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Francesc Miralles

El jardinero de haikus

En una colina de Kyoto, la que había sido durante mil años la capital de Japón, hubo un parque que llegó a ser mucho más célebre que todos los demás. Y no porque contuviera una esbelta pagoda o un monasterio budista construido en sólida madera. De hecho, ninguno de los dos mil templos de la ciudad se hallaba allí.

Era un jardín modesto rodeado por arces donde crecían flores sencillas entre los caminos de piedra. Los paseantes y curiosos se acercaban atraídos por la tranquilidad del lugar, pero aún más por el singular jardinero que se afanaba en quitar las malas hierbas y regaba las plantas en las raras semanas sin lluvia.

Aquel frágil anciano caminaba muy encorvado, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida que agacharse a limpiar y abonar el lecho donde prosperaban sus flores. En los pocos momentos que el parque no tenía visitantes, les hablaba con amor y animaba a los brotes más débiles a que se desperezaran e iniciaran su camino al cielo. Cuando llegaba la gente, se hacía el despistado faenando aquí y allá, hasta que algún niño o un adulto solitario le pedía consejo. El jardinero le regalaba entonces un haiku.

David había oído hablar de aquel hombre en el curso de literatura japonesa que estudiaba en California. Fascinado por aquellos breves poemas, trabajó de camarero innumerables fines de semana para pagarse un vuelo al país nipón y conocer al jardinero.

Invisibles

Ferran Ramon-Cortés

Invisibles

De camino a la vieja ciudad imperial, David ya había leído varios tratados sobre el arte del haiku, que podía resumirse en seis características:

I. Debe constar de tres versos no rimados.

II. Su brevedad permitirá leerlo en voz alta en el tiempo de una respiración.

III. Incluye alguna referencia a la naturaleza o a las estaciones del año.

IV. Utiliza el tiempo presente, nunca se proyecta al pasado o al futuro.

V. Expresa la observación o asombro del poeta.

VI. Alguno de los cinco sentidos está presente en los versos.

David se había empapado de la teoría, pero seguía sin comprender la misteriosa belleza que emanaba de haikus como el del poeta Yosa Buson:

Sobre la campana del templo

posada, dormida,

¡una mariposa!

Tras podar un arbusto de flores amarillas, el jardinero levantó la mirada hacia el joven norteamericano. Le sonrió con familiaridad, como si llevara esperándole toda la mañana. Tras un intercambio de reverencias y saludos, el estudiante le hizo en japonés las preguntas que había preparado:

—Maestro, dicen que usted es quien más sabe sobre este arte. Más allá de la métrica, los temas y todo eso, ¿qué es un haiku?

El jardinero fijó en el chico sus ojos diminutos y respondió:

Ya lo dijo Matsuo Basho, haiku es lo que está sucediendo en este lugar y en este momento.

—Aquí y ahora… Pero el poeta elige algo especial que esté ocurriendo, como una mariposa que se ha posado sobre una enorme campana, ¿no es así?

—¡No! –protestó el jardinero–. Todo lo que ocurre es poesía, no necesitas la mariposa ni la campana.

David reflexionó un poco y luego añadió:

—Pero hay muchos instantes en los que no sucede nada bello ni remarcable.

—¿Ah, sí? ¿Cuáles son esos instantes?

—Momentos en los que estás aburrido, agobiado o demasiado cansado para pensar en nada.

—Me estás hablando del observador, no de lo observado. Que tú estés aburrido, agobiado o cansado no significa que el mundo sea así. Solo tienes que lavarte los ojos con agua cristalina y volverás a ver la poesía en cada cosa.

—Entiendo –repuso impresionado–. Se trata entonces de limpiar nuestra mirada, de hacer caer los filtros con los que teñimos lo que vemos. ¿Es eso?

—Hablas como un doctor en budismo. Así nunca aprenderás el secreto de los haikus.

—¿Cómo puedo aprenderlo entonces, maestro?

—No puedes.

La expresión decepcionada del joven conmovió al anciano, que añadió con voz dulce:

—Voy a darte un haiku de Kito Takai para que lo entiendas:

El ruiseñor

unos días no viene

otros viene dos veces.

Dicho esto, el jardinero tomó del suelo un cubo de metal y se alejó con pequeños pasos en dirección a una fuente. Plantado él también en medio de las flores, el estudiante meditó sobre aquellos tres versos. Tal como le había sucedido con otros haikus, apreciaba su belleza, pero no conseguía captar plenamente su sentido.

Mientras los niños correteaban por el jardín y las parejas se tomaban las manos en rincones donde creían no ser vistas, David esperó al regreso del jardinero para darle su interpretación:

—A ver si lo entiendo… ¿El día que el ruiseñor viene dos veces es para compensar que otro día no vino?

—¡No has entendido nada! El ruiseñor no tiene ninguna obligación de venir.

El joven se quedó mudo hasta que una grieta empezó a abrirse en su comprensión y dijo:

—¿Qué sucede cuando no viene el ruiseñor?

—Esa es una buena pregunta. ¿Qué sucede cuando tú crees que no está sucediendo nada?

David miró a su alrededor y vio los arces mecidos por el viento, las flores que prosperaban entre los caminos, un gato dormido junto a un estanque, paseantes jóvenes y viejos. Bajo la colina donde se encaramaba el jardín, el bullicio mesurado de Kyoto.

—Siempre está sucediendo algo bello –concluyó David–, si somos capaces de apreciarlo.

—Ahora lo has dicho –sonrió el jardinero–. No hay momento perdido.

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