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Ferran Ramon-Cortés

¡Mándame un whats!

En esta historia Max nos ayuda a ver que el uso del WhatsApp entre los adolescentes tiene su parte positiva ¡Y también entre los adultos!

Ferran Ramon-Cortés

Laura y Carmen salían de una reunión de padres y madres en el instituto. Ambas con hijos de 15 años terminando la ESO, discutían sobre algunas de las recomendaciones que les habían dado sobre las redes sociales.

—Reconozco que mi hija está enganchada a WhatsApp. Se pasa horas chateando con sus amigas haciendo ver que estudia...

—Mi hijo igual. Está pendiente del móvil a todas horas. Estoy por requisárselo en cuanto llegue.

Víctor, padre también de una adolescente, se unió a la conversación:

—Lo de WhatsApp debería cortarse por lo sano, porque mucho contacto y mucho mensaje, pero en el fondo les está incomunicando. WhatsApp está haciendo que se vean menos y esto no puede ser bueno. Si lo hubiéramos tenido nosotros a su edad, probablemente hoy no tendríamos las relaciones de amistad que tenemos...

Discretamente, un hombre mayor al que no conocían se acercó al grupo y con voz cálida y respetuosa afirmó:

—... O quizá las tendríamos mejores.

Los tres se giraron hacia él. ¿De dónde salía? Obviamente, no era un padre de la escuela... ¿Alguien del personal administrativo? ¿Quizá un antiguo profesor? El hombre, al ver que había captado su atención, se lanzó a decir:

—Yo soy el primero que me asusté con WhatsApp y, a mi edad, podéis imaginar que me costó comprenderlo. Enseguida pensé en los jóvenes y en cómo se incomunicarían si solo se relacionaban por el famoso chat. El sentido común me decía que no podía ser bueno. Pero decidí investigar un poco y, junto a las lógicas prevenciones que hay que tener, descubrí informaciones fascinantes que cambiaron mi percepción.

Una palabra a tiempo

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La curiosidad se palpaba en el ambiente y Laura le preguntó:

—¿Compartirías algunas con nosotros?

—Claro que sí. Algunas son puramente científicas, como el hecho de que las relaciones por las redes tienen el mismo efecto neuronal que las relaciones en vivo. Disparan la oxitocina igual que las relaciones cara a cara. Y la oxitocina es un potente neurotransmisor vinculado a la generosidad y a la confianza.

Las caras de perplejidad del grupo eran patentes. El anciano continuó:

—Otras son más sociológicas, como el hecho de que las redes proporcionan a los adolescentes un ámbito de libertad de comunicación que les permite decirse cosas que ni nosotros nos decíamos ni ellos se dirían probablemente cara a cara. Me refiero a pequeños halagos, algún piropo y mensajes de cariño o agradecimiento.

—Me sorprende lo que dice, y está bien saberlo. Pero me sigue asustando que estén enganchados. ¿Qué ocurre con la adicción?

—Existe, como en cualquier tecnología, y contra ella sí que es bueno luchar. Todos los beneficios pueden venirse abajo si hay un exceso de uso. Y ahí es donde los padres tenéis un papel fundamental, pero que solo ejerceréis en la justa medida si comprendéis también sus beneficios.

Laura miraba incrédula al sorprendente personaje. Él decidió continuar:

WhatsApp y en general las redes sociales, bien usadas, matizan y enriquecen las relaciones. Son un magnífico preámbulo para el encuentro cara a cara, que será una fértil experiencia porque partirá de una base sólida. Tenemos que ver su uso como un posible aumento y una oportunidad de mejora de las relaciones, teniendo presente que nunca debe sustituir al contacto real. Visto así, puede ser una gran ayuda para los adolescentes en un momento crucial de creación de vínculos afectivos y definición de su identidad.

Los tres padres reflexionaban atentos. Aquellas explicaciones les estaban cambiando algunos esquemas. Aunque seguían siendo conscientes de los peligros, entendían y aceptaban la visión constructiva que aquel desconocido con pinta de antiguo profesor les estaba dando. Víctor, el más crítico al inicio, le preguntó:

—¿Y qué pasa con los adultos? ¿Qué tenemos que hacer con WhatsApp?

—Primero, conocerlo, y conocerlo bien. Debemos experimentar cualquier tecnología que esté al alcance de nuestros hijos antes de sacar conclusiones. Y en cuanto a la utilidad para vosotros, juzgad por vuestra experiencia...

—Reconozco –se apresuró a afirmar Víctor– que WhatsApp favorece nuestra vida social. A mí personalmente me ha ayudado a revivir muchas relaciones adormecidas, o a recuperar contactos perdidos, cosa que me ha encantado. El mismo grupo de WhatsApp que compartimos nosotros lo demuestra. ¿O es que alguien piensa que hubiéramos podido organizar la última cena juntos con tanto éxito sin él?

El grupo había cambiado de energía. De las duras críticas iniciales lanzadas hacia sus hijos, habían pasado a una visión muy distinta de las cosas. No olvidaban la prudencia, y mantenían un cierto miedo, pero habían contactado con el valor de estas herramientas cuando son bien usadas. De forma discreta, se miraron con complicidad y Carmen sugirió:

—¿Qué tal una cervecita con el maestro? Creo que le debemos un pequeño agradecimiento. A mí me han ayudado sus reflexiones.

Asintieron y se giraron para invitarlo; sin embargo, como por arte de magia, el hombre había desaparecido. Tuvieron que conformarse con aceptar que probablemente había iniciado el camino a casa sin que ellos lo hubieran visto.

Carmen se despidió; era tarde. En su móvil apareció un mensaje que desencadenó un diálogo:

—Mamá, ¿llegas? Te estamos esperando...

—¿Ahora me echáis en falta?

—No, es por la cena, me muero de hambre... bueno, va, un poquito sí.

Aquel hombre tenía razón. Algunos mensajes no solo ayudaban a las relaciones, sino que además tocaban muy adentro.

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