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Ferran Ramon-Cortés

Tenemos un café pendiente...

Verónica salía del trabajo para irse a casa. Se dirigió a la parada del autobús, y justo al llegar se dio cuenta de que Juan, un compañero, estaba allí, esperando. Inmediatamente ralentizó el paso, y con disimulo esperó a cierta distancia a que llegara el autobús y subiera la gente. Un minuto después la parada quedó vacía, excepto por un hombre que se había quedado en el banco. Verónica se sentó a su lado y el hombre le dijo:

—Has perdido a posta el autobús...

Verónica estaba sorprendida. No esperaba que hubiera sido tan evidente. Viendo la expresión afable del hombre, se atrevió a comentar:

—Sí, había alguien en la parada con quien no me apetecía viajar...

Tras un intercambio de miradas cómplices, aquel hombre mayor le dijo:

—Me llamo Max, y el próximo autobús tardará aún quince minutos. ¿Me lo cuentas?

—Es sencillo. Se trata de mi compañero Juan. Hace dos años que no nos hablamos, y cada vez me apetece menos coincidir con él.

—¿Qué ocurrió?

–Casi ni lo recuerdo. Tuvimos una discusión en una reunión, nos dijimos algunas cosas y a partir de allí se enquistó el conflicto.

—¿Y no habéis hablado nunca del tema?

—Lo intenté una vez, pero él reaccionó fatal. Me dijo textualmente que no teníamos nada de qué hablar.

Max, que la escuchaba con atención, apuntó:

—Pues creo que tienes un café pendiente con él.

—¿Un café pendiente?

—Sí, llamo cafés pendientes a esas conversaciones aplazadas que todos tenemos, que perjudican nuestras relaciones y que, sin embargo, no nos atrevemos o no sabemos cómo abordar.

—¿Y por qué cafés?

—Porque necesitan cierta ceremonia. No son conversaciones que puedan tenerse precipitadamente en un pasillo o en un despacho. O en la parada del metro o del autobús...

—¿Y cómo sabemos que tenemos un café pendiente?

—Lo identificarás fácilmente porque cuando veas o te cruces con la persona con la que lo tienes, el tema que os separa te vendrá inevitablemente a la mente.

Una palabra a tiempo

Encuentros con Max

Una palabra a tiempo

Verónica sintonizó con aquella idea al instante. Reconocía que a veces se cruzaba con personas e inmediatamente recordaba algún episodio vivido del que no habían hablado. Eran episodios que no le quitaban el sueño, pero que volvían a su mente al ver a la persona involucrada. Max continuó su explicación:

—Y también porque –y esto puede que no lo sientas conscientemente– tenderás a evitar a esa persona precisamente por eso.

—Como me ha ocurrido ahora con Juan.

—Exactamente...

Permanecieron en silencio. Verónica absorbía la información y trataba de darle sentido. Sin dejar pasar mucho rato, lo interpeló de nuevo:

—Pero yo quise tener ese café pendiente. Quise hablar con Juan y él se negó. Su respuesta, como ya te he dicho, fue contundente...

—Una respuesta que necesita traducción. “No tenemos nada de qué hablar” en el contexto de un conflicto significa “No estoy preparado aún”. No es un portazo, es un aplazamiento. Será bueno que lo vuelvas a probar al cabo de un tiempo.

Verónica reflexionaba con la mirada perdida.

—¿Sabes, Max? Creo que tengo unos cuantos cafés pendientes, pero si te digo la verdad, no tengo ni idea de cómo tenerlos.

—Déjame que te explique cómo yo los concibo y qué tiene que ver con esa ceremonia de la que te hablaba. Para empezar, creo que es bueno lanzar un primer mensaje, hacer saber a la persona que te gustaría hablar con ella. Puedes obtener distintas respuestas, desde el “Vale, hablemos”, que es un buen presagio de cómo irá la conversación, al “No tenemos nada de qué hablar”, que es solo un aplazamiento, pasando por el “Hablemos mañana”, que significa “Déjame prepararme”. Luego vendrá la conversación en sí. Busca una cantidad de tiempo generosa y un lugar apropiado. Aquí la regla de oro es hablar solo de lo que a ti te pasó, de lo que sentiste. Sin acusaciones, sin juicios, sin reproches. Si aparece algo de todo esto..., la conversación fracasará.

—Pero en algún momento tendremos que discutir sobre quién tenía razón...

—Los conflictos no son de razones, son de sentimientos, y esto es de lo único que tenemos que hablar, de sentimientos.

—¿Y si nos hemos dicho cosas gordas?

—La disculpa será balsámica. Debes ofrecerla generosamente, sin exigir otra a cambio.

El autobús se retrasaba, circunstancia que por una vez Verónica agradecía.

—Max, ¿tiene sentido para ti que yo pueda tener un café pendiente con alguien no por algo que nos separa sino por algo que no le he agradecido?

—Tiene todo el sentido del mundo. Los cafés pendientes son para lo malo y para lo bueno.

—¿Y es necesario que los dos tengamos esa sensación?

—En absoluto. El café pendiente es algo que yo tengo, independientemente de que lo tenga el otro. Soy yo el que se lo quiere sacar de la cabeza.

El autobús se dejaba ver a lo lejos. Verónica lanzó su última pregunta:

—¿Funciona siempre?

—No tienes garantía. Pero no pierdes nada. Y un buen café a media mañana siempre ayuda...

Llegó el autobús. Verónica se levantó e hizo señas al conductor para que parase. Subió, pagó y se dirigió a un asiento vacío. Iba a ofrecérselo a su acompañante, cuando reparó en que este no había subido. Miró fuera, intentando localizarlo con la mirada. Quería, aunque fuera con un gesto, agradecerle sus reflexiones. Pero no lo vio por ningún lado. Sencillamente, y como si nunca hubiera estado allí, se había esfumado.

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