Encuentros con Max

Un silencio inspirador

El silencio crea el espacio imprescindible para que la otra persona pueda comunicarse y llegar de verdad al fondo de lo que necesita hablar.

Ferran Ramon-Cortés

silencio inspirador

Antonia se disponía a hacer un largo viaje para visitar a su hermana. Poco amante de los aviones, se disponía a realizar el trayecto en autobús. Su hija Carolina la había acompañado a la estación y, como habían llegado pronto, se habían instalado en la sala de espera para hablar. Antonia tenía la sensación de que algo no funcionaba bien en la vida de Carolina, así que le preguntó:

Hija, ¿estás bien?

—Sí, aunque algo cansada.

—Es que trabajas demasiado…

—Mamá, no empieces. Trabajo lo que necesito trabajar.

—Claro, y así estás. Se te nota el cansancio en la cara.

En el extremo del mismo banco, un hombre mayor esperaba periódico en mano, sin poder evitar oír la conversación, que continuó aún un buen rato.

—Mamá, me encanta mi trabajo, y no lo cambiaría por nada.

—Pero es que no te veo bien, y tú misma reconoces que vas demasiado cansada…

La conversación giraba invariablemente en torno al mismo tema, y Carolina parecía cada vez más incómoda. Al cabo de unos minutos, dijo:

—Mira, mamá, lo mejor será que no te preocupes más. Además, no te estás enterando de nada. Estoy cansada, pero eso es lo que menos importa. Perdóname pero me voy ya; que tengas un buen viaje y dale recuerdos al tío.

Antonia se quedó sorprendida. No entendía nada. En mitad de su desconcierto, y cuando Carolina ya se había marchado, se oyó a sí misma decir:

—Pues de poco me voy a enterar si no me lo cuentas.

Inmediatamente oyó una voz a su lado que le decía:

—Y poco le contará si no le deja contarlo…

Se giró, y fulminó con su mirada al hombre mayor del periódico, que sin embargo le sonreía. Enseguida le dijo:

—Disculpe, no quería incomodarla, pero es que he vivido esta situación mil veces, hasta que comprendí por qué me pasaba.

Antonia tardó unos segundos en decidir qué hacía: si se levantaba y cambiaba de banco, o si entraba en la conversación. Al final le dijo:

—Adelante, le escucho.

—Permítame presentarme: mi nombre es Max, y lo que le ha ocurrido con su hija tiene una explicación sencilla.

–Yo soy Antonia, y me encantará conocerla.

–Verá, Antonia, las personas casi nunca contamos de buenas a primeras la verdad de lo que nos pasa, y no porque queramos mentir, sino porque necesitamos un cierto calentamiento. Necesitamos ir paso a paso. Su hija le ha dicho que estaba cansada, pero ese no es el problema central, es solo un indicio. Y si se coge a ello, ella no sentirá que la entienda…

—Pero yo no lo podía saber, y en todo caso, ¿qué debería haber hecho?

—Ignorar este punto del cansancio y dejarla hablar más.

—¿Y cómo se hace esto?

—Con algo muy sencillo: un inspirador silencio.

—¿?

—Un sereno e inspirador silencio.

Antonia no daba crédito a lo que escuchaba. Ahora sí guardaba silencio, pero porque intentaba comprender todo aquello. No entendía lo del silencio. Se suponía que lo que tenía que hacer era ayudarla, darle su punto de vista. Todo menos quedarse callada. Max se apresuró a aclarar las cosas:

—Cuando alguien nos quiere contar algo, es difícil que nos lo cuente de entrada. Nos hablará de cosas, que no son las que verdaderamente importan. Si en este punto, en lugar de responder a lo que hemos oído guardamos un respetuoso silencio, la persona hablará más, y lo que nos dirá ya se acercará más a lo que necesita compartir.

—¿Y después?

De nuevo, el silencio será nuestra mejor respuesta. Entonces sí, en tercera ronda, es posible que ya nos cuente en profundidad toda la verdad; lo que realmente le pasa y en el fondo quería contarnos.

Antonia escuchaba con atención. Entendía lo que Max le quería decir, pero le surgió inmediatamente una duda:

—Pero el silencio incomoda…

—… tanto como para forzar que el otro continúe, esa es la historia. Revivamos su conversación con su hija: le ha dicho que estaba algo cansada, y usted se ha cogido a ello sugiriendo que trabajaba demasiado.

—… cosa que ella no quiere oír.

—Probablemente, y en todo caso, cosa que no es lo que de verdad le pasa. Si en lugar de responder le hubiera regalado un buen silencio, su hija quizás hubiera profundizado una capa, y detrás de ese cansancio podría haber aparecido una frustración, o un enfado, o una tristeza… o lo que realmente le pasa.

—¿Y si no sale nada?

—Siempre sale. Y en todo caso, si no sale como respuesta a su silencio, es que no se lo iba a contar. Pero lo que no podría decir nunca es que no la había atendido.

Ella no lo acababa de ver claro. Dudaba de todo aquel razonamiento. Para ella el cansancio de Carolina y su exceso de trabajo eran evidentes.

¿Y si era su hija la que se engañaba a sí misma, porque no quería aceptar que trabajaba demasiado?

De repente, sonó un Whatsapp... Decía: “Mamá, lo que me ocurre es que estoy triste. Estoy pasando malos momentos con Luis pero es algo de lo que me cuesta hablar”.

Ahora entendía. El cansancio era solo el inicio de algo más importante. Se dio cuenta de que el silencio era la respuesta que Carolina hubiera necesitado. Acababa de recibir una gran enseñanza:

El silencio en una conversación crea el espacio para que la otra persona pueda comunicarse y hablar, y llegar de verdad al fondo de lo que necesita hablar.

Un frenazo la sacó de sus pensamientos: el autobús había llegado. Pensó que quizás tendría suerte y el tal Max viajaría a su mismo destino; podrían compartir viaje. Pero cuando se giró para preguntárselo, se encontró el asiento vacío. Y a su alrededor, no pudo ver ni rastro del entrañable personaje del que en aquella corta espera tanto había aprendido.

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