir de la amistad. Intrigada, le preguntó en qué consistía, y aquel caballero elegantemente vestido le explicó:


—El ambientador es de lavanda, pero
se trata solo de una artimaña. Con la excusa de enseñar a la persona su funcionamiento, le hago un diagnóstico de su capacidad para hacer amigos y le indico aspectos a mejorar.

A la mañana siguiente, aquel mismo caballero llamaba al domicilio de Braulio, que estuvo a punto de cerrarle la puerta en las narices.

—Le traigo un obsequio de su amiga Montse. Junto con el precio del ambientador, su amiga ha pagado una demostración.

De no haberse tratado de ella, Braulio habría agarrado el frasco y despedido al comercial de malas maneras. Sin embargo, no le quedaba otra opción que dejarle entrar.


—Podría haber elegido otro momento que no fuera el sábado por la mañana –gruñó mientras le mostraba el camino al salón.


—Su amiga me ha dicho que le trajera el obsequio cuanto antes, Braulio –dijo sonriendo el vendedor mientras pulverizaba la esencia de lavanda a su paso–. Mis clientes aseguran que este ambientador, haciendo honor a su nombre, ha cambiado el ambiente de su vida.

—¡Bobadas! Hay que ser muy ingenuo para pensar que un aroma a lavanda puede cambiar la existencia de alguien.


—¿Hubiera preferido otra esencia, Braulio?

El aludido ni contestó. El comercial no perdía el buen humor, y eso lo irritaba aún más.

—Tengo que felicitarle por el buen gusto con el que ha decorado la casa. Este podría ser un lugar muy agradable donde recibir amigos.

En este punto, el inquilino perdió la paciencia y se dispuso a librarse de la visita.

—Concédame unos minutos, se lo ruego. Ahora viene la parte más interesante del regalo. Braulio, ¿se ha fijado usted en la etiqueta del frasco? Dice: Elixir de la amistad.

El hombre, que aquel día cumplía años, le miró pasmado y con un poco de curiosidad.

—Lo del ambientador ha sido una excusa para charlar con usted y hacer un diagnóstico de su capacidad para hacer amigos. Ahora mismo es baja, pero con unas pocas correcciones va a ser el rey de la fiesta.

Braulio cruzó los brazos, dispuesto a escuchar, solo por respeto a lo que había pagado su amiga, lo que aquel tipo tuviera que decirle.

—Mi primer consejo es que usted cambie las críticas por los elogios.


—¿Por qué? Cuando algo está mal, como venir a molestar un sábado, hay que decirlo.

—Señalar un defecto no hace que nadie rectifique –repuso el comercial–. Al contrario, criticar solo sirve para que se ponga a la defensiva, se justifique y quede resentido. Se consigue mucho más elogiando sinceramente lo bueno que esa persona pueda tener.

—Tomo nota, ¿algo más?


—Si quiere crear usted un ambiente amistoso, antes de nada, escuche.


—¡Ya lo estoy haciendo! –protestó Braulio.

—Se trata de que el otro se sienta importante –prosiguió sin perder la calma–, pues de hecho lo es. Después
de escuchar, trate aquellos temas que interesen al interlocutor, en vez de hablar
de sí mismo. El objetivo sería conseguir que el otro hablara más que usted.

Braulio se rascó la cabeza, sorprendido ante aquel curso de empatía a domicilio, y repuso:

—Lo explica usted como si cambiar de forma de ser fuera sencillo.

—Así será si usted lo cree, Braulio. De hecho, este es el secreto para alentar a los demás: hacer que los defectos o problemas parezcan fáciles de solucionar.

—Entiendo la lógica de todo lo que dice, señor...

—Gabriel –el comercial estaba ahora entusiasmado–. Ha tardado usted en hacerlo, pero dirigirse al otro por su nombre es también importante porque crea cercanía.

—Lo que quiero decir es que el test que ha realizado en esta casa no es significativo porque, con todos mis respetos, no se puede tratar a un extraño como a un amigo.

—¡Ahí está la clave! Le agradezco que haya sacado el tema, Braulio. Trate a cualquier persona como si fuera un amigo y nunca le faltará compañía o una mano cuando la necesite. A fin de cuentas, como decía Will Rogers, un extraño es un amigo al que aún no conocemos.

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