Encuentros con Max

Desahogarse sin ahogar

Desahogarse es necesario, porque como la misma palabra indica es dejar de ahogarse. Pero para lograrlo no debemos ahogar a los demás. Max nos da 3 normas.

Ferran Ramon-Cortés

desahogarse sin ahogar

La sala de espera del centro médico estaba llena. Nacho estaba sentado en una esquina, junto a su madre, mientras esperaban a que la llamasen para realizar una ecografía. En un tono de voz discreto para no molestar al resto de la gente, la madre de Nacho le dijo:

—Algo te ronda por la cabeza, te noto ausente.

—Es que todavía no he digerido lo que me pasó ayer con Julia, mi cuñada y, claro está, tu nuera.

Se hizo un denso silencio. La madre de Nacho no estaba segura de querer saber qué había sucedido esta vez. Al final, Nacho, por propia iniciativa se lo contó:

—Ayer fui a recoger a Clara a su casa, y solo entrar va y me suelta: “a ver cómo educas a tu hija, que parece mentira cómo le habla a la mía”. Y, claro, me faltó tiempo para replicarle.

—Me lo imagino… ¿Qué le dijiste?

—No lo recuerdo exactamente, pero algo así como que sentía mucho que mi hija no fuera una pija como la suya.

La madre de Nacho, visiblemente incómoda, fijó su mirada en un punto indeterminado, mientras Nacho proseguía su explicación:

—Pero es que ya no puedo más, y no voy a esconderlo más tampoco. Nos busca continuamente. A base de comentarios mal intencionados intenta que me pelee con mi hermano y, si no lo consigue, entonces mete cizaña con los niños…

El discurso de Nacho seguía, sin que su madre dijese nada. Pasados unos minutos la llamaron y se levantó para dirigirse a la puerta que le habían indicado. Nacho solo tuvo tiempo de decirle apresuradamente:

—Perdona, no me hagas mucho caso. Solo necesitaba desahogarme.

Entonces, desde el banco de al lado, oyó una voz que decía:

—Y lo haces ahogando a tu madre.

Nacho se giró y se encontró con la mirada directa de un hombre mayor que sin que él se hubiera dado cuenta, se había sentado a su lado. Sin pensarlo dos veces, le dijo:

—No sé de dónde saca el valor de meterse con alguien a quien ni tan siquiera conoce…

El hombre, consciente de que con su intervención le había provocado, se apresuró a añadir:

—Disculpa, y créeme si te digo que lo he hecho con la mejor de las intenciones. Me llamo Max y solo tengo la intención de aprovechar tu espera para sugerirte algo que puede ayudarte.

Nacho percibió de inmediato la intención conciliadora en el tono de voz de aquel hombre, así que decidió seguirle el juego. Quizás efectivamente algo podía aprender de aquel incidente, ya que no se sentía en absoluto cómodo con la conversación que acababa de tener con su madre. Haciendo un gesto afirmativo con la cabeza, invitó a Max a continuar. Este le dijo:

—Verás, desahogarse es bueno, sin duda, porque como la misma palabra indica es dejar de ahogarse. Pero por dejar de ahogarse uno no debería ahogar a los demás…

—Lo siento pero no te acabo de seguir.

—Me refiero a que quedarse los disgustos dentro no es en general buena idea, pues afectan al ánimo y producen resentimiento. Pero desahogarse tiene sus normas.

Nacho estaba sorprendido e interesado a partes iguales. Le empezaba a resultar entrañable aquel hombre, y estaba dispuesto a escucharlo hasta el final. Con un gesto le animó a seguir.

—La primera norma: no desahogarse con alguien que está emocionalmente vinculado al conflicto.

—¿Y por qué?

—Si lo hacemos, podemos descargarnos sin duda nosotros, pero estaremos injustamente e inevitablemente traspasando la carga al otro.

—Justo lo que he hecho con mi madre, ¿no?

—Me temo que sí… porque tu cuñada es su nuera; y tu hermano, su hijo. Es inevitable que le traspases cierta ansiedad, y probablemente la tentación de intervenir en el asunto.

Las palabras de Max le resultaron reveladoras. Sin duda, esa era una norma que no se había nunca planteado. Se desahogaba de problemas del trabajo con personas del trabajo, y de problemas de familia con personas de la familia.

Un claro error, y con una solución sencilla: intercambiar papeles, es decir, desahogarse del trabajo con alguien ajeno a él, y de la familia con –por ejemplo- alguien del trabajo. Max continuó:

—Segunda norma: avisa de que te estás desahogando, y que esa es tu única intención.

—Está sí que la pillo.

—De lo contrario, la persona que te escucha puede quedarse con la sensación de tener que hacer algo al respecto, y de nuevo puede llevarse preocupaciones de más.

—Eso se lo he intentado comunicar a mi madre, aunque tarde me temo.

Max asintió con la cabeza. Y tras un breve silencio continuó:

—Y la tercera norma: no elijas siempre a la misma persona para desahogarte, ya que resultarás cansino.

Ante la cara de duda de Nacho, añadió:

—Las relaciones necesitan un cierto equilibrio, entre lo que das y lo que necesitas. Si siempre pides, y nunca das, terminarán por huir de ti…

De nuevo aquellas palabras daban mucha luz a Nacho, pues reconocía elegir siempre a las mismas “víctimas” de sus desahogos, y había observado cómo en algunos casos rehuían su presencia.

Realmente aquella estaba siendo una utilísima lección, y se arrepentía de haber reaccionado tan bruscamente ante la primera interpelación de Max. Buscando su complicidad, apuntó:

—En todo caso, y si soy capaz de seguir las tres normas, no estaré ahogando a nadie con mi desahogo…

—No, para nada, y te resultará balsámico. No dejes de hacerlo…

En aquel instante vio cómo se abría la puerta y aparecía su madre. Se levantó para ir a buscarla y, mientras volvía a la sala de su brazo, se disponía a contarle su experiencia con Max.

Pero al dirigir la mirada a los bancos de espera, no pudo verlo. No había oído que le llamasen, ni lo había visto salir, simplemente se había esfumado. Tuvo la sensación de que aquella reveladora conversación no había existido más que en su imaginación.

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