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Francesc Miralles

El museo de la nostalgia

Desde que había dejado atrás su etapa de estudiante, Yaiza se había convertido en una adicta a la nostalgia. Terminada la carrera de filología, había aprobado unas oposiciones y trabajaba en un instituto de la zona alta de la ciudad. Pero, a sus treinta años, seguía añorando cierta época de su vida.

Aquel lunes por la mañana, para comentar con sus alumnos un poema de Federico García Lorca, copió en la pizarra el verso original: “Hay un fragmento de la mañana en el museo de la escarcha”. De repente, se le ocurrió un ejercicio. Justo debajo del verso y en letras bien grandes, escribió: “el museo de la nostalgia”, y pidió que cada estudiante expusiera algo de su vida pasada que echara de menos y explicara por qué.

Aunque la mayoría de los alumnos solo tenía dieciséis años, fueron llenando a su manera aquel museo imaginario.

—Tengo nostalgia de mi abuelo –dijo la primera–. Desde muy pequeña, cada sábado por la mañana me llevaba a un parque a jugar a ping-pong. La verdad es que muchas veces me daba pereza y hubiera preferido quedarme en casa. Ahora que ha muerto, echo mucho de menos ese ritual.

Se oyeron algunas risas de compañeros, hasta que el capitán del equipo de fútbol declaró gravemente:

—Yo metería en ese museo un viaje a Alaska que hice con mis padres hace dos veranos. Me hubiera quedado ahí con mucho gusto. Odio esta ciudad.

—Pues yo echo de menos a Helga Müller –intervino el gracioso de la clase–, un pivonazo que me ligué en la Costa Brava y que aún me visita en sueños.

Tras el regocijo general, tomó la palabra la alumna más brillante del grupo:

—Lo que yo tengo es nostalgia del futuro.

—Un concepto curioso –apuntó Yaiza–. ¿Puedes explicarnos en qué consiste?

—Lo leí en una novela. En mi caso, siento que aún no ha sucedido nada importante en mi vida. No he viajado a ningún país lejano, no he corrido grandes aventuras, ni he encontrado el amor de mi vida. Por eso tengo nostalgia del futuro. Espero encontrar más adelante esos momentos.

Una maestra inesperada

Francesc Miralles

Una maestra inesperada

Yaiza meditó sobre estas palabras al atardecer, ya en casa. Su marido volvía tarde de la oficina, así que se instaló cómodamente en el sofá con una taza de rooibos y se entregó a su juego favorito: pescar recuerdos.

Siempre cobraba la misma presa: el verano que pasó trabajando en un café bohemio del casco antiguo. Allí había conocido a un viejo pianista, que le había inoculado la pasión por la canción francesa. También guardaba mucho cariño por la dueña, una mujer excéntrica que le había dado los mejores consejos de su vida. Por último, estaba Ángel, un camarero de su edad –pintor en sus ratos libres– con quien había compartido momentos inolvidables. Incluso se había dejado pintar desnuda por él, y el cuadro aún colgaba en un lugar privilegiado de su casa.

Yaiza había estado secretamente enamorada de aquel chico, que luego resultó ser gay.

De aquella época feliz, recordaba muchos detalles de las conversaciones que había tenido con Ángel, la dueña y el pianista, también con los clientes que frecuentaban el local –había tenido varios ligues memorables–. Aunque lo mejor de todo eran las “cenas secretas” que celebraban los cuatro al bajar la persiana. A menudo se quedaban hasta la madrugada bebiendo, charlando y cantando canciones al piano.

Aquel había sido el mejor verano de su vida. No pasaba día que Yaiza no aprendiera cosas nuevas y se llevara algún descubrimiento a la cama. Después de aquello, todo había sido aburrido y previsible. Tras aprobar las oposiciones, se había casado con un hombre que era cualquier cosa menos bohemio, y su vida transcurría de casa al instituto y viceversa. ¿Sería así hasta el fin de sus días? Tal vez cuando llegaran los hijos –estaban en ello– encontrara otro aliciente, pero, de momento, Yaiza se sentía atrapada en una existencia de baja intensidad.

Recientemente había abierto una cuenta en Facebook, algo a lo que se había resistido con tozudez hasta entonces, y aquella noche nostálgica, mientras esperaba a su marido, encendió el portátil y decidió buscar a sus antiguos compañeros de café.

La dueña tenía un apellido muy poco común y no estaba en la red social. Tampoco encontró al viejo pianista, que si todavía estaba vivo debía de haber superado los ochenta años. Sí encontró a Ángel, tras descartar varios perfiles con el mismo nombre y apellido. Le mandó una solicitud de amistad, que fue aceptada de inmediato.

Tras saludarla efusivamente, el antiguo camarero le contó por el chat privado que había conseguido dedicarse a la pintura, pero que sus ingresos procedían de las clases que daba en academias de dibujo. Raramente hacía exposiciones o vendía algún cuadro.

Ella le explicó su situación y la nostalgia que sentía del verano de las cenas secretas. Ángel le contestó muy seriamente:

“La nostalgia es un veneno que debe tomarse en pequeñas dosis, como una droga peligrosa. Si abusas de ella, paralizas tu presente y dejas de fabricar buenos recuerdos.”

“Creo que ahí me has calado”, reconoció ella al instante.

“Mientras tu cabeza esté en tiempos y lugares que ya no existen, no podrás llevarte la magia al presente. Si aquel verano, que ahora recuerdas con tanta emoción, hubieras estado colgada de otra época, nada de lo que viviste hubiera podido suceder.”

“¿Crees entonces que esa magia puede revivir? ¿Cómo? Mi marido es un trozo de pan, pero siempre llega cansado y se duerme frente al televisor.”

“Quizá lo que le pasa es que le aburre verte aburrida. ¿Sabes lo que decía Albert Einstein? Si haces siempre lo mismo, no esperes resultados diferentes. ¿Por qué no le organizas una cena secreta esta noche, a ver qué pasa? Sorpréndele. Pero no le hables más de ese maldito café, porque él no estuvo allí. Tienes que librarte del pasado para que el presente pueda caminar.”

Tras esta conversación a distancia, Yaiza decidió retomar el espíritu de los buenos tiempos. Antes de iniciar los preparativos de una cena romántica, le escribió un mensaje a su marido:

“Deja los agobios en la oficina. Hoy puede suceder cualquier cosa.”

Esta última frase siempre había sido verdad, solo que hasta entonces ella no se había dado cuenta.

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