dar las gracias

Encuentros con max

Dar las gracias es un regalo, no una obligación

Dar y recibir un "gracias" es maravilloso, es un regalo que refuerza nuestros vínculos. Pero no te equivoques, no ayudes esperando su agradecimiento, porque es un regalo, no una obligación.

Ferran Ramon-Cortés

Alejandra venía de lejos para compartir un café con Max. Hacía seis años que no se veían, desde que Alejandra se había ido a vivir a otro país. Sin embargo, habían estado en contacto a través del correo electrónico y, aprovechando un viaje para visitar a la familia, había decidido encontrarse con su viejo amigo.


A Max le encantó volver a verla. Estaba radiante y llena de energía, como él la recordaba. Tras un sentido abrazo y un intercambio de saludos, se instalaron en el salón. Se dedicaron a ponerse al día de sus respectivas vidas, hasta que Alejandra le dijo:

—Max, ha llegado hasta mis oídos la fama de tus solicitados cafés, así que me voy a permitir contarte una pequeña historia para saber tu punto de vista. Verás, tengo un compañero al que llevo ayudando una buena temporada. Se encuentra en una situación familiar difícil y le he cogido tres proyectos para descargarle de trabajo. Pero, a día de hoy, todavía espero que me dé las gracias. La primera vez lo atribuí a la tensión que está viviendo. “No se ha dado ni cuenta”, pensé. Pero es que ya van tres... La verdad es que me molesta que no tenga en cuenta todo lo que hago por él.

Max intervino rápidamente:

—Entonces, ¿por qué le ayudas?


—Porque es mi compañero y porque creo que es lo que debo hacer.

Max suspiró y, tras apurar su café, insistió:

—Pero, ¿por qué le ayudas?

Alejandra sabía que no podía repetir la respuesta, así que pensó un buen rato antes de contestar un tanto insegura:


—Porque me gustaría que él hiciese lo mismo por mí si yo estuviera en su lugar.

Max, sin darle tregua, insistió:

—Alejandra, ¿por qué le ayudas?

Estaba empezando a exasperarse y, tras reflexionar unos segundos, afirmó sin poder controlar cierto tono de enfado:


—¡Porque me siento bien ayudándolo! ¡Yo soy así, me gusta ayudar a la gente!

Max mostró su mejor sonrisa:


—Me tranquiliza que así sea, porque no todo el mundo actúa por razones tan lícitas. Pero si ese es el motivo, entonces, ¿por qué necesitas su agradecimiento?

Alejandra se quedó desconcertada. Se le ocurrían mil respuestas que estuvo a punto de enumerar a Max: “Porque es lo mínimo que puede hacer, porque es lo que hace la gente educada, porque faltaría más, porque yo siempre lo hago, porque me gusta que me reconozcan...”. Pero se dio cuenta de que no serviría de nada. Se levantó y dio una vuelta por el salón. Al sentarse de nuevo, Max tomó la palabra:

—Verás, Alejandra, a todos nos gusta que nos den las gracias. Es un acto que refuerza el vínculo entre las personas y es un bonito regalo que no te aconsejo que dejes de dar a los demás. Pero que nos las den o no, no debe condicionarnos. Tú acabas de reconocer que ayudar te hace sentir bien. Míralo, pues, de este modo: tu compañero te está dando la oportunidad de hacer algo que va con tu carácter, que te gusta hacer y que te satisface más que si te ayudaran a ti. En el fondo, si lo piensas, le puedes estar agradecida, porque te está permitiendo ejercer tu virtud, eso debería ser suficiente. Hay personas que hacen cosas por los demás con la única intención de recibir su reconocimiento. Y cuando no lo reciben, lo viven muy mal, ya que necesitan esa dosis de energía externa. Pero este no es tu caso. Tú lo haces por ti, porque lo eliges y te gusta hacerlo. El reconocimiento externo, aunque bienvenido y agradable, para ti es prescindible.

—¿Pero es cierto que se echa en falta cuando no lo recibimos?

—Sin duda, y por eso insisto en que tú no dejes de hacerlo, porque es muy bonito recibirlo. Pero para ti no debe ser necesario.

—Max, no me imagino un mundo en que no nos demos las gracias los unos a los otros.

—Sería un mundo triste. Y no vamos a ser nosotros los que contribuyamos a ello. Pero recibamos el agradecimiento como lo que es, un regalo, no como algo que el otro está obligado a darnos. Por eso, démoslo con la ilusión de ofrecer algo nuestro, no con la presión de estar obligados.

Alejandra pudo reconocer que se había obcecado, que había hecho del “gracias” una pequeña necesidad, pero que si lo pensaba detenidamente, no lo era.

De nuevo, como en los viejos tiempos, en el transcurso de un simple café, Max le había brindado una profunda reflexión. Agradecida, se acercó a él, le cogió las manos, le miró fijamente a los ojos y con claridad y cariño pronunció una sola y sincera palabra:

—¡Gracias!

Me gusta que me des las gracias…

… porque las recibo como un regalo.

… porque me carga las pilas y me da energía. Porque refuerza nuestro vínculo.

… pero quiero que lo hagas sinceramente y a tu manera, con las palabras o gestos que elijas.

…pero no voy a depender de ello. No me decepcionaré si no lo haces porque, cuando lo hago, es porque quiero hacerlo.

Me gusta darte las gracias…

…siempre y en todo momento. Por cualquier pequeñez que hayas hecho por mí.

…porque disfruto siendo agradecido.

…porque si a ti te gusta que te den las gracias, soy feliz haciéndote este pequeño regalo.

… pero no quiero que hagas cosas por mí esperando mi agradecimiento, sino porque sientes que debes hacerlas.

… pero espero que mis “gracias” sean recibidas como una opción y no como un “faltaría más”.

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