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Psicología práctica

7 autoengaños que nos dejan anclados en nuestra zona de confort

Nuestra mente es capaz de lo mejor y de lo peor. En ocasiones, puede darnos falsos argumentos con el objetivo de seguir holgazaneando.

Cristina López Conesa

Dentro del área del crecimiento personal se anda hablando mucho de la zona de confort, el cual parece estar últimamente en boca de todos. ¿Pero qué es realmente?

La zona de confort es un término utilizado para referirse a una situación vital del día a día que implica cierta regularidad y familiaridad. Como su propio nombre sugiere, es aquella dinámica de comportamientos y hábitos que implican comodidad en el sentido de que repetimos los patrones que ya hemos aprendido y nos movemos en los círculos que ya conocemos, por lo tanto, no hay nada fuera de lo extraordinario que nos ponga en un aprieto.

Más allá de la zona de confort

Cuando, por el contrario, surge algo nuevo a lo que tenemos que enfrentarnos, nos salimos de esa zona de confort y nos adentramos a otra dimensión: la zona de miedo. Lo nuevo y lo desconocido nos da miedo, aquellas cosas para las cuales no tenemos todavía una respuesta elaborada que sepamos que vaya a funcionar.

Nos han sacado del terreno en el cual sabemos movernos y en esta nueva zona, se ponen en juego nuestros recursos personales, ponemos a prueba nuestras inseguridades. Y entonces damos el paso a otra zona, la zona de aprendizaje. Esta nueva zona nos plantea desafíos que amplían nuestro repertorio de habilidades personales y, como consecuencia, se amplía nuestra zona de confort.

¿Qué nos impide salir de nuestra zona de confort?

A la zona de confort se le han vinculado connotaciones muy negativas, como conformismo, ignorancia, miedo… Sin embargo, la zona de confort no es más que aquella realidad a la cual hemos conseguido adaptarnos con éxito. No obstante, cuanto mayor sea, más recursos significará que tenemos para adaptarnos a situaciones diversas, lo cual significará que más veces nos hemos expuesto a situaciones que inicialmente eran nuevas y amenazadoras, y que por ello ya no lo son.

Por lo tanto, el problema no es encontrarse en la zona de confort, sino el miedo a salirse de ella, quedándonos en una zona de confort muy reducida. Y para evitar enfrentarnos al peligro, varios son los tipos de distorsiones cognitivas de los que disponemos los seres humanos, para autoengañarnos y convencernos sin darnos cuenta de que no necesitamos traspasar la comodidad, y así ahorrándonos el esfuerzo del aprendizaje.

1. Sesgo de confirmación

Éste es un sesgo muy común que se basa simplemente en el principio del ahorro. Se refiere a la tendencia a focalizar nuestra atención en aquello que confirma nuestras creencias, asociándole los argumentos necesarios para hacer nuestra idea más fuerte, buscando la manera de que información ambigua encaje dentro de nuestra postura y restando importancia o buscándole errores a aquella información que tiraría nuestra idea por la borda.

Este mecanismo del que dispone nuestra mente es en parte adaptativo, ya que nos protege de la duda constante sobre cualquier aspecto de nuestra realidad, y de tener que estar constantemente cuestionando y revisando nuestras ideas, por lo que nos proporciona seguridad frente al mundo.

Por eso mismo nos cuesta salir de nuestra zona de confort, huyendo de enfrentarnos a la sensación de “no saber”, que percibimos como un peligro. Sin embargo, esto supone tomar una postura rígida y de resistencia al cambio y, por tanto, al aprendizaje.

2. Sesgo de anclaje

Como su nombre dice, este sesgo se refiere a nuestra tendencia a anclarnos en ciertos aspectos de la realidad, ignorando el resto y olvidándolos. Es ser consciente de que hay cosas más allá pero obviarlo, para así reafirmarnos con lo que ya tenemos.

De alguna manera este sesgo nos quita de la presión de ser conscientes de que hay muchas cosas que nos gustaría realizar, pero que da igual si no lo hacemos, que no importa. Nos anclamos en nuestra realidad presente y ya está, tomando una postura obstinada sobre lo que ya tenemos.

3. Sesgo retrospectivo

Esta distorsión se refiere a un mecanismo de defensa que nos hace ver las cosas por las que hemos pasado como positivas. Nos ahorra el sentimiento del arrepentimiento y el remordimiento, ya que lo hecho, hecho está. Y por lo tanto, el balance positivo que hacemos sobre nuestra vida nos insta a quedarnos donde estamos, ya que ha sido la mejor decisión posible y no hacen falta los cambios.

Aunque torturarse por no haber hecho lo mejor en el pasado no es lo más beneficioso, sí que es importante ser consciente de aquellas cosas que podríamos haber mejorado y aprender de los errores. Ya que para aprender de los errores, primero hemos de ser capaces de recordarlos.

4. Sesgo de laguna de exposición

Este sesgo hace mención a la repercusión que tiene sobre nosotros aquello a lo que más estamos expuestos. Es decir, las personas solemos sentir mayor atracción y predilección por aquellas cosas que nos resultan conocidas y familiares, y ello provoca una laguna en nuestra capacidad de discernimiento y pensamiento crítico.

Este principio es muy seguido en publicidad, en política, en las modas. Aquello que nos es familiar nos acaba gustando más, no importa qué sea, y nos da más confianza. Por lo tanto, nuestra tendencia es de huir, desconfiar y de no gustarlos aquello que no conocemos (¡hasta que empezamos a conocerlo!).

Siendo conscientes de este efecto, ¿por qué no nos damos una oportunidad a conocer más lo desconocido y dejar que nos impresione?

5. Miedo a la pérdida

El miedo a la pérdida se refiere a la preferencia que tenemos por aquello que ya poseemos y conocemos, y nuestra tendencia a responder más a la posibilidad de ganancia que a la posibilidad de pérdida. Por ejemplo, la media de la gente preferiría quedarse con 30€ ante la posibilidad de ganar 100€, si corre el riesgo de que si no los gana perderá esos 30€. De alguna forma, el dicho “más vale malo conocido que bueno por conocer” hace mención a este efecto.

Esto sucede porque nuestro “yo”, es decir, nuestro sentido de identidad, lo ampliamos a aquellas cosas, personas, lugares, que nos rodean, formando parte de nuestra identidad, y por lo tanto la idea de desprendernos de ello nos genera cierta ansiedad y sensación de estar perdidos.

6. Disociación cognitiva

La disociación significa lo contrario de asociación. En este caso, sería una disociación entre nuestra cognición (aquello que pensamos) y nuestro hacer, por lo que irían en direcciones distintas.

Ocurre en numerosas ocasiones que decimos a las personas de nuestro alrededor todo aquello que querríamos y nos gustaría hacer, pero luego nunca llega el momento en que lo hacemos de verdad. Y es que, de alguna manera completamos con nuestro decir la fantasía de realizarlo, supliendo la realidad con la fantasía. También puede ser una manera de demorar nuestra toma de decisiones o autoconvencernos de que lo haremos algún día, para calmar nuestro deseo. No obstante, esta costumbre puede hacernos mucho daño, ya que no podemos posponer las cosas eternamente, y al final nos acabarán generando malestar. Hay que tomar cartas en el asunto…

7. Sesgo de punto ciego

Por último, leer todo esto puede hacernos ver las cosas muy claras, pero sobre todo si pensamos en el caso de otras personas, a quienes les vemos los errores muy fácilmente. Porque en nosotros mismos tenemos hecha una maraña que parece imposible de traspasar.

Esto siempre ocurre: los casos de los demás nos resultan más fáciles de concebir que los nuestros propios, al no estar teñidos de nuestros propios mecanismos de defensa. Y a esto precisamente se refiere el sesgo de punto ciego, ya que sobre nosotros mismos tenemos un punto ciego que nos impide ver nuestras barreras y prejuicios, que nos dificultan alejarnos del punto de vista que ya tenemos y por lo tanto, de autoevaluarnos de forma más imparcial.

¡No te dejes (auto)engañar!

Así pues, si has podido identificar qué sesgos cognitivos te ahuyentan de enfrentarte a situaciones nuevas que te vayan a implicar un aprendizaje, te será útil tenerlos en cuenta para no dejarte engañar por ellos, para que no te impidan seguir creciendo.

La mejor forma de salirse de la zona de confort es la de viajar, ya que implica un cambio absoluto de entorno, de costumbres, de maneras de pensar, etc. Pero lo cierto es que no es la única y que no ha de ser tan radical. Simplemente podemos introducir pequeños cambios, tratar de hacer las cosas de forma ligeramente distinta y ver si ello deriva en resultados diferentes. Lo importante no es abandonar todo aquello que ya hemos aprendido, sino no tener miedo a seguir aprendiendo.