invisibles

Ferran Ramon-Cortés

Invisibles

David salió de su despacho en dirección a los ascensores. Acababa para él una larga jornada de trabajo. Con la cabeza ya en la cena que tenía aquella noche, cruzó velozmente el pasillo, la recepción, llegó al vestíbulo y pulsó el botón de llamada. Entró en el ascensor con tanta energía que casi atropella a un hombre mayor que se encontraba dentro.

—Disculpe, no lo había visto.

El hombre, sin atisbo de acritud ni censura en su tono, le contestó:

–Ni a mí, ni a unos cuantos más hoy, me temo.

David lo miró con sorpresa. ¿A qué venía aquel comentario? No sabía cómo tomárselo. Bajaron en completo silencio: David mirando al suelo y el hombre mirando a David con una tierna sonrisa en la cara. David no se podía quitar de la cabeza el comentario porque, más allá del hecho puntual, le conectaba directamente con algunos problemas que había estado teniendo últimamente con su gente. El ascensor llegó a la planta baja y se abrieron las puertas. David cedió el paso al hombre y cuando se dirigían a la puerta exterior del edificio, en un impulso que no sabía explicarse muy bien, le dijo:

—¿Tiene diez minutos para una cerveza?

—Sí, encantado. Mi nombre es Max.

—Yo soy David.

Entraron en un bar. David pidió dos cañas.

—Max, podría decirle que me ha sorprendido el comentario, pero de hecho ha sido más que eso: me ha incomodado. ¿Qué me ha querido decir?

—Creo que quería decirle literalmente lo que he dicho: que hoy ha habido mucha gente a la que, como a mí, de entrada no ha visto.

—¿De qué gente me habla?

—De algunas de las personas con las que se ha cruzado saliendo de su despacho, de la recepcionista, del señor que reparaba la luz de la planta en la que esperaba el ascensor...

David se quedó pensativo. Lo que Max le estaba diciendo era totalmente cierto. De hecho, él no hubiera podido confeccionar esa lista porque, efectivamente, no había visto a esas personas. Y lo más importante era que aquella constatación le llegaba tras varias acusaciones de personas muy cercanas de que parecía que “no existían para él”. Enseguida le preguntó:

—Max, no he visto a esas personas y mi entorno se queja de que hago lo mismo con ellos. ¿Qué sentido tiene para usted todo esto?

—Verá, David. Todos sin excepción tenemos a nuestro alrededor un buen número de invisibles. Personas a las que no prestamos atención, que nos pasan desapercibidas y, por tanto, es como si no existieran. Todos tenemos nuestra particular lista en la que puede haber familiares, conocidos, vecinos, compañeros de trabajo o personas con las que nos cruzamos a diario.

—¿Y por qué nos pasa esto?

—Puede haber muchos motivos: las prisas, que andamos con la cabeza en otro sitio... y no nos ayudan los móviles ni los artilugios a los que estamos permanentemente conectados. Es como si las borráramos de nuestro campo visual. Con las consecuencias que esto tiene para ellas...

—¿Que son...?

—Pues principalmente que sienten lo que usted mismo ha descrito: que no existen para nosotros. Y esto es muy duro.

Tenemos un café pendiente...

Ferran Ramon-Cortés

Tenemos un café pendiente...

David reflexionaba sobre lo que su acompañante le decía. Este le lanzó un reto:

—Piense por un instante en el día de hoy: ¿con cuántos invisibles se has cruzado?

Hizo el ejercicio. Se vio abriendo la puerta de casa con prisas por la mañana. Andaba justo de tiempo. Recordó haber bajado la escalera y haberse cruzado con un vecino que sacaba a pasear al perro. Al llegar a la planta baja había salido en puro piloto automático hacia la calle. No había visto al portero, que debía de estar en la entrada de la finca. Había pasado por delante del quiosco contestando correos en su móvil... Desistió de continuar.

—Me temo que tengo muchos invisibles alrededor. ¿Cómo empiezo a reducir esa maldita lista?

—Abriendo bien los ojos. Teniendo la cabeza aquí y ahora. Y compartiendo una comunicación básica de cordialidad que no nos tendríamos que saltar nunca. Un buenos días, un hasta mañana, fórmulas sencillas que simplemente hacen que los demás capten que hemos reparado en ellos y que están bien presentes para nosotros. No se trata de tener grandes conversaciones, una simple mirada a veces es suficiente.

—¿Esta recomendación vale para todos?

—Sí, y será bueno adaptarla al nivel de complicidad de cada caso.

—¿Qué significa eso exactamente?

—Pues que con las personas más cercanas podemos ir más allá; un comentario que para ambos tenga sentido será más efectivo...

—¿Y qué me dice del tiempo? No me sobra precisamente...

—Ni le faltará por culpa de esta pequeña comunicación, se lo aseguro. No se trata más que de tener la sensibilidad de no andar ignorando a los demás. El tiempo, en este caso, es una excusa.

David coincidía. Si se escudaba en la falta de tiempo, estaría siendo poco honesto consigo mismo. Lo tenía claro, tenía que cambiar de rutina. Abrir los ojos a su entorno y no dejar la pequeña comunicación de lado. Su entorno se la reclamaba y la idea de hacerlos invisibles le horrorizaba ahora que había comprendido este término. Él había experimentado, como probablemente todo el mundo, la sensación de haber sido invisible para alguien... y no le había gustado. Pagó las cervezas y salieron del bar. David lanzó una pregunta:

—Por cierto, ¿cómo ha podido saber de todos a los que he hecho invisibles al salir del trabajo? ¿Me seguía acaso?

Se giró para escuchar la respuesta de Max, pero este había desaparecido. Se encontró sin compañía... y con la mirada divertida de un transeúnte que lo había pillado hablando solo.

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