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Francesc Miralles

Shambalá en la ciudad

Héctor bajó del tren con los nervios a flor de piel. Tras un largo año trabajando en su aplicación para móviles, había llegado el momento de hacer una prueba real. Era su primer encargo como programador de apps y su carrera estaba en juego.

Mientras cruzaba el andén, activó el joytester en la pantalla y cruzó los dedos para que funcionara bien. La idea de crear un “medidor de felicidad” había sido suya y la empresa le había apoyado pese a su juventud.

Aquella jornada en la ciudad iba a ser decisiva. Tenía que elegir a medio centenar de personas que aceptaran ser escaneadas por la aplicación durante diez segundos. El joytester guardaría los resultados de la medición para que, a su vuelta, los jefes pudieran comprobar la precisión del programa. Nada más salir de la estación, Héctor detuvo a una anciana con su nieto y les preguntó si podía enfocarles con el móvil.

—¿Quieres una foto de los dos? –preguntó la abuela.

—No, necesito enfocar un momento a cada uno. Soy ingeniero y he diseñado un programa que capta la expresión del rostro y la postura corporal.

—Pues te dirá que voy encorvada –bromeó ella–. Para eso no hace falta haber estudiado ingeniería.

Felizmente ocupado

Francesc Miralles

Felizmente ocupado

Héctor se concentró en la pantalla mientras el programa recogía datos sobre la viveza de los ojos, la curvatura de los labios, la tensión en el rostro y la postura general de la anciana. Tras analizarlos, la aplicación emitió un suave zumbido a la vez que reflejaba en la pantalla: Grado de felicidad: 4,62/10.

Sorprendido por el hecho de que aquella abuela habladora hubiera suspendido el test de la felicidad, se dispuso a escanear al niño:

—¿Para qué sirve este programa? –le preguntó.

—Sirve para saber si estás contento.

El niño levantó las cejas con incredulidad y luego sacó la lengua. Héctor esperó a que su expresión volviera a la normalidad para activar el escáner. Diez segundos después arrojaba su segundo resultado: Grado de felicidad: 5,82/10. “Eso está mejor”, se dijo mientras iba a por su siguiente test. Esta vez pidió su colaboración a una muchacha de gran belleza que miraba su reloj delante de una tienda de cosméticos. La chica hizo un par de preguntas antes de prestarse al experimento, pero al saber para qué servía el programa, posó orgullosa.

Durante la recogida de datos, Héctor se dijo que aquella chica podía ser perfectamente modelo o actriz. Su piel y su mirada lucían saludables, y debía de estar satisfecha con la genética que había heredado. Cabía esperar una gran puntuación, por eso el resultado lo llenó de asombro: Grado de felicidad: 3,97/10. Cada vez más inquieto mientras buscaba otros voluntarios, recordó que el programa se había mostrado muy fiable al procesar escenas de películas. Había puntuado con gran criterio los diferentes estados de ánimo de los protagonistas.

Héctor había elegido aquella ciudad por sus estadísticas de calidad de vida. El desempleo era escaso y el índice de longevidad superior a la media. Tal vez la abuela y el niño habían discutido antes de la prueba, se dijo para tranquilizarse, y la muchacha acababa de cortar con su novio.

Para salir de dudas, decidió seguir la prueba con personas con motivos sobrados para ser felices: la recién ascendida directora de una sucursal bancaria, un vendedor de flores que aseguraba amar su trabajo, una pareja de enamorados en un parque, un hombre al que le había tocado la lotería unos días atrás... Todos ellos se prestaron al experimento, pero las puntuaciones eran siempre bajas. Aquella ciudad conocida por su calma, zonas verdes y bella arquitectura suspendía en felicidad.

Confuso ante aquellos resultados, decidió poner fin a su jornada en una tetería llamada Shambalá, como el paraíso de los tibetanos. Héctor entró con una expresión que no podía estar más lejos del paraíso. De haber probado consigo mismo su invento, habría obtenido poco más de cero.

—¿En qué puedo servirle? –le atendió un hombrecillo de aspecto oriental–. ¿Se encuentra usted bien?

Al ingeniero le pareció que se interesaba sinceramente por él, así que le explicó la aplicación que había creado y lo que le había sucedido al probarla en la ciudad. Su relato mereció una gran carcajada por parte del dueño de la tetería, que a continuación le dijo con voz serena:

—Es normal que la gran mayoría haya suspendido en felicidad.

—¿Normal? –preguntó ofendido–. ¿Por qué?

—Dice que les ha explicado a todos la finalidad de la prueba. Eso ha hecho que, sin querer, pensaran en su felicidad durante esos diez segundos. De algún modo, la han medido antes de que lo hiciera ese chisme.

—Entiendo, pero... ¿cuál es el problema?

El oriental puso una taza de té sobre el mostrador y le dijo: “La felicidad desaparece en el momento en que se mide. Si vives sin preocuparte por ella, es muy posible que estés activo y feliz, pero en cuanto te paras a pensar...”. Antes de desaparecer en la trastienda, concluyó: “Ya conoces el proverbio: Si quieres ser feliz como dices, no analices”.

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