Encuentros con Max

Redes sociales y relaciones cara a cara

Las redes nos permiten el contacto, sí, pero nos alejan del momento presente. Estamos diseñados para el encuentro personal, sin el contacto físico no tenemos una base para la interpretación.

Ferran Ramon-Cortés

redes y relaciones

Sentado en una amplia mesa de una conocida cafetería, Pepe, un hombre de unos treinta años, llevaba largo rato ensimismado en su tablet, tecleando mensajes sin tregua. Delante de él, Amaya, una mujer de su misma edad, solo levantaba los ojos de la pantalla de su ordenador para dar algunos sorbos a su café.

Tras una larga media hora, un hombre mayor con una bandeja de desayuno en la mano, se dirigió a ellos para preguntarles:

—¿Me harían un hueco, por favor?

Los dos personajes se sorprendieron. Estaban ocupando aquella mesa y, aunque ciertamente había espacio libre, era su mesa. Y fue Amaya quien educadamente se lo hizo saber.

—Disculpe, es que esta mesa la estamos ocupando nosotros en este momento…

El hombre mayor reaccionó al instante, diciéndoles:

—¡Ah! Disculpen ustedes. Es que he estado observando un rato precisamente para asegurarme, y he tenido la sensación de que era una mesa común, de esas que se comparten sin necesidad de conocerse…

Aquella afirmación los dejó perplejos. Tras unos instantes de puro desconcierto, fue Pepe quien le dijo:

—Sea bienvenido a nuestra mesa. Y nos gustará que nos cuente cómo ha llegado a esa conclusión.

El hombre se sentó e inició el diálogo:

—Me llamo Max, y lo que me ha hecho pensar eso es que he estado observando en ustedes un montón de sonrisas y expresiones en sus caras. Daba la sensación de que estaban muy enfrascados en conversaciones paralelas, cada uno en la suya…

—Pues yo soy Amaya y, ciertamente, es lo que estaba ocurriendo. Estamos los dos, Pepe y yo, navegando por nuestras redes, con nuestros respectivos amigos.

—Y, sin embargo, han venido juntos…

—En efecto, por que somos amigos también. ¿Hay algo extraño en ello?

—No, en absoluto, es solo una sensación que se me despierta… como que, detrás de tantas redes, se están perdiendo el uno al otro en este precioso momento.

Se hizo un denso silencio, que Pepe rompió con ironía:

—Después de esto, creo que ya es momento de tutearnos.

Un sonriente Max se apresuró a responder:

—Adelante, por mi encantado.

—Verás, Max, para nosotros las redes son importantes. Nos ayudan infinitamente en nuestras relaciones.

—No lo dudo, y seguro que es posible que penséis que por mi edad no puedo estar
de acuerdo, pero sí lo estoy. Las redes son una gran ayuda para las relaciones, ninguna duda al respecto.

—Pero…

—… pero hay dos límites que para mí son muy claros.

El primero, el tiempo que les dedicamos a las redes, ya que en muchas ocasiones es en detrimento de las relaciones cara a cara.

Amaya reaccionó:

—Lo siento, pero no lo comparto. No siento que el tiempo que dedico a mis redes me impida mis relaciones en persona.

Max se limitó a lanzar una inquietante pregunta:

¿Qué habríais hecho en el tiempo de este café si no hubierais tenido las redes? ¿Qué podría haber habido entre vosotros como amigos que no ha podido tener lugar?

Pepe miró a Max de reojo. Aquel entrañable anciano, como quien no quiere, disparaba balas certeras. Se reconoció inmediatamente en multitud de ocasiones en las que siguiendo las redes había perdido oportunidades de relación en persona, y la mirada al suelo de Amaya le confirmó que posiblemente estaba pensando lo mismo.

Con pocas ganas de martirizarse con la reflexión, la evitó interiormente lanzándole a Max una nueva pregunta:

—¿Y el segundo límite?

—La naturaleza de las relaciones en la red:

Creo en las relaciones que tienen al menos una parte de experiencia cara a cara, y no creo en las que solo son virtuales.

—Te lo puedo discutir con experiencias concretas de relaciones virtuales que sí funcionan –le respondió Amaya.

—Y te creeré en lo que me cuentes. Pero esas experiencias están más en el lado de la excepción que en el de la norma. Y el motivo es muy claro:

Si no nos hemos visto nunca, si no hemos compartido un encuentro físico, los mensajes que nos enviamos no tienen una base sólida de interpretación.

No sabemos a ciencia cierta qué tono los acompaña y el sentido de muchos de ellos. No hay garantía de interpretación como tampoco la hay de genuinidad.
¿Qué nos indica que lo que nos llega es algo genuino de la persona que hay detrás?

De nuevo el silencio estuvo muy presente, y Max pudo observar las caras de reflexión de Pepe y Amaya. Aprovechó para añadir:

—Estamos diseñados para el encuentro personal. El lenguaje no verbal nos sigue hablando alto y claro, más que un mensaje virtual.

Saber escuchar, de verdad

Comunicación sincera

Saber escuchar, de verdad

Pepe tomó de nuevo la palabra para retarlo:

—Así, ¿defiendes o condenas las redes?

—Creo que las redes son un gran instrumento, probablemente el mejor que jamás hemos tenido para mantener el contacto, pero no creo en las relaciones que no tienen o han tenido un espacio de encuentro personal.

—¿Y en la distancia?

—Son una gran ayuda, pero sobre todo para acercarnos por un momento a los que ya conocemos.

Amaya intervino para obtener la claridad que le faltaba:

—O sea… ¿sí a las redes?

Un sí convencido, pero limitando el tiempo de uso y con experiencia persona a persona. Tanta como se pueda.

Pepe, tras un momento de reflexión y recordando cómo Max había aparecido en su mesa al pensar que Amaya y él no se conocían, añadió:

—Y sobre todo sin romper nunca el potencial del momento presente.

Max sonrió. Pepe le había robado las palabras de su boca. Amaya en un gesto automático bajó la pantalla de su portátil y le robó de forma simpática la tablet a Pepe, al mismo tiempo que le decía:

—Y tanta razón hay en esas palabras como que quiero pasar el resto del desayuno hablando contigo, Pepe, y sin interferencias.

Amaya dijo esas palabras con parsimonia, lentamente, y mirando fijamente a Pepe a los ojos. Y cuando ambos se volvieron para buscar la mirada cómplice de Max, descubrieron que sencillamente se había esfumado.

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