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Francesc Miralles

La tribu maldita

Una extraña maldición había caído sobre los Invalu. Aquella tribu, conocida por su espíritu risueño y sencillas costumbres, parecía atacada por un misterioso virus de insatisfacción. El valle donde transcurría su vida seguía siendo fértil y acogedor, con temperaturas moderadas en invierno y abundante agua en verano para regar los cultivos y refrescarse. Sin embargo, algo había cambiado.

Desde las últimas lluvias, los Invalu se levantaban malhumorados y ya no disfrutaban del trabajo en el campo. Los cultivos de mijo se llenaban de hierbajos que nadie se esforzaba en arrancar, con lo que el cereal crecía más débil y resultaba poco sabroso. La tribu había perdido casi toda su vitalidad. La poca que quedaba la gastaban en constantes fricciones entre ellos. Cada día se oían disputas por terrenos y lindes, los amigos se ofendían por cualquier cosa y las parejas se retiraban la palabra entre sí. Las jornadas eran tan amargas que por la noche nadie lograba conciliar el sueño.

—Esta tribu está maldita –sentenció el más anciano de los Invalu–. Algún pueblo enemigo nos ha echado mal de ojo y por eso ya nada nos sale bien.

Aquella idea cundió entre los nativos, que se resignaron a sufrir una época que venía cargada de carestía y calamidades.

El mal fario de los Invalu trascendió los límites de su aldea y llegó a oídos de otros pueblos, que se guardaban de acercarse a lo que empezó a conocerse como “el valle maldito”. Hasta que una mañana llegó al pueblo una forastera de raída túnica y sonrisa radiante. Por la aldea corrió el rumor de que era una hechicera que llevaba años retirada en su cabaña, en lo alto de un monte inaccesible. Pero incluso hasta allí habían llegado las noticias de la misteriosa plaga que ensombrecía la vida de los Invalu. Movida por la compasión, la ermitaña había decidido aventurarse en el valle maldito. El primer aldeano con el que se encontró fue un joven asustadizo, que se quedó paralizado ante la aparición de aquella forastera que parecía vieja como el mundo.

—Váyase enseguida –le recomendó el muchacho–. Este lugar es víctima de una maldición. Si se queda mucho por aquí, perderá la poca vida que le queda.

—Cierra el pico, y tráeme agua y algo de comer –le ordenó la anciana–. Luego convoca a todos los Invalu. Quiero descubrir la raíz de vuestro mal.

Felizmente ocupado

Francesc Miralles

Felizmente ocupado

El chico salió a la carrera y regresó poco después donde estaba la mujer con un poco de queso y pan de mijo. A continuación, fue choza por choza hasta reunir a todos los aldeanos, que ahora rodeaban expectantes a la recién llegada, que habló así:

—A la entrada del poblado, he visto unas cabras que están en los huesos. ¿Por qué nadie cuida de ellas?

—No merece la pena –dijo un hombre de aspecto tosco–. Dan tan poca leche que más vale dejarlas a su aire.

—Tal vez dan poca leche porque no les procuráis suficiente hierba fresca. ¿Y ese mijo que crece en los campos? ¿Por qué las espigas son tan bajas y quebradizas?

—Estamos por abandonar esos cultivos –suspiró una mujer–. Las cosechas son escasas y la lluvia nunca es suficiente.

En aquel momento, una pareja de mediana edad empezó a discutir agriamente.

—Y a vosotros, ¿qué os pasa? –les interpeló la hechicera.

—Mi marido prometió arreglar la techumbre hace días, pero no lo ha hecho y se me llena la casa de hojas y polvo.

—Dije que lo haría a condición de que tú tiñeras mis ropas –se defendió el hombre–, que da pena ver lo gastadas que están.

Harta de aquella reunión donde de repente todo el mundo gritaba y se recriminaba cosas, la ermitaña se puso de pie y levantó las manos para que se hiciera el silencio.

Luego declaró:

—Ya he oído bastantes quejas por hoy. No necesito escuchar más. He entendido cuál es el virus que hace que ningún Invalu esté contento, y voy a daros el antídoto.

Decenas de ojos asombrados se posaron en la hechicera, que acto seguido concluyó:

—Todo el mundo en esta aldea cree tener menos de lo que merece. Unos se decepcionan porque el mijo no crece más alto o la cosecha no es más abundante. Otros se enfadan con las cabras que dan menos leche de la deseada o con las reses que no dan una carne lo bastante tierna y jugosa. Lo mismo ocurre con maridos, esposas e hijos. Esperáis que las cosas sucedan a vuestro gusto y, como no es así, vivís sumidos en la infelicidad.

—¿Y cuál es el remedio, forastera? –se atrevió a preguntar un niño.

—Dejad de esperar cosas y tomad todo lo que venga, sea mucho o poco, como un regalo. Trabajad duro y celebrad cada grano que brote en la espiga igual que un milagro. Si actuáis así, este volverá a ser el valle más fértil del mundo.

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