somos-distintos

Ferran Ramon-Cortés

Somos distintos

Clara había bajado a tomar el aire. Necesitaba estar sola un buen rato. No se podía sacar de encima el disgusto por el duro comentario con que la había despachado su jefe hacía unos minutos. Llevaba un buen rato sentada en un banco de la calle, ya que no se sentía con fuerzas de volver a la oficina. El brillo de las lágrimas afloraba en sus ojos.

De repente reparó en un entrañable hombre de avanzada edad que estaba sentado a su lado. Tenía la certeza de que no estaba allí cuando ella había decidido sentarse en aquel banco, pero lo cierto es que no se había dado cuenta de su llegada.

Tras unos instantes de silencio, y después de intercambiar alguna que otra mirada, el hombre la interpeló con amabilidad:

—No está siendo tu mejor día...

—No, la verdad. Sin duda he tenido días mejores.

—¿Me lo cuentas?

Clara dudó; estaba ante un absoluto desconocido. Sin embargo, su mirada serena y algo en su expresión que no hubiera sabido definir la alentaron a hablar.

—Mi jefe me acaba de hundir con un comentario durísimo. Y lo peor de todo es que se ha quedado tan ancho...

Ante el silencio cómplice de su acompañante, Clara se extendió en su relato:

—Ayer me pidió que preparara un informe. Me quedé hasta muy tarde haciéndolo, y sí, es cierto, había errores. Pero me los ha echado en cara sin ningún tipo de tacto, sin contemplaciones. Y sin pensar en todo el esfuerzo que hice ayer hasta las tantas de la noche encerrada en el despacho. En un tono deliberadamente frío y distante, me ha dicho textualmente: “El informe está lleno de errores. Tendrías que haberlo repasado antes de dármelo”.

El hombre, mirando a Clara a los ojos, le dijo:

—Me llamo Max, por si quieres dirigirte a mí por mi nombre. Déjame que te pregunte: ¿tu jefe es un hombre directo, expeditivo, al que le gusta que las cosas se hagan enseguida y a su manera?

—Sin duda, así es exactamente.

—Y tú probablemente seas una persona de gran sensibilidad, cuidadosa con la gente, que te preocupas por los demás y les hablas con tacto...

—Podría decirse que sí, aunque creo que estás siendo muy generoso conmigo.

—Pues es importante que consideres que, precisamente por ser él como es y por ser tú como eres, los dos estáis dando un significado muy distinto a las mismas palabras. Él te las ha dicho de muy mala manera, desde luego, pero probablemente no tenía la intención de hacerte daño.

—Quizá no tenía intención de hacerme daño, ¡pero me lo ha hecho!

No sufras por mí

Ferran Ramon-Cortés

No sufras por mí

Max, sin dejar de mirar a los ojos de Clara, siguió con su razonamiento:

—Volvamos un instante a lo que te ha dicho: “El informe está lleno de errores. Tendrías que haberlo repasado”. Es evidente que son palabras que no reconocen el trabajo que has hecho, y que no te ayudan a mejorarlo. Pero ¿qué más estás escuchando cuando oyes estas palabras?

—Que no sé hacer las cosas bien; que soy un desastre. Y también que soy una irresponsable por no haber repasado un trabajo antes de entregarlo a otra persona para que lo lea.

—Ahí está la clave: probablemente él, teniendo en cuenta su manera de ser, no te estaba queriendo decir nada de lo que tú has interpretado que había detrás de sus palabras.

La expresión de Clara mostraba una absoluta perplejidad, de modo que Max se apresuró a completar su explicación:

—Verás, todos somos distintos y nos comunicamos y recibimos la comunicación de forma distinta; tu jefe es una persona energética, muy ejecutiva, y para él es importante que las cosas se digan de forma clara, directa y sin rodeos. Por tu parte, tú eres una persona con sensibilidad, que dice las cosas con respeto y esperas que así actúen contigo, cosa que, claramente, no hace tu jefe. Vuestros estilos son muy diferentes y debéis de tenerlos muy presentes al interpretar vuestra comunicación.

—¿Qué significa esto exactamente?

—Pues que los mensajes directos de tu jefe son así por su estilo, no porque busquen ofenderte.

—Pero esto es muy cómodo: siguiendo tu razonamiento, él puede ampararse en su estilo y soltar lo que le venga en gana sin que los demás tengamos derecho a ofendernos...

Max esbozó una sonrisa. Parecía que ya esperaba una reacción como esta.

—Bueno, es evidente que esta forma de comunicación no ayuda a tu jefe. Va a tener que hacer las cosas de forma muy distinta si quiere que vuestra relación sea buena. Pero tú tienes también la oportunidad de conseguir que lo que él te diga no te afecte como te afecta. Y lo harás si tomas consciencia de su estilo. Sabiendo cómo es, puedes dar la dimensión exacta a sus palabras y no tomarte de una forma tan personal lo que te dice.

Clara reflexionaba mirando al suelo. No estaba segura de poder aceptar todo lo que su vecino de banco le estaba explicando, pero reconocía que la ayudaba a relativizar las cosas. Y sí, ella tenía una cierta tendencia a tomarse de manera personal muchos de los comentarios de su jefe.

A medida que pasaban los minutos iba visualizando cómo, efectivamente, había un camino de entendimiento con su jefe que pasaba porque ambos pusieran de su parte. Él, diciéndole las cosas de otra manera, y ella, dando el sentido exacto a sus palabras. Estaba claro que tenían una buena conversación pendiente...

Satisfecha de haber llegado hasta aquel punto en su reflexión, y aún mirando al suelo, dijo:

—Gracias, Max, tus comentarios me ayudan. Por cierto, mi nombre es Clara.

Al girarse se encontró con el banco vacío. Y, de repente, tuvo la extraña sensación de que aquella conversación no había sucedido.

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