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Ferran Ramon-Cortés

Deseo que tengas un buen viaje

Miguel compartía un café con su hijo Pablo en un pequeño y acogedor bar cerca de su despacho. Su hijo le estaba explicando sus planes de dejar su trabajo en una importante empresa tecnológica para montar su propio negocio, y Miguel, que no veía nada clara aquella decisión, persistía en intentar disuadirlo con todo tipo de argumentos y señalándole todos los peligros:

—Pablo, estás en una gran empresa. Tienes mucho que aprender todavía, y los nuevos negocios no siempre salen bien...

—Papá, es mi momento, no tengo familia ni compromisos. Ahora me lo puedo permitir.

—Pero es que el mercado está muy complicado. Y todavía más conseguir financiación. ¿Cómo te las vas a apañar solo?

Sin que se dieran cuenta ni uno ni otro, la conversación fue subiendo de temperatura:

—Tengo un buen plan, que por cierto ni te has mirado. Si lo hubieras hecho, habrías visto que lo tengo todo previsto.

—El papel lo aguanta todo, Pablo, pero la realidad luego es muy distinta.

—Tú lo hiciste en tu época, ¿por qué no puedo hacerlo yo ahora?

—Eran tiempos muy distintos. Hoy en día todo es muchísimo más difícil. ¿A quién conoces que deje un empleo fijo para lanzarse a una aventura tan arriesgada como esta?

Se sumieron ambos en un espeso silencio, que al cabo de un largo rato Miguel rompió para decirle a su hijo:

—Mira, Pablo, sé que te sabe mal que te lo diga, pero creo que es un error lo que haces, y creo que es importante que te dé mi opinión.

Pablo, con la mirada en el suelo, le contestó:

—Pues no recuerdo habértela pedido.

Tras decir estas palabras, se levantó y abandonó el bar. Miguel se quedó pensativo con su taza de café entre las manos.

Entretanto, en la mesa contigua, un hombre mayor también se levantaba para abandonar el bar, olvidando sobre la mesa un papel escrito a mano. Miguel se dio cuenta y lo cogió, al tiempo que llamaba la atención del hombre.

—Amigo, creo que se olvida de esto.

Este se giró para decirle.

–Es cierto. Y sin embargo creo que te ayudará más a ti que a mí.

Miguel, desconcertado, echó un vistazo al papel y pudo leer:

“Ante las grandes decisiones siempre hay dos clases de personas: las que se empeñan en hacernos ver todos los escollos y las que, conscientes de que nuestra decisión es firme, se limitan a desearnos buen camino”.

Con aprecio, Max

Se quedó clavado en su silla. Antes de que pudiera plantearse quién era aquel hombre misterioso o por qué se entrometía en su vida, una idea le vino como un relámpago a la cabeza. ¿Por qué estaba actuando de este modo con su hijo? ¿Por qué estaba siendo tan negativo?

¡Mándame un whats!

Ferran Ramon-Cortés

¡Mándame un whats!

Volvió a sentarse en su mesa y empezó a reflexionar: sí, el proyecto de Pablo presentaba incertezas y él, que ya era mayor y sufría por el futuro de sus hijos, preferiría mil veces que continuara con su empleo en la empresa tecnológica. Temía que no le fuera bien y luego le costara volver a encarrilar su carrera.

Pero tras haber leído el mensaje de aquel tal Max, se daba perfecta cuenta de que todos estos pensamientos eran fruto de su miedo y que lo que estaba haciendo con su actitud era trasladarlo a su hijo sin más. Ciertamente, al empeñarse en subrayar los peligros del proyecto de Pablo, estaba siendo de las personas del primer grupo.

Sintió un escalofrío al darse cuenta de lo que estaba pasando: la decisión de su hijo era una decisión profundamente meditada, valiente y muy consciente. ¡Y él estaba haciendo exactamente lo contrario de lo que Pablo necesitaba! Si alguien tenía que estar a su lado incondicionalmente era precisamente él. Porque era cierto, como le había recordado Pablo, que él también había hecho ese camino en un momento dado y sabía lo duro que es ver que no creen en ti. Estaba mostrando una evidente falta de confianza en su hijo.

También estaba siendo terriblemente injusto. Si estuviera ante una decisión irreflexiva o precipitada, no dudaría en mantener la misma posición. Pero ese no era el caso, en absoluto: se había dejado llevar por su inquietud personal, sin ponerse en la piel de su hijo. Cogió el teléfono de inmediato y lo llamó:

—Pablo, ¿estás muy lejos?

—No, sigo en el barrio…

—¿Podemos vernos de nuevo?

Se hizo un silencio tras el que, con voz apagada, Pablo respondió:

—No sé si tengo muchas ganas. ¿Sabes? Yo también tengo un montón de dudas sobre este proyecto, como no puede ser de otra forma, y que me las refuerces no me ayuda nada.

Miguel reconocía que eso era exactamente lo que había estado haciendo esa mañana, y se apresuró a decirle a su hijo:

—Solo quiero repasar el plan de negocio contigo. Y ayudarte en un par de puntos en los que mi experiencia te puede servir.

—¿Y por qué ibas a hacerlo después de todo lo que me has llegado a decir hace un momento?

—Porque creo en ti y sé que puedes conseguirlo.

Pablo se comprometió a volver y hablar de nuevo con su padre del proyecto. Mientras esperaba ver a su hijo entrar por la puerta, Miguel pensó que le encantaría dar las gracias a aquel entrañable anciano que le había regalado aquella reveladora nota. Tenía unos minutos, así que se acercó a la barra para preguntar al propietario del bar sobre el tal Max.

—Carlos, ¿conoces al hombre mayor que estaba en la mesa al lado de la nuestra? ¿Es quizá un cliente habitual tuyo?

El propietario, mirándolo con cara de extrañeza, le respondió:

—Miguel, no sé de quién me hablas. Esa mesa lleva desocupada desde las once...

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