antipsiquiatria

Perspectivas

Antipsiquiatría: un enfoque liberador de la salud mental

Jesús García Blanca

Normalidad y locura parecen dos extremos separados. Sin embargo, esta concepción esconde relaciones de poder y ha sido causa de un gran sufrimiento para quienes eran “diferentes”.

Es lo que denunció el siglo pasado el movimiento de filósofos y psiquiatras que criticó el trato que se daba a los “locos” y la definición de locura. El malestar, dijeron, lo causa una sociedad claustrofóbica que busca uniformizar, niega los instintos y provoca graves problemas de adaptación. Su crítica sigue vigente.

Locura y enfermedades mentales: mucho por desmitificar

¿Qué es la locura? ¿Existen realmente las enfermedades mentales? ¿Es necesario encerrar a ciertos enfermos para protegerlos de sí mismos o para proteger a otros? ¿O es posible encarar de otro modo el sufrimiento humano? ¿Quién y cómo decide estas cosas y con qué criterios? ¿Quién está más capacitado para conocer las raíces de ese sufrimiento: los supuestos especialistas en psicología o psiquiatría o las personas que sufren? Las respuestas a estas preguntas cambiaron nuestra visión de la enfermedad mental y de nuestra sociedad.

Durante los años cincuenta del siglo pasado se produjeron dos acontecimientos que modificaron la práctica y los conceptos de la psiquiatría hasta nuestros días: se desarrollaron los primeros antipsicóticos, que permitieron tratar a los esquizofrénicos sin que estuviesen recluidos, y surgieron una serie de psiquiatras que iniciaron un cuestionamiento radical de la psiquiatría y la psicología, incluyendo los propios tratamientos farmacológicos. A este grupo de críticos se les agrupó posteriormente bajo la denominación “antipsiquiatría”.

¿Qué es la Antipsiquiatría?

En el siglo XIX había comenzado el encierro sistemático de los locos, junto con indigentes, vagos, maleantes, vagabundos, mendigos y otros colectivos incontrolados. Las condiciones del encierro pueden resumirse –propuso el filósofo Michel Foucault– con una palabra: miedo. Los “pacientes” estaban sometidos a una disciplina en la que cualquier derecho humano parecía totalmente ausente: camisas de fuerza, duchas frías, aislamiento, inmovilizaciones prolongadas y, por supuesto, humillación y pánico.

En el siglo pasado, cuando la psiquiatría evolucionó para reivindicar su carácter científico, a la altura de la medicina, los locos pasaron a denominarse “enfermos mentales”, pero las prácticas de confinamiento y tratamiento no dejaron de ser violentas y represivas. El poeta Antonin Artaud, en su célebre carta a los directores de manicomios, escribía: “La ley y la costumbre conceden a ustedes el derecho de evaluar las mentes humanas. Se supone que ustedes ejercen esta soberana y temible potestad con discernimiento. No se molesten si nos reímos... protestamos contra el derecho atribuido a ciertos hombres, de mente estrecha o no, a sancionar sus investigaciones en el campo del espíritu con sentencias de reclusión perpetua. ¡Y qué reclusión! Todos sabemos que los manicomios, lejos de ser asilos, son terribles cárceles donde los reclusos constituyen una fuente de mano de obra gratuita y útil, y donde la brutalidad es la norma”.

Cambiando de paradigma

La antipsiquiatría vino a plantear una lucha frontal contra estas prácticas, pero también a redefinir los principales presupuestos teóricos de la psiquiatría y sus pretensiones de convertirse en ciencia. Una crítica que los autores del movimiento hicieron desde diferentes ángulos: algunos consideraban que la psiquiatría es uniformizadora y cómplice del poder, otros lucharon contra la reclusión de los esquizofrénicos, otros criticaron las relaciones de poder terapeuta-paciente, otros analizaron la estigmatización producida por diagnósticos que muchas veces solo escondían descontento y rebeldía... Pero todos compartían en alguna medida la lucha por el cambio social, en sintonía con un momento de rebeldía: mayo del 68, movimiento de liberación gay, contracultura, oposición a la guerra de Vietnam, explosión de la cultura rock, crítica intelectual y activista del capitalismo...

Las discusiones teóricas se convirtieron en una lucha política. Como dijo el psiquiatra sudafricano David Cooper: “La antipsiquiatría es política y es subversiva por su misma naturaleza, con respecto al represivo orden social burgués; antipsiquiatra es quien está dispuesto a correr los riesgos involucrados en alterar progresivamente y radicalmente la forma en la que vive”. En apenas dos décadas, el movimiento consiguió producir un importante cuerpo teórico y experiencias sorprendentes. En los años sesenta aparecieron cuatro obras clave: Internados: ensayo sobre la situación social de los enfermos mentales, del sociólogo Erving Goffman; el libro fundacional de la antipsiquiatría, El mito de la enfermedad mental, del psiquiatra Thomas Szasz, en el que plantea que los psiquiatras no se enfrentan a patologías, sino a dilemas éticos, sociales y personales; El yo dividido, de Ronald Laing, sobre los orígenes sociofamiliares de la esquizofrenia; y el libro que dio nombre al movimiento: Psiquiatría y antipsiquiatría, de David Cooper.

Los beneficios de suprimir la administración de psicofármacos

A la vez se llevaron a cabo experiencias revolucionarias en centros como Kingsley Halla (Londres), el Hospital de Gorila (Italia) o la que desarrolló David Cooper en el Pabellón 21 del Shenley Hospital, en Hertfordshire (Inglaterra). Todas tenían en común una casi total libertad a los pacientes, que se relacionaban de igual a igual con los terapeutas. Se suprimieron las prácticas violentas y se redujeron drásticamente los tratamientos farmacológicos. En pocos años, comenzaron los éxitos parciales, pero todas estas experiencias fracasaron por la oposición de las autoridades académicas y sanitarias. En el caso de Cooper se llegó incluso a cambiar el nombre del pabellón por 20B para borrar todo rastro de la experiencia.

Libre elección: terapias al servicio de las personas

Psicoterapias directivas basadas en teorías reduccionistas y mecanicistas, al servicio del poder, que buscan la reinserción en la sociedad, la normalidad, la adaptación a los problemas.


El diagnóstico-etiqueta basado en el Manual de diagnóstico de la Asociación Americana de Psiquiatría, en el que unos especialistas –que tienen relaciones laborales o económicas con los laboratorios en muchos casos– establecen criterios despersonalizados y frecuentemente sin base patológica objetiva.
Las relaciones de dependencia y autoridad, a veces oculta bajo una capa de paternalismo, entre el terapeuta y el paciente.


Los tratamientos con psicofármacos, basados en la idea de que los trastornos se deben a desequilibrios bioquímicos. Crean dependencia, tienen efectos indeseados, a veces graves, y no solucionan los problemas, sino que se limitan a paliar o tapar los síntomas.

Conviene buscar otro tipo de terapias...

Psicoterapias liberalizadoras, basadas en teorías holísticas que consideran que los trastornos tienen orígenes complejos y que buscan potenciar el crecimiento interior al servicio de la persona y de un cambio en la sociedad. Para estas terapias, el ser humano posee una naturaleza social y es responsable de la construcción de la sociedad en la que vive. Desde ese ángulo, lo normal no tiene por qué ser saludable, a menudo es lo contrario.


Diagnósticos holísticos, personalizados, que no estigmaticen o clasifiquen y sirvan como herramientas para un trabajo integral.
Relaciones de complicidad y empatía psicoterapeuta-paciente en las que se establezca un pacto de igualdad y de respeto a la autonomía del paciente.
Técnicas no directivas que minimicen o supriman totalmente los psicofármacos y basen su acción en el trabajo psicocorporal, emocional y social.

La falsa panacea química

Hoy los trastornos mentales se explican como alteraciones genéticas o desequilibrios bioquímicos y se tratan con psicofármacos. Se dejan de lado hechos tan importantes como el aislamiento y la pérdida de sentimiento de comunidad.

El movimiento crítico con la psiquiatría, tras sus intensos veinte años de existencia, permitió cambiar alguna cosa, pero no lo esencial: ni la concepción de la enfermedad mental, ni los diagnósticos y tratamientos, ni la comprensión de la locura desde un punto de vista humano y desmitificador. Los siniestros hospitales psiquiátricos ya no son lo que eran, es cierto, pero persiste la posibilidad de internamiento involuntario, y si se ha reducido es porque los psicofármacos cumplen la función de mantener a los pacientes encerrados en una especie de manicomio ambulante en el que la persona etiquetada como “enfermo mental” lleva a cuestas rejas y camisa de fuerza.

En su reciente libro sobre las enfermedades mentales (Deadly Psychiatry and Organised Denial, “Psiquiatría mortal y negación organizada”), Peter Gotzsche, fundador y director del Nordic Cochrane Center, considera que la psiquiatría ha asentado una serie de errores. Que...:


–Los diagnósticos son fiables.
–Si damos una explicación genética o bioquímica a los trastornos evitaremos o lograremos reducir la estigmatización del paciente.
–Observando las cifras de consumo de fármacos tendremos una idea de la incidencia de personas con trastornos mentales.
–Los trastornos consisten en desequilibrios químicos que podemos corregir mediante fármacos.
–Los tratamientos prolongados con psicofármacos evitan que los pacientes recaigan y reducen los suicidios en niños y adolescentes.
–La depresión, la hiperactividad y la esquizofrenia producen daños cerebrales que pueden evitarse o prevenirse mediante el uso de psicofármacos...

Sociedad consumiste como caldo de cultivo para la medicalización

La realidad es muy diferente. En estos años la sociedad ha profundizado en su carácter alienante y opresivo: las condiciones laborales han empeorado, la tecnología ha causado una desconexión que casi podemos calificar de aislamiento y pérdida del sentimiento de comunidad, especialmente a la hora de afrontar los problemas, y esto ha llevado al consumo desmedido de servicios terapéuticos y de psicofármacos.

Parece que los locos son los que se han adaptado a tan inhumanas condiciones de vida, que son los más sensibles, los pocos que permanecen cuerdos afrontando la discriminación de quienes tienen el poder de definir. Como decía el dramaturgo inglés Nathaniel Lee al ser recluido en una institución mental en el siglo XVII: “Me llamaron loco y yo los llamé locos. Y maldita sea, me ganaron por mayoría de votos”.

Etiquetas diagnósticas que surgen como setas

Otra de las grandes reivindicaciones de la antipsiquiatría, el etiquetado indiscriminado sin base objetiva o científica, ha ido volviéndose más y más absurdo en cada edición del famoso Manual de diagnóstico (DMS, por sus siglas en inglés), editado por la Asociación Americana de Psiquiatría. Ya en la tercera edición de 1980 sumó cien nuevas categorías diagnósticas y dejó a un lado la base propuesta por Freud para limitarse a elaborar listas de síntomas y umbrales numéricos a la hora de etiquetar a los pacientes.

Desde entonces, el manual se ha ido imponiendo a gran escala, escondiendo las causas profundas del sufrimiento y aplicando una clasificación simplista y reduccionista que criminaliza conductas o comportamientos que no cuadran con los intereses de los poderes establecidos. Al mismo tiempo, se ha hecho manifiesta la corrupción de los comités de expertos que elaboran los diversos capítulos del manual, en su mayoría ligados por intereses económicos a la industria farmacéutica. El hecho de basar las medidas terapéuticas prácticamente en los psicofármacos está provocando una auténtica catástrofe de salud.

Medio millón de personas mayores de 65 años mueren cada año en Europa y Estados Unidos a causa de los tratamientos farmacológicos diseñados para la depresión, la ansiedad o la psicosis, afirma Peter Gotzsche en su libro. Son cifras escalofriantes. Los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), considerados los antidepresivos más seguros, y por lo tanto los que más se prescriben, matan a una de cada 28 personas mayores de 65 años que se tratan con ellos cada año, causan graves efectos secundarios sexuales y producen dependencia en la mitad de los tratados.

Además, ansiolíticos y antidepresivos crean dependencia y producen un grave síndrome de abstinencia (comparable o superior al de la heroína), provocan agresividad o violencia, aumentan el riesgo de suicidios (especialmente en jóvenes) y poseen un alto riesgo de provocar malformaciones congénitas en embarazadas. Cientos de miles de “pacientes” –muchos, víctimas del sobrediagnóstico– sufren efectos secundarios graves o muy graves: obstrucción hepática, anemia, vértigos, visión borrosa, irregularidades menstruales, arritmia cardiaca, parálisis muscular...

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