Los peligros de los consejos

¿Y tú qué harías?

Dar consejos pueden traer problemas importantes: si funcionan, crean dependencia emocional y, si fracasan, nos convierten en los responsables

Ferran Ramon-Cortés

consejos que harias

Carolina paseaba al perro por un parque con su hija Alba. Hacía unas semanas que no se veían, y el encuentro había sido iniciativa de Alba, que quería el consejo de su madre en un asunto que le preocupaba.

Mientras el perro jugaba con otros perros, se sentaron en un banco a hablar. Alba le explicó a su madre una enganchada monumental que había tenido con Iñaki, un compañero de trabajo. Acabó preguntándole:

—¿Tú qué harías?

Su madre no se lo pensó dos veces. Le contestó:

—Llámalo, y hazlo ya.

—Pero ¿qué le digo?

—Ante todo te disculpas. Y él debería disculparse también.

—Ya... pero ¿estás segura? ¿No dejarías pasar un poco de tiempo?

—No te lo pienses. Haz exactamente lo que te digo. Siempre funciona.

Alba meditaba el consejo de su madre. Al cabo de un momento, le dijo:

—Vale, voy a hacer lo que me dices, aunque no estoy convencida al cien por cien. Te dejo, que me esperan los niños. Gracias por tu consejo. Espero que me funcione...

Carolina se quedó en el banco sentada, y de repente oyó una voz a su lado que decía:

—¿Y si no funciona?

Desconcertada, miró en dirección al origen de la voz y se encontró con la mirada de un entrañable hombre mayor. Tentada a levantarse y desparecer, su curiosidad pudo más que su lógica, así que permaneció sentada y siguió el diálogo:

—¿A qué viene esta pregunta?

—Permíteme que me presente. Me llamo Max. No he podido evitar oír vuestra conversación, y soy tan enemigo de los consejos...

—Yo soy Carolina, y como habrás comprendido, soy la madre de la joven con la que hablaba. Y como madre creo que es casi mi obligación aconsejar a mi hija cuando me lo pide.

—Es muy generoso por tu parte el querer ayudarla, pero quizás haya otros caminos que a ella le ayuden más y a ti no te comprometan.

—¿Me lo explicas? Porque no te sigo...

—¿Qué tal un paseo por este magnífico parque?

Se levantaron, Carolina llamó a su perro, le puso la correa y se dispusieron a caminar por el parque. Max empezó su explicación:

—Verás, Carolina. Los consejos tienen dos grandes problemas: si a la persona a quien se lo das no le va bien, te hará responsable...

A Carolina le vinieron inmediatamente a la cabeza las palabras de su hijo Tomás, cuando hacía unos días le había dicho: “Bravo, mamá, hice lo que me dijiste y mira en qué lío me he metido”. Max continuó:

Y si le van bien, generarás una gran dependencia. Las personas acudirán sistemáticamente a ti cada vez que necesiten solucionar algo.

De nuevo Carolina conectó con su realidad: Alba era, en efecto, una adicta a sus consejos; la llamaba siempre para recurrir a ellos. Sin embargo, no estaba dispuesta a renunciar a ayudar a sus hijos, así que aceptaba todo aquello como un mal menor. Le preguntó a Max:

—Vale, Max, puedo entenderlo, pero ¿cuál es la alternativa? Porque lo que no voy a hacer es dejar colgados a los demás cuando tienen un problema, especialmente si son mis hijos.

—No, claro que no. Ayudar a los demás está en tu ADN. No te voy a sugerir que dejes de hacerlo. Lo que te propongo es que para ayudarlos, en vez de darles tus consejos, les ayudes a descubrir sus soluciones.

—Fácil de decir, pero ¿cómo se hace eso?

Max se tomó unos instantes para encontrar la manera de conseguir que Carolina conectase con aquella idea...

—Te propongo un pequeño juego: por un rato yo voy a ser tu hija Alba. Volvamos al punto en que te ha contado su conflicto y te ha preguntado “¿Tú qué harías?”. Trata de respondérmela sin un consejo...

Carolina, con una sonrisa en los labios, aceptó el reto y empezó a pensar en posibles respuestas. Inevitablemente, todas eran, de forma más directa o más encubierta, consejos. Así que siguió buscando alternativas. Pasó un largo rato, hasta que por fin le dijo:

—¿Qué se te ocurre que puedes hacer?

Max se dispuso a seguir el juego.

—No sé... dímelo tú que tienes más experiencia.

—Quizás, pero lo que a mí me funciona no tiene por qué funcionarte a ti. Piensa en alternativas y, si quieres, las hablamos.

—Vale: lo primero que se me ocurre es llamarle, pero me da miedo su reacción.

—¿Qué te puede decir?

—Me puede acusar de haberle dicho cosas injustas.

—¿Y cómo puedes evitar esta acusación?

—Quizás con una buena disculpa...

Se miraron y se pusieron a reír. Habían llegado al mismo punto, pero Carolina había evitado los consejos. Había sido Alba, en la persona de Max, la que había sugerido su propia solución. Max le preguntó:

—Y bien, ¿qué te ha parecido?

—Interesante y reconfortante para mí, porque no asumo ningún compromiso... ¡pero mucho más largo!

—Sin duda, pero recuerda lo que te dijo Alba al despedirse: “Voy a hacer lo que me dices, aunque no estoy convencida al cien por cien”.

A Carolina se le abrió un mundo. Todo aquello tenía mucho sentido... y lo agradecía sinceramente. Suponía un giro en su forma de ayudar a la gente.

Su perro salió disparado persiguiendo a otro, arrastrándola con él. Cuando el perro se calmó, buscó a Max con la mirada para despedirse de él y agradecerle la charla. Sin embargo, no pudo encontrarlo. Se quedó con la extraña sensación de que todo aquello solo había ocurrido en su imaginación.

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