Encuentros con Max

Si comprendes, te comprenden

A veces sentimos que nadie nos entiende, que no se ponen en nuestra piel, pero ¿sabemos hacerlo nosotros?

Ferran Ramon-Cortés

empatia comprender para ser comprendido

En un banco de un parque, apartado de la zona de mayor bullicio, una mujer de unos treinta años permanecía sentada, sola y con la mirada perdida. En un momento dado, los ojos se le anegaron y las primeras lágrimas surcaron su rostro. De repente, oyó una voz a su lado que le decía:

—Algo me dice que no es tu mejor día, ¿te ayudaría hablarlo?

La mujer, sorprendida, se giró, y se encontró con un hombre mayor, con pinta de viejo profesor, y con una cálida expresión en su rostro. No lo había oído llegar y mucho menos sentarse a su lado.

Dudó: ¿cómo podía contarle sus problemas a un completo desconocido? Sin embargo, el brillo de sus ojos le decía que podía confiar en él. Esto, junto al hecho de que estaban solos, la animó a sincerarse.

—Me llamo Sara, y vengo de tener un encontronazo con mis dos hermanas.

El hombre le respondió:

—Yo me llamo Max, y soy todo oídos...

—Te cuento: somos tres hermanas, yo soy la pequeña, y tenemos a nuestra madre enferma desde hace tres años. Llevaba ya un tiempo reclamándoles tener una reunión para organizarnos, porque ellas no hacen nada y yo lo hago prácticamente todo sin que ni se enteren. Hoy hemos tenido esa reunión, y el encuentro ha terminado fatal.

—¿Qué ha pasado exactamente?

—Pues es muy sencillo: he intentado explicarles que yo cargo con todo, con las visitas médicas, las pruebas, la logística de casa, los medicamentos... que soy la única que se ocupa de ella, pero no me han dejado prácticamente ni hablar. Me lo rebatían todo sin ni siquiera escucharme.

Max sí escuchaba con atención, se dio cuenta de que había más enfado que tristeza en aquellas lágrimas. Sara terminó su explicación:

—Está claro que no se ponen en mi piel, que no me comprenden.

Para Max aquella última afirmación era importantísima, y manteniendo un respetuoso silencio dejó que Sara tuviera unos momentos de reflexión. Solo entonces le propuso:

—¿Damos un paseo?

Cuando ya daban los primeros pasos por el camino, Max le dijo:

—Dime, ¿por qué piensas que tus hermanas no hacen nada?

—No sé el motivo. Solo sé que no lo hacen. No han puesto los pies en casa de mamá en las últimas tres semanas.

—¿Qué te contaron en la reunión al respecto?

—Nada, que yo recuerde, porque se limitaron a negar todo lo que yo les decía.

—Dime, ¿cómo se llaman tus hermanas?

—Vero y Carmen.

—Pues vamos a hacer un juego: voy a pedirte que vivas en su piel por unos momentos.

Sara no le veía el sentido a todo aquello, pero llegados a ese punto se dejó llevar. Sentía que había algo especial en Max y que podía sacar algo valioso de todo aquello. Se sentaron de nuevo, Max le pidió a Sara que cerrase los ojos y se metiera en la piel de Vero.

Le dio unas instrucciones muy concretas: le pidió que intentase pensar como Vero, no como Sara, y que respondiese a sus preguntas con lo que Vero respondería, no ella. Entonces le preguntó:

—Vero, ¿qué haces por tu madre?

—Ummm... la verdad es que trabajo tanto que no puedo ir a verla mucho. Me encantaría, pero no puedo.

—¿Hay algo que sí haces por tu madre y que crees que tus hermanas no comprenden? La pregunta pilló a Sara desprevenida, que necesitó un buen rato para responder.

—No, nada en especial –dijo.

A lo que Max le respondió:

—No es Vero la que habla, es Sara. Y yo quiero oír a Vero, así que repetiré la pregunta: ¿Hay algo que sí haces por tu madre y que crees que tus hermanas no se dan cuenta?

Sara se concentró y, de repente, y con vehemencia, dijo:

—¡Sí, claro! Pago su asistencia. Puedo hacerlo porque tengo un buen trabajo y me lo puedo permitir, y sé que para mis hermanas sería un problema.

Hicieron una pausa. Max tenía la información que buscaba y le pidió, seguidamente, que se pusiera en la piel de Carmen, y repitieron el ejercicio:

—Carmen, ¿qué haces por tu madre?

—Voy a verla muy poquito, la verdad... pero es que siempre se me tira el tiempo encima.

—¿Y hay algo que crees que tus hermanas no comprenden de ti?

De nuevo, Sara necesitó un buen rato para pensar la respuesta, pero esta vez no iba a contestar como Sara, sino como Carmen. Y con un hilo de voz, dijo finalmente:

—Pienso que creen que soy un desastre, y no confían en mí. Por eso lo hacen todo ellas, y por eso yo tampoco hago nada.

Max dejó que las palabras calasen hondo en ella y volviendo a la realidad del momento dijo:

—Sara, has escuchado la voz de Vero y de Carmen. ¿Cómo ves las cosas ahora?

—La situación es diferente. Creo que en parte las comprendo. Y supongo que, si quiero que me comprendan a mí, también las tengo que comprender a ellas...

—Esa es la gran verdad, y permíteme que todavía corrija algo; yo lo diría así: si quieres que te comprendan, primero las tienes que comprender a ellas.

Primero comprender, después ser comprendidos. Este es el orden, y la forma en que se pueden resolver los conflictos.

Sara conectó de lleno con la idea. Y se dio cuenta de inmediato de que en la reunión solo había luchado por hacer comprender a Vero y a Carmen su visión, sin prestar la más mínima atención a la de ellas. Se dio cuenta de que cuando Max la había forzado a conectar con la visión de ellas, de repente las veía distintas, porque las comprendía. Y ello le permitía imaginar un diálogo muy distinto con ellas. ¡Qué sencillo! Primero comprender, después ser comprendido. Para ella el proceso era claro, pero le surgió una duda:

—Max, ¿me comprenderán a mí si yo las comprendo primero?

—Así ocurre casi siempre. Y en todo caso, es el único camino. Si así no lo hacen, tampoco lo harían en cualquier caso.

Sara cerró los ojos de nuevo y esta vez, en su propia piel, revivió de nuevo la reunión. Y realmente era muy distinta. Sentía ganas de reconocer a Vero su esfuerzo económico y valorar la ayuda de Carmen.

Y estaba segura, no tenía la más mínima duda, de que la comprenderían a ella. Una sonrisa se dibujó en sus labios y tenía la intención de agradecerle a Max aquel revelador ejercicio y su ayuda.

Sin embargo, al abrir los ojos, Max había desaparecido. No pudo ver ni el rastro de sus huellas en el camino.

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