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Francesc Miralles

El tesoro invisible

Miguel había recibido la noticia con una extraña mezcla de irrealidad y calma. “Lamento comunicarle que su madre ha muerto.” Tal vez porque vivía a miles de kilómetros de lo que había sido su hogar, al escuchar el contestador dos días después —demasiado tarde para acudir al entierro—, había sido incapaz de reaccionar.

Tras enviar dinero para cubrir los gastos del funeral, vivió las semanas siguientes con gran estupor. No tenía hermanos, ni ningún pariente directo en su ciudad natal. Cada mes había ingresado en la cuenta de su madre una cantidad generosa, y nunca se había olvidado de llamarla el día de su cumpleaños y por Navidad. Aparte de eso, sentía su país tan lejano que incluso aquella pérdida le había resonado como el eco de otro mundo.

Hasta que, veinte días después, sonó el teléfono y la voz monótona de un administrador de fincas le anunció:

—Por muy lejos que viva, debe acudir al domicilio de la difunta, ya que el propietario quiere poner el piso nuevamente en alquiler.

—Ya he liquidado todas las facturas –contestó Miguel, irritado–, así que puede…

—La vivienda tiene que quedar vacía –le interrumpió el administrador–. Todo está tal como lo dejó su madre el día de su ingreso en el hospital. ¿No desea recuperar los objetos de valor antes de que vaciemos el piso? Aunque corra con los gastos, eso es algo que ninguna empresa puede hacer por usted.

—De acuerdo –respondió acalorado–. Me ocuparé de todo para que el propietario pueda disponer de su piso cuanto antes.

Tenemos un café pendiente...

Ferran Ramon-Cortés

Tenemos un café pendiente...

Cuarenta y ocho horas después, Miguel aterrizaba en una ciudad cargada de retazos de su infancia y adolescencia. Una oportunidad laboral le había servido, al terminar la universidad, para poner tierra –y mar– de por medio. Únicamente había regresado tres veces desde entonces, la última para celebrar el 70 cumpleaños de su madre. Y había pasado una década desde entonces.

Tras recoger las llaves en la oficina del administrador, Miguel tomó un taxi y empezó a angustiarse en su trayecto hacia aquel familiar destino. ¿Por qué no había llamado a su madre más a menudo? ¿Qué le hubiese costado viajar una vez al año para que, en su vejez, ella sintiera el calor de su hijo? Había sido un egoísta y un desagradecido.

Mientras subía en el viejo ascensor de la finca, se sintió incapaz de enfrentarse a todo lo acumulado durante más de medio siglo por su madre, que había enviudado poco después de que él naciera. ¿Cuáles eran los objetos con valor sentimental y por qué? ¿Cómo sería capaz de deshacerse de cosas que ella había amado?

La llave chirrió en la cerradura antes de que Miguel, quien estaba a punto de sufrir un ataque de pánico, empujara la puerta. Lo que vio al otro lado le dejó asombrado. No había nada. Paseó su mirada por los anticuados muebles –no iba a llevárselos–, pero las estanterías estaban vacías, así como los cajones y armarios de todas las habitaciones. Solo una pequeña fotografía en su marco destacaba en la pared desierta del comedor.

Miguel liberó del cristal una instantánea tomada en la playa cuando él contaba cinco años. Recién salido del agua, en la foto se veía a su madre protegiendo su cuerpo escuálido con una toalla. La guardó con cuidado en su cartera, ya que aquel retrato contenía el amor incondicional de su madre. Solo por rescatar aquella foto ya había valido la pena el viaje que un administrador inepto le había hecho hacer sin saber que el piso estaba vacío, pensó. A punto ya de abandonar la casa, advirtió algo blanco sobre la mesa del comedor. Era un folio escrito de puño y letra de su madre.

Querido hijo:

Cuando leas esta nota, yo ya no estaré aquí. Hace tiempo que sé que esto se acaba, por eso me he ido deshaciendo de todo. Como dicen los hindúes, “uno solamente posee aquello que no puede llevarse en un naufragio”. Las cosas son solo eso: cosas, y si significaron algo para alguien, el sentido se pierde cuando la persona ya no está. He sido muy feliz sabiendo que te valías por ti mismo al otro lado del océano. No tengo otra herencia que dejarte que la que ya te he dado: la libertad de vivir tu propia vida, no la de otros. Es un tesoro que no se ve, pero que vale más que todas las riquezas del mundo. Llévate tu libertad, hijo, e inviértela en una vida que merezca la pena.

Miguel leyó la despedida con lágrimas en los ojos. Luego dobló la nota con cuidado y la guardó en su cartera junto a la fotografía. Al salir, recordó la frase de Antoine de Saint-Exupéry, que había dicho que lo esencial es invisible a los ojos. Hasta entonces, no había sido consciente del regalo que le había otorgado su madre, vigilando en silencio sus pasos en tierras lejanas.

Decidió que, en adelante, usaría aquella libertad para llevar una vida de la que estar orgulloso. Había cometido errores, pero aquella despedida era el inicio de algo nuevo. A diferencia de los cuentos, había que empezar por el final.

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