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Francesc Miralles

Un consejo sufí

Mientras atravesaba el desierto a lomos de un dromedario, Marian era incapaz de disfrutar del amanecer que convertía las dunas en un mar dorado. A lo lejos se vislumbraban las palmeras de un oasis más grande y frondoso de lo que había imaginado. Su mente, sin embargo, seguía anclada al mundo de obligaciones que había dejado en la ciudad. Su marido avanzaba entre ella y el guía, girándose de vez en cuando con una sonrisa. Pedro le había regalado aquel viaje exótico por sus bodas de plata. Había pensado que una semana alejados del mundanal ruido les haría bien. No obstante, nada más aterrizar en el pequeño aeropuerto egipcio, ella había empezado a preocuparse. Mientras esperaban la furgoneta que les llevaría hasta la caravana de dromedarios, había dicho a su marido:

—¿Crees que hacemos bien dejando a los chicos solos una semana entera?

—Mujer... –la tranquilizó Pedro–. A veces te olvidas de que ya no son unos niños y van a la universidad. Que estemos aquí casi es más un regalo para ellos que para nosotros. Así tienen la casa para invitar a sus amigos el fin de semana, y el resto de los días pueden estudiar hasta la madrugada sin que les riñas.

—Van a estar toda la semana comiendo mal –dijo ella, intranquila–. Seguro que tiran de congelados y de bocadillos cada día.

—¡Que se apañen!

—Tampoco me gusta dejar a tu madre desatendida tanto tiempo. No se vale por sí sola.

—Una persona vive con ella y la cuida –le recordó Pedro–. No sé para qué gastamos tanto dinero si luego estás pendiente de cada detalle.

—¿Y la oficina? –había dicho ella al fin–. ¿Qué pensarán de que me haya tomado vacaciones en mitad del año?

—¡Pueden pensar lo que quieran! Has acumulado suficientes horas extra para dar la vuelta al mundo sin que tengan derecho a protestar. ¿Quieres dejar de pensar en los demás y disfrutar un poco?

Felizmente ocupado

Francesc Miralles

Felizmente ocupado

Aquello fue lo último de lo que hablaron antes de que la caravana partiera, todavía de noche, con otras parejas de viajeros que se dirigían hacia aquel paraíso en medio del desierto. Al llegar, bajo la primera luz de la mañana, Pedro quedó boquiabierto ante los cientos de palmeras que brotaban entre las casas encaladas de forma cubicular. Había un mercado en la calle y un café en la plaza central, donde ancianos con chilaba conversaban animadamente mientras fumaban en narguile.

Tras ser recibidos en un romántico hotel con habitaciones alrededor de un patio, durmieron un par de horas para descansar del largo viaje nocturno. Tal como sucedía en su propia casa, Pedro cayó dormido al instante; mientras, Marian daba vueltas a los quehaceres que había dejado a miles de kilómetros de allí. No podía evitarlo. Tenía mala conciencia por no estar disponible para la legión de personas por las que se afanaba.

“Parece que estés en deuda con el mundo”, le habían dicho muchas veces sus propios hijos. “¡Relájate, mamá!”.

Cuando Marian abrió los ojos, Pedro ya no estaba en la cama. Se vistió rápidamente y salió angustiada hacia la recepción. “Igual está indispuesto por el viaje o por este calor horroroso”, pensó. Un joven empleado con birrete se encargó de disipar sus miedos.

—Su marido está en el hammam. No ha querido despertarla y ha dejado nota de que volverá para el almuerzo –dijo con una sonrisa radiante–. Vaya a tomar un té a la menta en el café de la plaza. Ha llegado el sabio sufí...

Para no llevar la contraria al joven, Marian se dirigió hacia allí, pero se detuvo al ver que las cuatro mesas bajo el entoldado estaban ocupadas. Un anciano que se hallaba solo en una de ellas le hizo una señal con la mano para que ocupara una de las sillas. Marian se sentó con timidez y pidió un té mientras el viejo la observaba con el narguile en los labios. Enseguida adivinó cuál era su procedencia y no tardó en hablarle en su idioma. Sin duda, pese a vivir en el desierto, era un hombre de mundo.

—¿No le gusta el té?

—¡Me gusta mucho! –repuso azorada–. Está delicioso.

—Entonces no le gusta el oasis... Tal vez sea un lugar demasiado pequeño para una señora de ciudad.

—Al contrario, me parece una maravilla.

—¿Por qué frunce el ceño, entonces?

Convencida de que se hallaba ante el sabio sufí, Marian le confesó las inquietudes que la habían tenido desvelada desde que había empezado las vacaciones. El anciano escuchó atentamente. Luego habló:

—Le voy a contar lo que Nasrudín, un verdadero sabio, explicaba a sus discípulos cuando estos le preguntaban cómo debían comportarse con los demás.

—¿Qué les decía?

—Tres cosas –empezó el anciano–: “Bueno es aquel que trata a los otros como le gustaría ser tratado. Generoso es quien trata a los demás mejor de lo que espera ser tratado. Y sabio es quien sabe cómo él y los otros deben ser tratados, de qué modo y hasta qué punto”.

—Entonces... –murmuró Marian confusa–, ¿qué es mejor: ser bueno, generoso o sabio?

—Sin duda, lo último. Si eres sabio, no tienes que estar obsesionado con ser bueno o generoso, pues te limitarás a hacer en cada momento y con cada persona lo que sea necesario, sin olvidarte de ti mismo.

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