Mujer agachada en el mar

Autoestima

La aventura de ser tú

Para descubrir la propia identidad es necesario dejar de vernos con los ojos de los demás y olvidar sus expectivas. Nuestro propio yo está en permanente proceso de cambio

Jorge Bucay

Más allá de algunas diferencias mínimas y poco observables, en la altura, el peso, el tono de piel o el color de los ojos, todos nacemos idénticos a los demás bebés que han nacido ese día. Pero a medida que pasa el tiempo, interna y externamente nos vamos distinguiendo progresivamente de esos otros niños, compañeros de futuros cumpleaños.

Con los años nos volvemos cada vez más únicos, en la medida que empezamos a definirnos como individuos. Este tránsito no solo nunca es del todo sencillo, sino que, además, se complica a cada momento.

¿Cómo ser uno mismo?

En los primeros meses, bastaba con nuestros instintos para saber cómo actuar, en quién confiar o dónde buscar, pero antes del año ya nos vimos obligados a entremezclarlos con algunos apetitos, la memoria de nuestro cuerpo y no pocas “necesidades” creadas por nuestro entorno.

Intentando compatibilizar toda esta información, en nuestra primera infancia aprendemos cómo ser y qué hacer, basándonos, sobre todo, en la experiencia, un recurso que nos hace saber qué es bueno y qué no, para conseguir lo que necesitamos: comida, cuidado, atención, afecto, caricias...

La experiencia es útil para encaminarnos en lo que hacemos, aunque para bien y para mal, no consigue determinar todo lo que en realidad somos.

Se podría decir que existen, por lo menos, dos tipos de identidad, a veces coexistiendo y otras peleando dentro de nosotros: la propia, natural, elástica, cambiante y permanentemente en proceso; y la que, por mandato, nos han inculcado otros, rígida y previsible, desarrollada mucho por la educación y muy poco por la propia evolución.

Hay dos tipos de identidad: la propia, natural y cambiante; y la que nos han inculcado otros, rígida y desarrollada por la educación

Cuando, de forma malintencionada o no, se confunde “identidad” con “identificación”, la manera de ser se diseña sobre la idea de un “deber ser”, siguiendo un determinado modelo externo.

Una identidad prestada

Cada día vemos a nuestro alrededor cómo cientos de miles de niños y jóvenes –que, paradójicamente aparecen defendiendo a ultranza el derecho y la necesidad de tener su propia identidad– deciden seguir el modelo de la mayoría, manipulada, gran parte de las veces, por la publicidad de aquellos que quieren venderles sus productos de moda.

Desde fuera, es sencillo darse cuenta del peligro que implica el hecho de que un determinado modelo, manipulado socialmente, termine insertado como un mandato “globalizado” y uniforme en toda una generación.

Una identidad falsa como la descrita es el motivo de la falta de dinamismo de algunas personas, ya que no es la consecuencia de un crecimiento interno, sino el resultado final de un cóctel de introyecciones y condicionamientos que otros han configurado para ellos.

Si tuviera que ponerte un ejemplo más cercano, te diría que la falsa identidad es como un niño demasiado adaptado, preso de la influencia y la manipulación, víctima de la opresión del sistema que lo condiciona. Un ente estable y previsible, tan manejable como un animal amaestrado para un circo, y que aunque lo haga “todo bien” no puede llegar al mejor de sus puertos: el de ser el mejor ser humano que puede ser.

Una identidad falsa es el motivo de la falta de dinamismo de algunas personas, no es la consecuencia de un crecimiento interno

Es evidente que mi “yo” amaestrado representa una especie de cárcel elegida por defecto o adquirida sin elección. Pero sin esos mandatos, ¿quién soy?

El domador se siente con el derecho, cuando no con la obligación, de forzar a sus animales a aprender qué es lo que deben hacer. Pero que a nadie se le escape –tanto en el caso del domador como en los demás casos de dominio– que “hacer algo correctamente” es equivalente a “hacerlo como al domador se le ocurra que está bien hacerlo”.

Si pretendes la admiración y los halagos de la sociedad a la que perteneces, tendrás que vivir de acuerdo con los valores –reales o falsos– de esa mayoría de la que esperas el aplauso, ya que para la mayoría de las personas, según aseguraba el escritor norteamericano Ambrose Bierce, la admiración es tan solo la expresión que confirma que el otro piensa como uno.

  • La verdadera identidad solo se puede hallar recorriendo el camino que va justamente en la dirección opuesta a la de la búsqueda del aplauso.
  • Planteado como pregunta existencial: en la cima de una montaña desierta, en medio de un bosque, como único habitante de un planeta o solo en una isla desierta... ¿quién eres tú?
  • Sin nadie que mire, juzgue u opine... ¿quién eres?
  • Si no hay nadie cerca a quien obedecer, nadie para apreciarte o condenarte, si no hay nadie para aplaudirte ni abuchearte... ¿quién eres?

Un cuento sobre ser auténticos

Rabindranath Tagore escribió un hermoso relato sobre el tema que nos ocupa. Buda se disponía a regresar al palacio de su padre tras doce años de vagar por los bosques llevando una vida espiritual, comiendo lo que hallaba, mendigando y meditando. Hacía poco que, sentado bajo un árbol, había llegado al regocijo supremo. Se había iluminado. Y lo primero que recordó al descubrir la verdad fue que tenía que volver al palacio para comunicar la buena noticia a la mujer que lo había amado, al hijo que había dejado atrás y al anciano padre que cada día esperaba que volviera.

Después de doce años, Buda regresó a palacio para encontrar a su padre, que lo recibió terriblemente enojado:

—Soy un anciano y estos doce años han sido una tortura. Tú eres mi único hijo y he intentado seguir vivo hasta que regresaras. Has cometido un pecado contra mí, casi me has asesinado, pero te perdono y te abro las puertas. Pero quiero que sepas, hijo, que me llevará mucho tiempo terminar de perdonarte. Buda se rió y dijo a continuación:

—Padre, date cuenta de con quién estás hablando. El hombre que dejó el palacio ya no está aquí. Murió hace tiempo. Yo soy otra persona. ¡Mírame!

Entonces su padre se enojó todavía más. El viejo hombre no podía ver quién era Buda, ni aquello en lo que su hijo se había convertido. No pudo ver su espíritu, que era tan claro para otros. El mundo entero se daba cuenta, pero su padre no podía verlo, quizá como le pasaría a cualquier padre.

Él lo recordaba con su identidad de príncipe, aunque esa identidad ya no estaba ahí. Buda había renunciado a ella. De hecho, Buda dejó el palacio precisamente para conocerse a sí mismo. No quería distraerse con lo que los demás esperaban de él. Pero su padre lo miraba ahora como si no hubiera pasado el tiempo, con los ojos de hacía doce años.

Buda dejó el palacio para conocerse a sí mismo. No quería distraerse con lo que los demás esperaban de él

—¿Quieres engañarme? –dijo–. ¿Crees que no te conozco? ¡Te conozco mejor de lo que nadie te pueda llegar a conocer! Soy tu padre, te he traído al mundo; en tu sangre circula mi sangre, ¿cómo no voy a conocerte? Soy tu padre y, aunque me hayas herido profundamente, te quiero.

Buda respondió a su padre:

—Aun así, padre. Por favor, comprende. Soy parte de ti, pero eso no significa que me conozcas. Hace doce años ni siquiera yo sabía quién era. ¡Ahora lo sé! Mírame a los ojos. Por favor, olvida el pasado, sitúate aquí y ahora.

El padre casi estalló en cólera.

—¿Ahora? Ahora estás aquí. ¡Toma, hazte cargo del palacio, sé el rey! Aunque a ti no te interese, eres mi hijo. Déjame descansar. Ya es hora de que yo pueda descansar y tú me releves.

Buda bajó la cabeza y le dijo:

—No padre, lo siento...

El padre hizo una pausa y su enojo se fue transformando en dolor.

—Te he esperado durante todos estos años y hoy me dices que no eres el que fuiste, que no eres mi hijo, que te has iluminado... Iluminado...– dijo mientras se enjugaba las lágrimas de los ojos–. Respóndeme, por lo menos, a una última pregunta: sea lo que sea que hayas aprendido por el mundo, ¿no hubiera sido posible aprenderlo aquí, en palacio, a mi lado, entre tu gente? ¿Solo se encuentra la verdad en el bosque, lejos de tu familia, de las personas que quieren lo mejor para ti?

A lo que Buda respondió de inmediato:

—La verdad está tanto aquí como allí. Pero hubiera sido muy difícil para mí descubrirla sin moverme de aquí, porque me encontraba perdido en la identidad de príncipe, de hijo, de marido, de padre, de ejemplo. No fue el palacio lo que abandoné, ni a ti, ni a los demás, solo me alejé de la prisión que era mi propia identidad.

Solamente después de deshacerse de su identidad prestada, condicionada por su educación, por las normas sociales y por los mandatos de aquellos que más lo amaron, descubrirá el ser humano –incluso alguien tan elevado como fue Buda– que está en condiciones de disfrutar de su propio ser.

Por supuesto, para descubrir la propia identidad, no es necesario huir, dejar tu casa, tu familia y tu ciudad. Esto es solo metafórico, lo único imprescindible es darte cuenta de la persona que tú eres, sin lo que ven o quisieran ver en ti los demás, sin comparaciones ni condicionamientos, única, diferente y trascendente. Consciente de esto todo el tiempo, estarás, por fin, libre de toda dependencia y podrás asumir la responsabilidad necesaria para habitar por completo el verdadero tú.