Andre Comte-Sponville

André Comte-Sponville

"La felicidad es creer que la alegría es posible"

La filosofía es una pequeña ideología que nos ayuda a pensar por nosotros mismos, a entendernos y, en definitiva, a ser felices

Eva Millet

André Comte-Sponville
 es filósofo, profesor en la Sorbona y miembro del Comité Consultivo Nacional de Ética francés. Es autor de más de una decena de libros, como La felicidad, desesperadamente o El amor, la soledad (Paidós).

Considerado uno de los filósofos europeos más relevantes, André Comte-Sponville fue un niño melancólico a quien esta disciplina le ayudó a dotarse mejor para ser feliz. Se le considera un pensador y escritor, tan riguroso como accesible.

La felicidad parece tener muchas fórmulas. ¿Usted ha encontrado alguna que funcione?

No hay una fórmula mágica. Si pensamos que la felicidad equivale a una alegría absoluta, constante, entonces la felicidad no existe. Por otro lado, cuando una persona me asegura que la felicidad no existe, yo pienso, inmediatamente, que no ha sido nunca desgraciada, porque solo por comparación se sabe distinguir entre la felicidad y la desgracia. Para definir la felicidad hay que partir de la infelicidad, de la desgracia, que sí que es una experiencia cruelmente real y palpable.

¿Cómo define la desgracia?

La desgracia es cuando cualquier alegría parece imposible: cuando nos levantamos por la mañana y no hay alegría, y sabemos que no va a haberla.

¿No es una lástima que tengamos más conciencia de la infelicidad que de la felicidad?


Al menos podemos decir: “Qué feliz soy de no ser desgraciado”. La felicidad es ese periodo de tiempo en el que sabemos que la alegría es posible: esos vaivenes de la existencia en los que existe la posibilidad. No es algo absoluto; es relativo, pero basta con haber sido una vez desgraciado para poderla experimentar.

¿Se necesita sufrir un golpe fuerte en la vida para poder ser más feliz?


No, no es necesario; si podemos prescindir de ello, mejor. Pero la desgracia es algo que hay que afrontar.

¿La felicidad es un producto de consumo más. ¿Cree que se ha banalizado?

No, porque la felicidad no está en venta, no es una mercancía; por mucho dinero que uno tenga, no se puede comprar. No es un producto sino un estado de ánimo. ¿Y qué lo caracteriza? Pues que estaremos contentos si amamos la vida.

Ciertas teorías afirman que hay personas más predispuestas genéticamente para la felicidad. ¿Lo cree así?

Sí, hay personas que están más dotadas: se levantan de buen humor, tienen serenidad, alegría... Yo, por el contrario, fui un niño serio, grave, melancólico... Para mí, disfrutar de la vida –la alegría– no es algo evidente. Pero haciendo filosofía estoy más dotado de algo para lo que lo estaba poco: la felicidad. No quiero decir que la filosofía lo solucione todo, pero con ella se puede progresar, avanzar, y nos puede ayudar a amar la vida.

¿Cuándo decidió ser filósofo?

Mi vocación, de niño, era ser escritor. Pero a los dieciocho años descubrí la filosofía y me pareció mucho más interesante que las novelas, porque me di cuenta de que la realidad me interesaba mucho más que la ficción. Aunque, en cierto modo, no he dejado mi primera vocación porque escribo libros, pero de filosofía.

Tras tantos años escribiendo sobre el comportamiento y observándolo, ¿le decepciona el ser humano?

Si al ser humano se le pide otra cosa distinta de lo que es, siempre estaremos decepcionados. Si partimos de la idea de que estamos hechos por Dios y a la imagen de Dios, el ser humano es decepcionante, porque somos nulos. Pero si partimos de la base de que descendemos de los simios, de un antepasado común, el ser humano es excepcional, el más excepcional que haya conocido la tierra. Ningún mono, por ejemplo, me ha formulado cuestiones como las suyas. Por eso siempre hablo de Darwin como el maestro de la misericordia, porque explica de dónde viene el hombre, de la especie animal, le perdona lo poco que es y, al mismo tiempo, se congratula con sus logros.

Con esta visión, se tiene mucho más ganado...
P or eso me reconozco en el humanismo de la misericordia. No se trata de hacer del hombre un Dios o del humanismo una religión, sino de amar al ser humano tal y como es. el ser humano tiene que ser objeto de respeto y de amor.

El ateísmo es uno de los ejes de su obra. ¿Por qué cree que hay personas que no necesitan creer en ese Dios, mientras que para otras es algo fundamental?

La necesidad de creer depende en gran parte de la educación que uno ha recibido, obviamente, y de la personalidad. Pero la religión responde también a una necesidad de explicación que tiene el hombre en cuestiones tan trascendentales como por qué existe el mundo y de una necesidad de consuelo, de ser satisfecho. Sigmund Freud, en su libro El futuro de una ilusión, ya dijo que todos necesitamos ser consolados, protegidos, que nos den confianza... Y la religión, como corresponde a todo esto, entra en la categoría de lo que él llama “ilusión”.

En el siglo xx vivimos el fin de ideologías tan importantes como el comunismo y del descenso de la fe católica. ¿Buscamos hoy sustitutos a estas grandes ideologías?

Sí, claro que hay un sustituto a todo ello: la filosofía. Yo describo la ideología como una filosofía ya hecha que basta con repetir. En cambio, la filosofía no es algo hecho, es algo que hay que inventar: leyendo libros, textos, estudiando... es algo que suscita la necesidad de pensar por uno mismo. Es una pequeña ideología.

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¿Cree, entonces, que sobrevivirá a las religiones?


Las religiones no van a desaparecer. Aunque en países como Francia o España haya muchos menos creyentes que antes, hay millones de personas en el mundo que todavía tienen fe. Pero la filosofía puede sobrevivir a la religión en el sentido de que es una dimensión de la condición humana: filosofar es pensar en la propia vida y lo que hay que ver es cómo se puede articular este pensamiento. Y yo creo que el ser humano es un animal “filosofante” que tiene que entender su vida y su lugar en el mundo.

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