Entrevista a Arno y André Stern

"La educación artística paraliza a los niños"

Pero por suerte, se puede recuperar toda la creatividad que nos han robado en nuestra infancia, Arno Stern nos cuenta cómo.

Cristina Romero

Arno Andre Stern

Arno Stern tiene 92 años y su hijo André tiene 42. Viven en París. En 1956 creó Le Closlieu, donde adultos y niños pueden recuperar el placer de pintar.

¿Podemos recuperar la creatividad perdida?

Arno no pudo ir a la universidad por pasar la adolescencia en un campo de refugiados. Su hijo André nunca fue a la escuela.

Arno descubrió que la educación artística paraliza a los niños.

¿Cómo fue tu infancia?

Viví en Alemania hasta los 9 años, cuando Hitler tomó el poder, entonces toda mi familia abandonó Alemania porque mi padre fue un visionario y nos refugiamos en Francia. Éramos apátridas, estábamos en un desamparo completo, sin derechos y amenazados. Y cuando la guerra estalló, huimos otra vez del ejército alemán; como vivíamos con la amenaza de ser arrestados, pensamos ir a Suiza. Fuimos de los pocos privilegiados que la aduana suiza no rechazó. Y fuimos internados en un campo de trabajo allí, en Suiza, donde pasé mi adolescencia.

¿Y cuando la guerra acabó?

Volvimos a Francia, donde vivimos actualmente. Yo no había estudiado nada. Porque mientras los otros jóvenes estaban en la universidad, yo estaba en un campo de trabajo. Mi gran oportunidad fue que me propusieron un trabajo con los huérfanos de guerra en una residencia infantil cerca de París. Y acepté este trabajo. Tenía que entretenerlos, sin medios. Cogí trozos de lápices y papeles para reciclar. Y me quedé absolutamente boquiabierto de la experiencia que tuve con estos niños.

¿Qué fue tan excepcional?

Eran niños absolutamente puros, que habían sobrevivido igual que yo al peligro de la deportación, unos estaban en un convento, otros con agricultores en el campo. Sus padres habían sido arrestados y deportados. Pero esos niños también tenían una suerte y es que no habían ido nunca a la escuela, habían estado escondidos en el campo. Y eran absolutamente puros... Y esta primera experiencia fue absolutamente excepcional, no tenían influencia de ningún tipo de aprendizaje, todo era absolutamente espontáneo.

¿Volvió a ver alguna vez más niños con esa “suerte”?

–Mucho más tarde, hablo de 30 años más tarde, fui a conocer a niños nómadas en el desierto, y algunos habitantes de la selva virgen, y les ofrecí pintar y dibujar. Y eran tan puros como los huérfanos de guerra que había conocido 30 años antes. Y aún tuve una experiencia similar con mis propios hijos, porque nunca fueron a la escuela y nadie deformó su espontaneidad. Siempre pudieron jugar libremente; y cuando se les permitía dibujar, eran absolutamente puros, tan puros como los nómadas del desierto y tan puros como los huérfanos de guerra.

¿Es posible no exponer a los niños a la tele, o a la contaminación visual de las imágenes que hoy día rodean a la infancia?

–Responderemos los dos –le dice Arno a su hijo André.

–Lo de la contaminación visual es cosa tuya –le contesta André bromeando. Arno continúa:

–Mira, cuando mis hijos nacieron no teníamos televisión. Fue una elección. Y mis hijos no se sometieron a lo que es la vida de los niños actualmente, que pasan horas y horas ante las pantallas. Mis suegros tenían tele y pasábamos las vacaciones de verano con ellos. A mis hijos les encantaba la tele y aprovechaban esos momentos. Hoy no tenemos tele, pero gracias a la informática podemos ver las emisiones televisivas. Mis hijos han dejado de ser hijos pequeños… (Sonríe) Pero André tiene dos hijos, por lo tanto tengo nietos y ven en la tele cosas muy interesantes: películas sobre naturaleza, sobre los cohetes espaciales y todo tipo de temas que les interesan. Pero es una información, es una cosa que les interesa. Hay interés y preguntas sobre un tema por parte del niño y hace falta darle una respuesta concreta. Pero no son días y días enteros pasados ante una pantalla... ¿Y tú qué querrías añadir, André? –dice Arno invitando a su hijo a seguir…

–Nosotros tenemos tendencia a demonizar demasiado el mundo virtual. Queremos que no haya contaminación visual e intentamos proteger a nuestros hijos del mundo virtual pero nos equivocamos un poco. Nos equivocamos de punto de mira, por nuestra rabia… jajajaja, porque objetivamente hablando, el niño vive en dos mundos. Uno es la escuela y otro es su casa. Y es imposible que en la escuela, cada niño sea lo que quiera ser… Es decir: un héroe. Es imposible. Si lo eres en matemáticas, no lo eres en educación física; si lo eres para los profesores, quizás no lo eres para los compañeros... Por tanto es imposible ser siempre un héroe en la escuela. Y la segunda parte sucede en casa. Mientras las actitudes y los paradigmas sean los que son, no podremos ser héroes en nuestra casa. Y esto empieza muy pronto, a los 2 o 3 días de vida, cuando se les pregunta a los padres: “¿Es bueno? ¿Duerme toda la noche?”. De repente, los padres miran a su hijo y piensan: “Serías mejor si durmieras más horas…”. Por lo tanto, has de cambiar. Y así es imposible ser un héroe...

No nos quedan lugares para ser héroes...

–Sí –prosigue André–, hay un mundo en el que es fácil y rápido ser un héroe: en el mundo virtual. El ordenador no discrimina a nadie, abre todas las puertas para convertirte en aquello que querrías ser en la vida real... Por eso, algunos niños no vuelven… A veces pensamos: “Hace falta prohibir el mundo virtual” pero si no quieren volver de él no es porque sea peligroso, son los otros dos mundos los que son peligrosos, donde viven los niños cada día. Si alguno de los otros mundos fuese tan atractivo como el virtual, no tendríamos problemas. El problema está en los otros dos mundos donde mandamos a nuestros hijos cada día. Hay que trabajar para que el mundo analógico dé a cada niño la posibilidad de ser un héroe. Y entonces no habrá problemas con el mundo virtual.

Nos pasamos el día juzgándonos y juzgándoles... Arno, ¿existe un lugar libre de juicios y comparaciones?

–En el juego de pintar no hay prejuicios y no hay comparación. Cada uno es él mismo, entre los otros. Es realmente el sitio donde ya no compites, donde no eres juzgado, y no te sitúas en relación con los otros. Te vives tal y como eres, entre los otros. Y cuando se hace esta experiencia con el juego de pintar, la traspasamos igualmente a la vida cotidiana. Es la mejor manera de sanar al niño del espíritu de competición.

André prosigue:

–Pero no hay que olvidar que constantemente somos ejemplo para nuestros hijos, y si queremos hijos que no vivan en ese espíritu, es preciso que nosotros no lo tengamos. Queremos niños que un día sean adultos felices. Y lo queremos tanto, que olvidamos vivir bajo sus ojos lo que es un adulto feliz... jajajaja.

¿Qué es la Formulación?

–Tras ver a niños de culturas diferentes, todos sin influencia de la escuela, dibujando las mismas figuras, me di cuenta de que ese trazo es universal y proviene de la memoria orgánica, donde se almacenan hechos de nuestra vida prenatal, del nacimiento y de los primeros años de vida. Lo que la neurociencia llama memoria celular. Eso es la Formulación. Y aflora de nuevo, en niños y adultos, con el Juego de pintar que creé en Le Closlieu.

Arno, ¿tú eres optimista con respecto a la infancia?

–Yo soy optimista en general. Pero tal vez habría que corregir esta idea. Porque yo recibo a niños desde 1946, que fue el año en que creé Le Closlieu. Entre 1950 y 1980, un niño venía, jugaba y sentía un placer sin restricciones y lo que se producía era de una pureza que no podemos siquiera imaginar. Cuando un niño viene a Le Closlieu, cogemos una hoja, la colgamos en la pared, donde queda fijado este papel con unas chinchetas y normalmente el niño va a la mesa que hay en el centro de la sala y coge un pincel y hace un dibujo sobre el papel. Siempre ha sido así, yo no tengo nada que decirles, es algo espontáneo. También era así cuando yo fui a conocer a los nómadas del desierto, o a los habitantes de la selva virgen. Yo no tenía que decirles nada. Era una cosa absolutamente espontánea. Luego, hacia 1980 se produjo una especie de ruptura. Hoy si ponemos la hoja, el niño, sea de la edad que sea, formula una pregunta terrible: “¿Qué tengo que hacer?”. Y yo no les respondo. Y finalmente, hará como el resto, irá a la mesa, cogerá un pincel y con color rojo hará un cuadrado, por ejemplo, y luego reflexionará: “¿Qué armonizará con este rojo?”. Y cogerá otro pincel verde o de otro color y pintará otro cuadrado alrededor del rojo y dirá: “Ya he acabado”. Es aterrador, el niño no ha empezado aún y dice “Ya he acabado”, porque se ha convertido en estéril. Porque lo hemos hecho estéril.

¿Qué lo ha hecho estéril?

–La educación artística que le han inculcado y que lo paraliza. En la escuela, con los profesores reflexiona y aprende las reglas de la composición, la armonía del color ¡y hace una parodia de artista! Es realmente aterrador. Este niño, al principio, no siente placer cuando sus padres le proponen venir a Le Closlieu. Pero como lo han inscrito por un año, vuelve, sin ganas. Y acabará sintiendo placer, porque bajo las condiciones del juego de pintar, conseguirá liberarse de todas las influencias. Y volverá a ser niño. Pero muchos niños, no vivirán jamás ese placer. Se les ha esterilizado. Y eso es realmente terrible… No querría sentirme pesimista.Y no lo soy, porque hay un fenómeno paralelo a este: Yo doy conferencias, como la de Caixaforum en Barcelona y la gente que me escucha hablar se siente emocionada, tocada, por la magia de esto que les estoy hablando. Dicen: “Yo en mi infancia fui privado de este placer, pero sueño con este placer”. Y cuando les hablo de la Formulación y del Juego de pintar, a menudo se emocionan hasta las lágrimas. Y eso me hace sentir muy optimista, porque me digo que hay alguna cosa que sí está cambiando en la humanidad, solo hay que encender una cerilla y eso catalizará un movimiento, un gran incendio, que cambiará el mundo.

Es verdad que emociona...