No sufras por mi

Ferran Ramon-Cortés

No sufras por mí

En la concurrida cafetería de la planta baja de su oficina, Tomás tomaba un café con Rebeca. Mientras jugueteaba con el sobre de azúcar que no había abierto, le contaba su situación:

—Hoy me lo han comunicado: no me renuevan el contrato. Dejaré el trabajo a final de mes.

—¡Vaya palo, Tomás! Estarás hecho polvo.

—Bueno... Por un lado me lo esperaba, y además creo que es el empuje que necesito para buscar algo de mi especialidad. En el fondo no me gustaba lo que hacía...

—Ya, lo entiendo, pero ¡pobre! Lo debes de estar pasando fatal. Qué mal me sabe...

Justo en la mesa de al lado, un entrañable anciano no podía evitar escuchar la conversación, al tiempo que disimuladamente escrutaba la expresión de Tomás.

—¿Y qué vas a hacer ahora? –preguntó Rebeca.

—Pues eso, empezar a buscar, pero con calma. Tengo tiempo y quiero buscar algo de lo mío.

—Uf, no sabes cuánto siento todo esto...

Terminaron la conversación y Tomás se fue. Rebeca, que esperaba a una amiga, se quedó en la mesa, pensativa y profundamente afectada. Tras unos instantes, el anciano se dirigió a ella:

—¿Preocupada por tu compañero?

Rebeca se sorprendió por la pregunta, pero pudo ver una mirada cálida y acogedora en el rostro de su interlocutor. Decidió responderle:

—Pues sí, la verdad. El pobre Tomás está hecho polvo y me sabe fatal...

Somos distintos

Ferran Ramon-Cortés

Somos distintos

Él, con su aspecto de profesor jubilado, se atrevió a decirle:

—No, no lo está, te lo aseguro. No está feliz, pero tampoco hecho polvo. Lo lleva bien, como él mismo ha reconocido.

—¿Disculpe? ¿Por qué dice eso? Yo he estado hablando un buen rato con él y le aseguro que lo está pasando fatal. Soy una persona empática, sé cuando los demás sufren o les pasa algo.

—No lo dudo, pero ¿qué es lo que te ha dado esa impresión?

—Pues en este caso es obvio: ¿Cómo estaría usted en sus circunstancias?

El anciano sonrió y serenamente le dijo:

—Esa es la clave: que yo no soy él y cómo estaría yo no tiene la menor importancia.

Rebeca se quedó perpleja. Tras quedarse sin palabras unos instantes le dijo:

—¿Me lo cuenta?

—Claro, y déjame que me presente: mi nombre es Max y soy un viejo cliente del local...

—Yo soy Rebeca, compañera de Tomás.

—Verás, Rebeca, no dudo de que seas una persona empática, pero me temo que tu empatía no es exactamente la que te puede ayudar a captar los sentimientos de los demás.

Rebeca, entre nerviosa y molesta, le preguntó:

—¿Puede ser más claro?

—Voy a intentarlo. Verás, hay una empatía que nos permite captar lo que los otros sienten. Es la empatía real. Y hay otra empatía que lo que hace es proyectar en los demás lo que nosotros sentiríamos en sus circunstancias, asumiendo que ellos han de estar sintiendo lo mismo. Es la empatía proyectada.

Rebeca escuchaba, pero su rostro mostraba que no lo acababa de entender. Max le preguntó:

—Rebeca, ¿te da miedo perder tu trabajo?

—Me aterra.

—¿Lo pasarías mal si lo perdieras?

—Me quedaría destrozada.

—Pues me temo que esto es lo que le estás atribuyendo a Tomás, pero no es lo que él siente.

—¿Y qué te lleva a creerlo?

—Tenía a Tomás enfrente. Su mirada era serena, su rostro relajado. Te lo estaba diciendo con sus palabras, pero sobre todo con su expresión: no estaba especialmente preocupado.

—Está muy seguro de eso.

—Completamente. Y no te niego que desde la distancia, física y personal, es más fácil captarlo.

Rebeca empezaba a entrar en el razonamiento de Max, y necesitaba acabar de entenderlo:

—Pero, Max, cuando Tomás me ha explicado su situación, me he puesto en su piel, ¿no es eso pura empatía?

—El problema es que te has puesto en su piel con tus sentimientos, no con los suyos. Empatía es captar con precisión lo que el otro siente, no pensar que siente lo que nosotros sentiríamos en una situación parecida. Eso es pura proyección. Ponerse en la piel del otro significa captarlo siendo él, no siendo nosotros.

Rebeca conectó en profundidad con la idea. Se dio cuenta de inmediato de que en algunas ocasiones había hecho lo mismo. Entendió entonces que algunos intentos de ayudar a los demás habían sido poco fructíferos porque no incidían en lo que los demás realmente sentían. Como si le pudiera leer el pensamiento, Max le dijo:

—Y claro, si no captamos con precisión lo que el otro siente, no podremos ayudarlo de verdad. Ese es el problema.

Ahora fue Rebeca quien sonrió. Convencida con el argumento, le dijo a Max:

—Max, nuestra conversación me ha llevado a un valioso descubrimiento sobre mi empatía. ¿Te puedo invitar al desayuno?

—Me encantaría, pero no he tomado nada.

—¿Me dejarás en la próxima ocasión?

—Sin duda.

Rebeca se levantó para ir a pagar. Aprovechó para preguntarle a José, el camarero:

—¿Conoces al anciano que está en la mesa contigua a la mía?

José se limitó a responderle con otra pregunta:

—¿Qué anciano?

Cuando Rebeca dirigió la vista hacia las mesas, no había rastro de nadie, ni siquiera de que alguien hubiera ocupado aquella silla perfectamente pegada a la mesa. Andaba con la sensación de haber soñado aquella conversación cuando le sonó el móvil; era un mensaje de Tomás: “Rebeca, de verdad que lo llevo bien. Te he visto muy preocupada...”.

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