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Ansiedad

Ataques de pánico: causas, síntomas, prevención y consejos

Conociendo y previniendo estos efectos de la ansiedad.

Alejandro Napolitano

Ataques de pánico. Quien los sufre se ahoga y cree que puede morir, mientras el médico le asegura que es simple nerviosismo o, peor aún, que no hay causa alguna. ¿Qué miedos profundos esconden? ¿Cómo vencerlos?

De pronto siente mareo, se le nubla la vista, le cuesta respirar y le parece que el corazón le late a mil por segundo. Toda esta sintomatología aparece de repente, en cualquier momento y en cualquier lugar. A veces surge al cruzar la calle, otras al bajar al metro y, aunque pueda desaparecer al cabo de pocos minutos, a quien la sufre siempre le queda una fuerte sensación de miedo y de inseguridad, como si se hubiera salvado de milagro de un gran peligro y no supiera bien dónde había estado el riesgo. Queda no obstante el miedo a que ese “ataque” se repita, en cualquier lugar y momento, y sin saber cómo prevenirlo.

¿Qué es un ataque de pánico?

Estos accesos inesperados y recurrentes se conocen como “ataques de pánico” y se han convertido en un problema masivo, en una epidemia característica de nuestras sociedades urbanas. La persona que sufre estas crisis no sabe por qué le ocurren y termina por avergonzarse de sus dificultades e intenta disimularlas por todos los medios.

Si vuelve a ocurrirle varias veces, empieza a desarrollar hábitos que siente que le ayudan, pero que en realidad limitan su vida. Evita situaciones que podrían causar el “ataque”, se prohíbe actos que podrían desencadenarlo y realiza otros porque intuye que pueden atenuar las consecuencias. Pero el resultado de este tipo de pensamientos es que la persona tiende a encerrarse, a salir poco de casa o a hacerlo siempre en compañía, se niega a viajar en transportes públicos, a conocer gente, a entrar a un restaurante o un cine. Se va acostumbrando a disimular ante sus amigos y su familia y se aísla cada vez más. Huye de los espacios abiertos (actitud que se conoce como “agorafobia”), de los lugares muy concurridos, de las fiestas, de la gente que no conoce. Así, estos “efectos secundarios” sociales de los ataques de pánico pueden llegar a ser tan destructivos como el propio episodio.

Síntomas

Cuando la persona que se enfrenta a este problema se da cuenta del círculo en el que ha entrado, busca desesperadamente pistas para entender qué le ocurre. Lo primero que percibe es que la sensación de pánico aparece unida siempre a manifestaciones de tipo físico: mareos, falta de aire, vista nublada, palpitaciones. Y la ocurrencia lógica es que tal vez todo se deba a algún problema corporal. Suele empezar entonces un largo camino por consultorios médicos de diversas especialidades, donde se escucha casi siempre la misma respuesta: “Usted no tiene nada en absoluto, sus exámenes clínicos han salido del todo normales, deje de preocuparse”.

Pero esta respuesta no despreocupa, sino que inquieta mucho más, ya que la persona que padece ataques de pánico tiene entonces la sensación de que todo lo que ha contado en sus visitas médicas “no existe”, y se sumerge poco a poco en un estado de vulnerabilidad psicológica. Se siente cada vez más frágil porque no encuentra el modo de relacionar la sensación de “peligro” con los recursos que tiene para enfrentarse a él. Y más cuando se le dice y se le repite una y otra vez que no son los recursos físicos los que necesita activar.

La angustia es humana

Aunque creamos que los ataques de pánico son una dolencia “moderna”, ya fueron diagnosticados por Sigmund Freud en 1895. Sin embargo, Freud los llamó neurosis de angustia.

Creo que la denominación original permite orientarse mejor en la comprensión del tema, mientras que “ataque de pánico” lleva a una encerrona: predispone a creer que estamos hablando de un ataque a la integridad psicofísica (mi cuerpo, mi mente) por parte de algo que está fuera de uno, que es ajeno. No es sólo una cuestión de palabras. La expresión “ataque de pánico” presupone una cierta pasividad por parte de quien lo sufre e induce a sobrevalorar la importancia de la intervención externa, instrumental y química en la solución del episodio.

El término “angustia” habla en cambio de algo profundamente humano, que nos compromete íntimamente. La angustia es algo que uno vive, un estado por el que uno transita y del que uno mismo puede salir. La ayuda puede provenir de fuera, pero requiere una actitud activa de parte de quien padece el trastorno.

Consejos y estrategias para afrontar los ataques de angustia

Los recursos para superar estas crisis se encuentran en el interior de cada persona y en el modo en que cada uno pueda ir resolviendo su relación con el entorno, con el mundo que lo rodea y del que forma parte. Pues hay que remarcar que estos ataques inciden justamente en esos dos puntos clave: en la relación con uno mismo y con el mundo circundante. A poco de salir de una crisis, la persona se pregunta inmediatamente por su identidad: “¿Soy yo realmente, esto me está pasando realmente a mí?”. No se reconoce ni reconoce el lugar y los objetos de su alrededor: “He estado mil veces en este lugar, pero es como si fuera otro, no sé, distinto, peligroso”.

¿Qué ha pasado, en la sociedad contemporánea, para que estos ataques de angustia se hayan hecho tan comunes? Cabe pensar que algo malo ha sucedido en la relación del ser humano con el prójimo, con su medio, con los valores, con la naturaleza, con el sentido de la vida. Se ha instalado un sentimiento de distanciamiento con “el otro” que disminuye nuestra posibilidad de asimilar lo extraño, de darnos tiempo para que lo novedoso muestre sus atractivos sin que nos inspire temor, desconfianza y, al final, angustia.

Aprender de la experiencia

Pero tengamos en cuenta que existe una experiencia de la angustia que es universal, constitutiva de nuestra condición humana. ¿En qué consiste, y por qué señalo que es una “experiencia”? Al decir que es una experiencia y no sólo un sentimiento, quiero expresar que pertenece simultáneamente al ámbito de nuestros sentimientos, de nuestras sensaciones corporales y de nuestros pensamientos. Nos afecta en todos los ámbitos como seres humanos que somos.

La palabra angustia (angst, en alemán) remite a “angosto”, a estrecho, a esa sensación de opresión del pecho que sentimos como dificultad respiratoria y miedo a la muerte. Los anglosajones la llaman “ansiedad” (anxiety). Se parece casi por completo a su hermano el miedo, pero no es lo mismo.

La angustia es un miedo sin objeto evidente. Es un miedo que vamos construyendo a lo largo de la vida, a medida que percibimos que estamos solos y que algún día moriremos. Esta angustia es, como digo, universal e inevitable, un trasfondo de desolación sobre el cual se construye toda la existencia humana. Todas las civilizaciones, todas las culturas, han creado mitos (como la caída del paraíso o la pérdida de la inocencia originaria) que representan ese estado de angustia existencial que nos invade.

El miedo entra en juego

Además de esta angustia básica, común a todos por el hecho de vivir, podemos sentir lo que se conoce como “angustia señal”, a la que sería mejor llamar directamente miedo. El miedo tiene la importante misión de alertarnos sobre posibles amenazas a nuestra integridad. El miedo es un arma defensiva que nos previene de los peligros. Y si no podemos evitarlos, nos permite que luchemos contra ellos. Esta “angustia señal” o miedo es una cualidad fundamental de la evolución biológica, por su valor como preservación de los seres vivientes. Nos facilita la supervivencia.

Nuestro sistema nervioso y endocrino dispone de una compleja serie de dispositivos orgánicos, muy afinados, para sostener y fortalecer este miedo útil. Valgan como ejemplo dos. El primero tiene que ver con nuestra memoria, que graba con mucha más intensidad los recuerdos ligados a la experiencia del miedo. El segundo se refiere a nuestra capacidad de lucidez. Cuando se nos disparan los instrumentos biológicos del miedo, nuestra atención se concentra en el objeto amenazante, impidiendo cualquier distracción reflexiva o sensorial. Sólo veo, sólo oigo, sólo pienso en lo que me amenaza. El ser humano ha cuidado amorosamente su miedo, lo ha utilizado como un instrumento de preservación de la vida en el planeta.

Ahora bien, hemos hablado de la angustia básica que constituye un fondo común a nuestra condición humana, y de la angustia “señal” o miedo que nos previene de peligros. Pero a veces esa angustia básica deja de ser un “fondo” y avanza al primer plano, se convierte en una figura protagonista de nuestra existencia. Y el miedo útil pasa a ser una alarma hipersensible, que se dispara erráticamente. Las razones de este cambio son difíciles de discernir pero están ligadas siempre a sucesos de nuestra historia personal. Pero la más mínima sensación corporal que se parezca a algunos de los síntomas del ataque de pánico puede disparar de nuevo los mecanismos del miedo.

Terapia y tratamiento

El ataque de pánico o neurosis de angustia se vive pues como la irrupción brusca y cruda de un miedo sin palabras, un ter­ror corporal que brota de una fuente desconocida e inaccesible. Y esos temores tempranos están presentes en los síntomas corporales mencionados. La persona lucha entonces por controlarlos y ocultarlos. La situación empeora, entrando en una espiral ascendente. En este momento se hace necesaria la intervención psicoterapéutica. Acercarse a las motivaciones más profundas de nuestra ansiedad es el primer paso para aliviarla.

Al comienzo de la terapia la persona abandona ya el esfuerzo estéril de controlar o disimular sus síntomas. Esa primera liberación permite trabajar sobre el cuerpo, intentando aflojar la tremenda tensión acumulada en la musculatura respiratoria. El cuerpo necesita rebajar la intolerable hipersensibilidad a los síntomas de la angustia que ha ido desarrollando poco a poco.

Cuando se ha logrado destrabar y ablandar el cuerpo, es posible avanzar sobre la idea de que también la mente está paralizada, bloqueada y se halla totalmente indefensa y sin recursos para buscar alternativas a la mecánica de la angustia.

1. Deshacer la rigidez

El cuerpo está rígido porque ha adoptado las formas rígidas de nuestros pensamientos inspirados en el miedo. Si cobramos conciencia de la relación entre los síntomas y sus motivaciones, ganamos una mirada más serena sobre esas partes de nuestra historia que deben ser revisadas y reestructuradas.

Al tomar contacto paulatino con la fuente del dolor, es posible volver a colocar la “experiencia de la angustia” en aquel “fondo” común a todo humano. Es como si un río se hubiera desmadrado y tuviéramos que reconducirlo a su cauce natural. De lo que se trata es de, en lugar de negar la angustia, hacer justamente todo lo contrario: considerarla una experiencia vital. Al integrarla poco a poco en el fluir de nuestra existencia, dejará de ser un obstáculo para vivir mejor.

2. Reconocer el ataque y controlar la situación

Ante un ataque de pánico, lo primero que se debe hacer es descartar que exista real­mente una enfermedad de carácter orgánico como trastornos endocrinos, circulatorios... Una vez confirmado el origen psicológico del ataque conviene reflexionar sobre cómo estamos viviendo y dejarse ayudar por un profesional.

3. Aceptar el miedo

Durante el ataque de pánico hay que ser consciente de que no corremos peligro y que todas las sensaciones que nos asaltan son una construcción de nuestra mente. No hay que luchar contra ellas, sino dejarlas salir como si se tratara de una tormenta que sabemos pasará. No se debe luchar contra el miedo, sino aceptarlo con resolución y valentía.

4. Escribir tus sensaciones

Ante el ataque de pánico ten el valor de coger un lápiz y un papel y anota con minuciosidad cada síntoma y sensación como si tuvieras que relatárselos a un médico para que pueda tratarte. Este ejercicio ayuda a focalizar tu atención en la tarea de autoobservación y el ataque disminuirá poco a poco.

5. Reorientar tu atención

Si lo anterior no te resulta posible, intenta centrar tu atención en alguna tarea que ocupe tu mente, mientras intentas relajar la musculatura respiratoria con los ejercicios adecuados. Cualquier cosa capaz de centrar tu atención sirve.

6. Afrontar la situación

No dejes que tus ataques de pánico te impidan hacer una vida normal. Debes acostumbrarte a hacer diversas actividades aun sabiendo que la crisis puede sobrevenir. Sólo tú serás capaz de superarlo aunque encuentres apoyo en tus familiares y amigos. De ti depende que superes el miedo al miedo.

7. Pensar en positivo

Aunque no hayamos sabido hacer frente correctamente a la crisis de pánico, conviene no enfadarse con uno mismo y darse permiso para fracasar una y otra vez. Tampoco ayudan los pensamientos destructivos: “Soy débil”, “¿Por qué me pasa esto a mí?”, “¡Esto es espantoso!”... Conviene detectar nuestros pensamientos catastrofistas para convertirlos en pensamientos más positivos que ayuden a no perder la esperanza.

8. Celebrar las victorias

El círculo vicioso que se esconde tras una crisis de pánico sólo se rompe paso a paso. Cada pequeño logro debe celebrarse para seguir avanzando y así no perder fácilmente el ánimo.

9. Aprender a relajarse

Aprende técnicas de relajación para intentar aplicarlas cuando sobreviene el ataque de pánico. Ayudan también las técnicas de respiración, así como la práctica habitual del yoga.

10. Llevar un diario

Llevar un diario puede ayudarte a comprender mejor el origen de los ataques de pánico. De vez en cuando, reléelo y compara los pensamientos que has apuntado en las distintas fases de tu problema. Esto te ayudará a ganar perspectiva y a ver si has ido avanzando en la superación del trastorno. Reflexiona sobre la relación que existe entre tus sensaciones corporales, tus emociones y tus pensamientos. Descubrirás que los “nudos” de tu cuerpo expresan la rigidez que sufre tu mente. Nuestra manera de pensar puede “anquilosarse” tanto como lo hacen nuestros músculos.

Consejos para el acompañante

El acompañante de quien sufre un ataque de pánico debe intentar funcionar como un cabo en tierra firme para alguien que se debate entre las olas, ayudando a quien lo sufre a mantener la calma, recordando en todo momento que se trata de algo pasajero y nunca fatal. Hay que esforzarse en ser paciente y afectuoso, recordar en todo momento a la otra persona que se trata de algo pasajero y que no es grave. Elogiar los indicios de progreso y no proteger en exceso, sino animar a afrontar el miedo y la vida cotidiana con normalidad.

Para saber más

Existe una amplia bibliografía para ayudar a superar los ataques de pánico. Para analizar y comprender mejor la sensación de miedo ayudará leer El valor del miedo, publicado en Ediciones Urano, de Gavin de Becker. Como manual más práctico está la obra Cómo controlar la ansiedad antes de que le controle a usted (Ed. Paidós), de Albert Ellis. Es interesante la forma en que aborda el tratamiento de las crisis de pánico la Terapia Breve Estratégica. Lo expone en No hay mañana que no vea el día (Ed. Paidós) Giorgio Nardone, su creador.

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