Practicar con el ejemplo

¡Tus hijos siempre te están mirando!

Y lo aprenden todo... Una bonita historia que nos recuerda que todos envejeceremos y que siempre seremos el principal ejemplo para nuestros hijos.

Jorge Bucay

Hijos siempre nos miran

Siempre recuerdo el impacto emocional que sentí al entrar en aquella escuelita de un pequeño pueblo de Alemania, donde había sido invitado a compartir un espacio con mi amigo el actor Edgar Bürke y un grupo de jóvenes adolescentes.

La pancarta que colgaba del techo permanentemente estaba puesta de un modo que era imposible entrar en esa sala sin notar su presencia.

El texto, en grandes letras azules, exhibía una sola frase que me he vuelto a encontrar más tarde una veintena de veces en otros sitios, pero que, en ese momento, en ese lugar y quizás en ese idioma, no pretendía en absoluto un tono amable ni conciliador. Decía más o menos:

“Ten cuidado siempre... ¡tus hijos te están mirando!”.

Cuando compartí mi sensación con Edgar, él me contó esta historia que tanto tiene que ver con este tema, y que transcurre en una ciudad cualquiera, similar a esta en la que tú vives.

Un cuento sobre la anticipación

La historia habla de un anciano internado en un geriátrico, de su hijo, un importante directivo de una empresa multinacional, y de su nieto, un adorable muchacho que ama a su abuelo.

El círculo del 99

Cuentos para pensar

El círculo del 99

El relato comienza un día en el que el joven pasa por la oficina de su padre. La secretaria lo anuncia y lo hace pasar.

—¿Qué necesitas? —pregunta el padre, de un modo bastante hostil—. ¿Otra vez te has metido en problemas? Porque si estás aquí...

—Yo no necesito nada —contesta el joven, un poco desafiante—. Ya te he dicho que no pienso pedirte nada más si lo puedo evitar. El tema es el abuelo.

—¿Qué pasa con tu abuelo? Seguro que está bien; si no, ya me hubieran avisado.

—Te han llamado tres veces del geriátrico, pero no reciben respuesta. Les dicen que estás ocupado.

—Y es la verdad... Será alguna tontería. Le diré a mi secretaria que llame.

—Ya lo he averiguado yo —dice el joven—. El abuelo necesita que le mandes un pequeño calefactor, para su cuarto.

—¡¿Un calefactor?! —vocifera el hombre a gritos—. Con el calor que hace, por favor.

—He estado allí, papá... El lugar es bastante fresco y el abuelo pasa demasiado tiempo quieto. De todas maneras, es el abuelo quien dice que siente frío.

—Mira, yo no trabajo como trabajo para tirar el dinero —dice el padre—. Si necesita un calefactor, que se lo den en el geriátrico, que para eso me cobran cada mes la fortuna que me cobran...

Y si te parece que debes ocuparte de su temperatura, puedes comprarle al abuelo una manta con tu paga.

El joven sale de la oficina sin decir una palabra. Esa noche, cuando el padre llega a casa, ve al muchacho tendido en la sala con una manta extendida sobre la alfombra. Para su sorpresa, está cortándola por la mitad.

—¿Esta no será la manta que has comprado para tu abuelo? —le dice.

—Sí —contesta el joven, casi sin mirarlo.

—¿Y por qué la cortas por la mitad?

—Anticipación —contesta el joven.

—No te entiendo —dice el padre—. ¿Anticipación de qué?

—Sí —responde el joven, mientras sigue con su tarea—. Voy a llevar al geriátrico una mitad de la manta. La otra la guardaré para ti... para cuando tengas su edad.

Como digo, nuestros hijos nos miran y aprenden de lo que hacemos.

suscribete Octubre 2017