Tocar la pasión

El laúd emocionado

Un cuento que nos habla del poder de la emoción y la pasión para avanzar. Porque sin emoción no hay cambio.

Jorge Bucay

tocar pasion

El joven Wen descendía de una antigua familia de letrados. Sin embargo, jamás había mostrado el menor interés por lo jurídico y había fallado todos los exámenes para ser un par entre los suyos.

Desde pequeño le había apasionado la música y pasaba horas tocando un viejo laúd que había encontrado olvidado en un desván. Tiempo después, hostigado por los reclamos de su padre, que lo quería mandarín, abandonó la casa familiar y comenzó a vagar de un lugar a otro como músico ambulante.

Una tarde, Wen tocaba una melodía muy manida en la plaza de un pueblo cuando vio entre los oyentes al viejo Tzú, el más reconocido maestro de laúd de toda China.

—Maestro, ¿qué te ha parecido mi música? –preguntó Wen, ávido de un halago, aunque fuera pequeño, de un maestro de su talla y fama.

—Tienes talento –respondió el viejo–, aunque no ha florecido aún. Tu canto podrá alegrar a unos cuantos aldeanos, pero no logrará cautivar a los pájaros.

Esa noche, Wen siguió al anciano hasta un claro del bosque en el que el hombre sacó su propio laúd y entonó una canción.

La melodía hizo aflorar las lágrimas a los ojos del joven Wen, quien creyó ver entre los árboles a las criaturas del bosque, que se habían detenido a escuchar, cautivadas por la música.

Después de aquello, Wen se acercó al anciano y le rogó que lo aceptara como discípulo.

El viejo aceptó y Wen pasó los siguientes años junto a él, estudiando y practicando a su lado, recibiendo sus correcciones y regañinas pacientemente.

Hasta que un día el maestro le dijo:

—Te he enseñado todo lo que sabía. Te he llevado hasta el umbral de nuestro arte. Ahora tú debe atravesarlo. Busca tu música dentro de ti.

Como toda respuesta, Wen tomó el laúd y pidió permiso para tocar una canción en honor al invierno que llegaba. El maestro aceptó la ofrenda y Wen comenzó a tocar.

Al cabo de unos pocos minutos, el maestro le quitó bruscamente el laúd de las manos y lo estrelló contra un árbol, haciéndolo trizas.

—¡Escucho las notas, están perfectas... pero tu música está vacía! Mueves los dedos, pero nada sucede en tu alma.

Durante unos minutos ambos permanecieron en silencio. Parecía que los dos estaban con- teniendo el llanto.

—El fracaso de un alumno es sobre todo el fracaso del maestro –siguió diciendo el anciano–. No volveré a tocar... Toma mi laúd y practica tu canción al invierno. Cántale a las nieves y a los hielos, no a mí, que no lo merezco.

Sin poder articular palabra, Wen vio cómo su maestro se dirigía hacia el lago, decidido. ¿Es que acaso se ahogaría? La perspectiva de que su ineptitud musical costara la vida a un maestro como Tzú le resultaba desoladora.

Imaginó un mundo sin su maestro, sin su música, un mundo sumido en un invierno eterno... Casi sin pensarlo, tomó el laúd de Tzú y comenzó a tocar.

La tristeza lo había invadido, las lágrimas caían por su rostro y Wen comenzó a sentir cada vez más frío.

El viento helado golpeaba sus mejillas y unos copos de nieve comenzaban a caer blanqueando todo el paisaje.

Sin dejar de tocar, Wen levantó la vista: su maestro parecía caminar sobre el agua. Pero no era eso lo que ocurría.

La superficie del lago, al escuchar la música del joven, se había enterado de que el invierno había llegado y se había congelado.

Un segundo después, el maestro ya no estaba allí; en su lugar había una hermosa grulla blanca.

Cuando el joven músico cruzó su mirada con la del animal, este levantó el vuelo y comenzó a alejarse dando unos graznidos que, desde la orilla del lago, parecían risas.

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