maestra-inesperada

Francesc Miralles

Una maestra inesperada

En un olvidado reino a orillas del río Amarillo, se cuenta que el joven Emperador se rodeaba de geógrafos, matemáticos, juristas y calígrafos, entre muchos otros. En este consejo de notables, ninguno ostentaba más poder que el Consejero Imperial, que reunía en su persona las más excelsas virtudes. El Emperador le consultaba todas las decisiones vitales para su pueblo.

Estando amenazados por un aguerrido ejército mongol, el anciano consejero murió justo antes de que el Emperador pudiera decidir cómo proteger la ciudad. Ante su ausencia, la velada para organizar la defensa del reino se convirtió en una guerra abierta entre los hombres del Emperador. Todos querían ganar puntos ante el monarca para ocupar el lugar del difunto. Convencido de que ninguno de ellos servía, el joven Emperador salió en busca del más anciano de la ciudad, un centenario que dirigía la escuela de medicina. A la pregunta de si aceptaría el cargo, este respondió:

—A mi edad, necesito ayuda para levantarme de la cama y cuatro brazos para andar hasta el riachuelo para lavarme. ¿Cómo podría, en mi estado, atender los asuntos de un reino tan vasto? Imposible. Tendrá que buscar un consejero más vigoroso que yo, mi Emperador.

Un consejo sufí

Francesc Miralles

Un consejo sufí

—Tú llevas setenta años curando a todo aquel que tose o tiembla en la capital y los conoces a todos –resolvió el monarca–. Confío en ti para que me digas quién debe ser el Consejero Imperial ante el peligro que se cierne sobre todos.

—Dame una jornada para pensarlo. Buscaré a los mejores candidatos y mandaré a palacio al más capacitado. Llevará un pergamino con mi decisión.

El Emperador estrechó las manos del viejo y regresó a sus aposentos. Una luna más tarde, se despertó de un descanso tras el almuerzo alertado por el griterío en el patio real. Al bajar a ver qué sucedía, encontró a varios de sus asesores zarandeando a una pordiosera que portaba un pergamino.

—¿Qué es todo este desorden? ¿Y qué hace esta mujer aquí?

—¡Está loca de atar! –saltó uno de los asesores–. Dice que ha sido elegida como Consejera Imperial, pero yo sé quién es: se llama Miao y limpia los suelos de una tetería muy concurrida. No sabe escribir dos signos seguidos.

Sin saber qué pensar, el monarca le pidió el pergamino y, tras alejarse de ella para que no pudiera oírles, lo leyó a los suyos: “Tras examinar a decenas de candidatos, sin duda esta dama es la más capacitada. Su extremada modestia la ha movido a ocuparse de labores sencillas, pero he constatado que es discípula y heredera de los cuatro grandes maestros del Tao. No desea hablar de sus méritos y no debéis importunarla con eso, pero su conocimiento es tan arcano como inmenso y sabrá aconsejaros de la mejor manera”.

Esta revelación sumió a los expertos en el asombro e inmediatamente acudieron a honrar a aquella mujer tan docta. El Emperador ordenó que le procuraran ropa, alimentos y una estancia adecuados a su rango y convocó una reunión de emergencia.

Impresionados por el privilegio de contar con aquella erudita, todos aprovecharon la velada para preguntar a la nueva Consejera Imperial cómo actuar contra los enemigos que asediaban el reino. Sorprendida al principio con tantos honores, la mujer pronto dio sabios consejos sobre cómo parlamentar con el jefe de los mongoles, a la vez que se reforzaba secretamente la defensa de la ciudad. Muchas otras preguntas y dudas fueron atendidas por aquella discípula directa de los más grandes.

El Emperador tomó por ciencia exacta aquellos consejos, que al día siguiente mandó cumplir a rajatabla. Cinco lunas más tarde, las fuerzas enemigas se marcharon sin haber siquiera entrado en batalla. Mientras los notables celebraban la victoria con un banquete en palacio, el monarca fue en busca del viejo médico para agradecerle tan lúcida elección.

—Es fabuloso que tuviéramos entre nosotros a la heredera de los cuatro maestros del Tao y que nadie lo hubiera sabido. El anciano reaccionó ante estas palabras con una enorme carcajada.

—¿Se puede saber de qué reís?

—Nunca han existido tales maestros, y Miao no ha recibido más formación que la de sus padres, que limpiaban establos y pocilgas.

—Pero... ¡Sus consejos tenían la osadía y lucidez de un erudito!

—Porque la habéis tratado como a una sabia maestra y ella no ha querido defraudar vuestras expectativas. Es esa confianza lo que la ha hecho astuta y audaz.

Un milenio después, este prodigioso fenómeno sería conocido en Occidente como el efecto Pigmalión: acabamos siendo aquello que los demás esperan de nosotros.

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