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Francesc Miralles

Las olimpiadas del valor

¿Cual es el auténtico valor?

En un pequeño país que lindaba con un poderoso enemigo, murió el rey sin dejar descendencia. Se desató el pánico entre su gente. Sin liderazgo para hacerse valer, ya se veían invadidos por su gigantesco vecino. Antes de que la noticia cruzara la frontera, los más ancianos se reunieron para encontrar a alguien capaz de tomar las riendas del país.

–Hay que elegir al ciudadano más valiente e investirlo rey cuanto antes -declaró uno.

–Tienes toda la razón -repuso otro-, pero esta es una tierra de agricultores, granjeros y artesanos. ¿De dónde vamos a sacar un aguerrido monarca?

El consejo de ancianos debatió largamente hasta que el más imaginativo de todos ellos dijo:


–Propongo que reunamos mañana mismo a todos nuestros hombres y mujeres en una gran competición. La podemos llamar las olimpiadas del valor.

Tras acordar que era una buena idea, la fiesta fue pregonada por las doce poblaciones del reino. A la mañana siguiente, en la pequeña capital se levantó una vistosa carpa con una tarima en medio para que quien quisiera pudiera mostrar su valor. El pueblo decidiría a mano alzada al final del día quién estaba mejor dotado para el mando.

Corrió la bebida en un ambiente festivo que disipó por unos instantes la inquietud que había instalado la muerte del rey.

A las diez de la mañana, el primer candidato subió a la tarima. Era un hombre fuerte como un toro, cuya espalda doblaba en anchura la de la mayoría de hombre presentes. Levantó sus poderosos brazos para que le prestaran atención y proclamó:


–Es bien sabido que soy el más fuerte de todos. Muchos me habéis visto derribar un árbol con mis propias manos. Desde aquí reto a quien quiera ponerme a prueba, ya que me veo capaz de vencer hasta tres hombres a la vez.

Algunos mozos animados por el alcohol saltaron a la tarima, y todos ellos acabaron de bruces en el suelo ante el aplauso general. Sin embargo, un murmullo posterior indicó que la mayoría opinaba que aquel no sería un valiente y eficaz gobernante. Para mantener a raya a un enemigo mucho más grande que uno mismo, además de músculo, era necesario cerebro y estrategia.

El siguiente en subir a la tarima fue un hombre maduro, conocido por las lejanas expediciones que había realizado en su juventud, habiendo luchado incluso en las filas de una legión extranjera.

–Yo soy el más adecuado para asumir el mando -dijo con voz autoritaria-. Sabré dirigir a nuestros hombres hacia la victoria. Si me elegís rey, prometo defender la libertad hasta la última gota de nuestra sangre.

Aquellas últimas palabras no gustaron. En las cabezas de las mujeres y los hombres se representaron escenas de terribles batallas y sacrificios que acabarían diezmando a la población.

Una mujer, la más bella y noble del reino, presentó sus lejanos lazos de sangre con mandatarios de distintos países. Aquello les podía procurar valiosas alianzas para hallar protección ante su gran enemigo.

Pero aquella propuesta tampoco convenció.

Entonces se produjo un momento de gran bullicio cuando un joven insensato saltó a la tarima desnudo y cargando un saco. Tras vaciarlo a sus pies, decenas de escorpiones, alacranes y serpientes venenosas ascendieron por su piel sin que su expresión mostrara pánico ni preocupación alguna.

–Yo no tengo miedo a nada ni a nadie -gritó el muchacho-. Elegidme y no podrán decir que nuestro reino está gobernado por manos temerosas.

Fue desestimado inmediatamente.

Sin más candidatos, la fiesta se fue apagando y el desánimo empezó a cundir entre la población. Para sorpresa de todos, cuando los cocineros ya retiraban los restos de comida y los bodegueros se llevaban rodando los barriles vacíos, un hombre flaco y encorvado subió a la tarima y dijo:

–No era mi intención presentar mi candidatura, pero
puesto que no hay nadie más,
puedo llevar esta carga hasta que encontremos a otra persona más capacitada.

Hubo un estallido de risas. Aquel hombre solo era conocido por sus constantes achaques. Muchos no entendían incluso cómo seguía vivo.


Tal vez esperabais a un rey o una reina con más hermosura –siguió-. O a un bravucón que encendiera los ánimos del pueblo. No os puedo ofrecer nada de eso, pero doy fe de que me he enfrentado a una y mil adversidades sin darme nunca por vencido.


–¿Ah sí? -lo provocó un tabernero-. ¿A quién has vencido tú, piltrafa?

Sin alterarse lo más mínimo, explicó:

–Cuando era muy pequeño, una grave enfermedad deformó mi cuerpo y me dejó como me veis. Pero mis padres jamás escucharon de mis labios un solo lamento. Por mi constitución débil, toda mi vida he tenido que afrontar afecciones de toda clase, pero ni un solo día he dejado de levantarme con el sol y cumplir con mis obligaciones.

Un silencio expectante acompañó el final de su discurso.


–Poseo el valor suficiente para, sabiendo la opinión que tenéis de mí, brindar mi ayuda en estos momentos de dificultad. No tengo en mi haber galardones ni victorias militares, pero me siento orgulloso de haberme vencido a mí mismo.

Esa misma noche fue investido rey.

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