Un relato efímero

Roy Galán

Un relato efímero

Ni Mali se agarró con fuerza a la falda de su madre Habiba.

Amanecía en Sidi Ifni y el siroco había borrado la línea previsible del horizonte haciendo del esperado azul cielo un rojo terroso.

La niebla era tan cerrada que hacía casi imposible vislumbrar la senda.

Ni Mali odiaba madrugar y más cuando tenía que interrumpir sueños que, para ella, eran de grandísima importancia.

Aquella noche soñó con el agua marrón de la desembocadura del río, con Habiba y con su abuelo Rafael, que había muerto antes de que ella naciera, justo cuando los españoles dejaron la ciudad, y del que tenía una fotografía vestido de militar bien guardada dentro de un cuaderno de cuadros grandes con el dibujo de una mariposa en la cubierta.

En el sueño, Habiba lava la parte inferior de la chilaba que lleva puesta. Lo hace sin quitársela mientras Rafael la mira atentamente.

Lo único que hace el barro es ensuciar la chilaba más y más, cada vez más arriba, por mucho que Habiba frote de manera frenética.

Rafael parece satisfecho, casi a punto de aplaudir.

Entonces Habiba se detiene en seco, mira a Ni Mali y se deja caer al río como una ciruela madura.

Ni Mali corre hacia su madre mientras Rafael abre los brazos sonriendo con la misma cara que tiene en la fotografía.

Habiba se hunde y durante unos segundos solo se escucha el sonido del agua en el cauce.

Ni Mali está en la orilla e intenta mirar en el fondo, pero todo está turbio y solo alcanza a ver su sombra intentando mirar en el fondo.

Al cabo de unos segundos emerge del agua una mariposa blanca con manchas marrones de gato montés revoloteando.

Ni Mali intenta atraparla, pero justo en ese momento su madre la despertó como todos los días, menos los lunes, para ir a recoger los higos chumbos de los cactus.

Hacía tiempo que ese era su único medio de vida.

Caminaban a toda prisa bordeando la muralla con un par de cubos azules de plástico que a veces chocaban con alguna piedra del camino.

A lo lejos se escuchaban los preparativos del festival de caravanas.

Corre, Ni Mali, vamos a llegar tarde.

Ni Mali aceleró el paso intentando dar zancadas más grandes con sus minúsculos pies.

Habiba empezó a toser con bastante fuerza y sacó un pañuelo sin bajar el ritmo.

—Maldito polvo.

Ni Mali vio en el pañuelo una pequeña mancha de sangre antes de que su madre lo introdujera de nuevo en el bolsillo de la chilaba.

—¿Qué haces, Ni Mali? —preguntó Habiba, un tanto desesperada mirando cómo su hija se había detenido en seco.

La niña había dejado el cubo en el suelo y estaba frente a un cactus que le sacaba por lo menos tres cabezas.

—Mira qué bonita —dijo señalando al centro de la planta.

Allí, entre cientos de picos desafiantes, sobresalía una flor fucsia con pétalos en forma de endivias.

Ni Mali estaba ya intentando arrancarla cuando Habiba la detuvo suavemente con la mano.

Ni Mali miró contrariada a su madre.

—¡Deja que la coja! ¡Es para ti!

Habiba acunó a su hija con una sonrisa.

—Gracias, Ni Mali. No la quiero. ¿Sabes que las flores de los cactus son efímeras?

Ni Mali dijo que no con la cabeza.

—¿Sabes lo que es efímera?

Ni Mali volvió a negar repitiendo exactamente el movimiento anterior.

—Efímera es que solo dura un día. La flor ha nacido hoy y se morirá hoy.

Ni Mali volvió a mirar la flor que ahora le parecía mucho más importante, casi como sus sueños.

—Pues entonces, si se va a morir de todas formas, podemos llevárnosla. Si tú no la quieres, la pondremos en la libreta junto a la foto del abuelo para que se seque –dijo Ni Mali intentando convencer a su madre.

No, Ni Mali. La flor es de la planta. ¿No ves todos los picos que tiene? ¿Lo verde que es? Y ahora, hoy, tiene algo hermoso. ¿Te habrías parado a mirarla si no tuviera la flor?

Ni Mali miró los cientos de cactus similares que había alrededor.

—¿Entonces tenemos que dejársela porque es lo único bonito que tiene?

Eso es, Ni Mali. Además, las cosas efímeras son las más bonitas —dijo Habiba acariciando la frente de su hija.

Recogieron los cubos y a doscientos metros las esperaba el resto de las mujeres y niñas con las que iban a compartir el trabajo diario.

Junto antes de llegar, Habiba se agachó hasta el oído de su hija.

—Ni Mali, mi niña linda, todos somos una flor. Todos somos efímeros. El abuelo lo era. Yo también lo soy. No dejes que nunca nadie te arranque, porque todo el tiempo que tenemos es hoy y porque tú eres bonita, a pesar de que te rodeen picos, y siempre, siempre, serás digna de admiración.

Ni Mali miró entonces dentro de su cubo y allí estaba la mariposa blanca con manchas marrones de gato montés.

Simplemente revoloteando.

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