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Encuentros con Max

Elogio del conflicto

Ferran Ramon-Cortés

Ana viajaba cómodamente instalada en el AVE en dirección a Barcelona, adonde se dirigía para visitar a un cliente. De repente sonó su móvil. Era Jorge, el director de fábrica de su empresa, que la llamaba para avisarla de que un pedido que tenían pendiente no iba a poder entregarse aquella semana.

Ana no se lo podía creer. Llevaban más de un mes de retraso con aquel pedido. En pocos minutos, la conversación fue subiendo de tono, hasta que se enzarzaron en una agria discusión que se prolongó durante unos largos veinte minutos.

Ana colgó soltando un improperio. De repente reparó en que, a su lado, un hombre mayor la miraba con sorpresa. Con cierta vergüenza, se disculpó:

—Lo siento, acabo de tener una airada discusión con un compañero de trabajo.

—No te preocupes, no me ha molestado.

—Además, me temo que me he metido en un buen conflicto...

—¿Y eso es malo?

Ana no reaccionó al inicio. No estaba segura de haber oído lo que creía haber oído. Llena de curiosidad le preguntó:

—Disculpe... ¿Me ha preguntado si es malo?

—Sí, efectivamente, eso he hecho.

Ana se quedó pensativa al tiempo que valoraba las intenciones de su acompañante, que no veía claras. Al final, y viendo la franqueza de su mirada, decidió seguirle la conversación:

—Pues sí, estoy convencida de que es malo. Cualquier conflicto lo es necesariamente.

El hombre se presentó:

Me llamo Max, y tengo que decirte que yo, en cambio, soy un gran defensor de los conflictos

—Yo me llamo Ana, y los odio. O mejor dicho, les tengo pánico. Por eso los evito a toda costa.

—Pues como tenemos un buen rato de viaje, déjame que intente convencerte de mi tesis. Tampoco puedes escaparte...

A Ana le gustó la ironía del anciano y, además, estaba en lo cierto. A 300 km por hora y sin más paradas hasta Barcelona, pocas opciones tenía.

—Adelante. Reconozco que soy su presa.

—Verás, Ana, durante mucho tiempo me asustaron los conflictos igual que a ti, pero ahora me asustan más las relaciones en las que no hay discusiones y en las que nunca pasa nada. Que no haya conflictos entre dos personas podría ser un ejemplo de perfecta convivencia, pero mucho más a menudo es un síntoma de una relación “anestesiada” en la que las personas han renunciado a discrepar o a discutir las cosas para tener la fiesta en paz. Relaciones aparentes que poco tienen que ver con la autenticidad...

Tenemos un café pendiente...

Ferran Ramon-Cortés

Tenemos un café pendiente...

—Max, va a tener que explicarse mejor si quiere convencerme.

—Los grupos, los equipos o las relaciones que están vivas tienen discrepancias. Discuten. Y algunas veces entran en conflicto. Y eso demuestra que las cosas se dicen y se defienden, y que en aquella relación hay energía.

—Energía y muy mal rollo, ¿no?

—Puede que lo haya en un momento dado. Pero si se sabe abordar el conflicto, no durará. Y habrá habido un crecimiento por el camino.

—Entiendo ese punto, pero estoy lejos de convencerme.

—Ana, al conflicto no hay que temerlo. Lo que hay que saber es cómo solucionarlo.

No deberíamos aspirar a no tener conflictos, pero sí a tener el valor y la voluntad de abordarlos

—Sigo sin entender de qué nos sirven...

Es que, sencillamente, son inevitables si tenemos una relación abierta y franca. Evitarlos nos lleva a dejar de defender nuestras convicciones. Pero, insisto, la clave es hablar sobre ellos.

Ana empezaba a simpatizar con los argumentos de Max. Reflexionó un instante y le preguntó:

—¿Alguna pista de cómo hacerlo?

—En primer lugar, elegir el momento oportuno: ni demasiado pronto, cuando el conflicto está incandescente, ni demasiado tarde, cuando se ha enfriado demasiado. En el primer caso es muy fácil que las emociones nos traicionen. En el segundo, las malas interpretaciones ya habrán aparecido.

—¿Y cómo se solucionan llegado el momento?

—Compartiendo un café y hablando de lo que nos ha pasado. Cada uno de lo suyo. Sin ataques, sin querer ganar la batalla, simplemente compartiendo las emociones.

—Me parece complicado de llevar a la práctica.

—Porque no nos atrevemos. Porque pensamos que el otro no querrá. Y a veces es cierto, pero muy pocas veces...

—¿Y cuando nos hemos dicho cosas desagradables, como las que yo me he dicho con mi compañero hace un rato?

—Hay algo que siempre funciona: pedir disculpas. Y, por supuesto, no exigirlas nunca.

Ana se quedó pensativa. Sabía las consecuencias de aquella respuesta, y sabía también que le costaría hacer lo que tenía que hacer. Se aventuró a una pregunta final:

—Y al final, ¿qué sacamos de ese conflicto? No olvido que usted lo defiende.

—Detrás de un conflicto hablado hay siempre un crecimiento en confianza. En la complicidad hay una dosis sana de confrontación y algún conflicto siempre se cuela.

Ana escuchaba atentamente y Max aprovechó para completar su explicación:

—No hay relaciones auténticas que no hayan pasado por el conflicto.

El conflicto es un maestro, aunque no lo sabremos hasta que lo hayamos superado

Anunciaron la llegada a Barcelona. El tren empezó a detenerse. Ana cogió su móvil. Sintió la necesidad de enviarle un mensaje a Jorge invitándolo a un café a su vuelta. Tras pulsar la tecla de envío se giró para agradecerle a Max aquella sugerente conversación.

Pero el asiento estaba vacío. Debía de haber bajado ya, aunque no comprendía cómo se había esfumado tan rápido. Y, ciertamente, por la pulcritud del asiento, parecía que allí no había viajado nadie...

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