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En la piel del otro

Los beneficios de la empatía

¿Cuál es el verdadero valor de la empatía y cómo podemos desarrollarla para que nos ayude a conectar con los demás?

Xavier Serrano

Ponernos en el lugar del otro, sentir lo que los demás sienten, es un ejercicio de apertura al mundo que nos ayuda a vincularnos con la vida. Requiere movilizar nuestras propias emociones y dirigir una mirada más comprensiva a nuestro interior. Así mejoramos la forma en que nos relacionamos hacia dentro y hacia fuera.

La certeza que puede tener una madre de lo que necesita su bebé con solo escuchar su llanto, el profundo dolor que siente un nativo del Amazonas al sintonizar con el sufrimiento de los árboles y los animales atrapados en un incendio o el deseo que se despierta en los miembros de una pareja ante la mirada cargada de pasión de uno de ellos son, todas ellas, manifestaciones de la empatía.

¿Qué es la empatía?

La empatía –del griego empatheia, que significa “sentir dentro”– es una capacidad que nos permite la participación afectiva, habitualmente emocional, en una realidad ajena a nosotros. Su existencia fue corroborada por la comunidad científica en la década de los noventa del siglo pasado, tras el descubrimiento por parte del neurobiólogo italiano Giacomo Rizzolatti y su equipo de la existencia de “neuronas espejo”, que tienden un puente de cerebro a cerebro y sitúan a dos personas en la misma longitud de onda, lo cual permite a uno de ellos “sentir dentro” lo que el otro siente, es decir, empatizar con él.

Pero la empatía no es solo una reacción que se da entre las personas, sino que también es el sostén del sentimiento ecológico que nos sumerge en aquello de lo que formamos parte, la naturaleza. Por tanto, nos permite vibrar, sintonizar su frecuencia y emocionarnos con ella. Esta reacción exige un mecanismo muy complejo que compromete tanto al movimiento neuronal de la parte cortical de nuestro cerebro, como al sustrato límbico-emocional y el paleocórtex-instintivo. Dicho de otro modo, instinto, emoción y conciencia se implican para facilitarnos una percepción esencial y completa.

Algunas personas son muy empáticas y otras... no tanto

Si bien la empatía es una potencialidad común, no todas las personas la desarrollan por igual: la rigidez y la frialdad caracterial –el rasgo predominante en la sociedad en la que vivimos, como consecuencia de sus dinámicas en las relaciones y la educación– limitan considerablemente su funcionamiento.

Es importante estar muy atentos a la edad en la que se establecen las bases neurofisiológicas de esta capacidad, es decir, los primeros dos-tres años de vida. Esta es una etapa marcada por una convivencia en intimidad, donde el mimo, la ternura, las caricias, las miradas, el tono de voz y el respeto por el ritmo natural deberían primar en las relaciones entre el reducido y fundamental círculo de sus protagonistas. La vivencia satisfactoria de este periodo de nuestra vida –donde debiera importar más escuchar el latido vibrante de cada recién nacido y no ver en él solo una tabula rasa necesitada de que se le enseñe todo– facilita la organización de los biosistemas vitales y de algunas funciones básicas que dotarán a nuestra incipiente personalidad de unos cimientos fuertes para afrontar de manera estable y placentera la siguiente etapa, la social.

De hecho, en el reino animal, cuando las crías expresan una emoción, la madre debe percibirla y reaccionar adecuadamente; de lo contrario, mueren. Según el primatólogo holandés Frans de Waal, son precisamente esos cuidados maternales adecuados los que estimulan el apego afectivo y el vínculo energético que dan origen a la empatía. Siguiendo este principio, habría que potenciar espacios familiares y escolares donde las relaciones y la comunicación se establecieran no solo desde la cabeza, sino también desde el corazón. Y, por supuesto, reivindicar los cambios sociales necesarios para que estos lugares sean factibles.

La escucha activa, imprescindible

Para ganar empatía debemos entrenarnos en el arte de la escucha; la de nuestro interior, pero también la del discurso del otro, dejando que invada nuestro ser sin miedos ni prejuicios, y así establecer una comunicación global, profunda, funcional y, por lo tanto, eficaz. Asimismo, es fundamental que tratemos de reducir lo más posible el estrés laboral y romper la monótona rutina cotidiana –que sutilmente, y casi sin darnos cuenta, embrutece nuestros sentidos y sentimientos–. Eso implica atender con más empeño nuestras necesidades y nuestro ritmo vital tomando como referencia no el tiempo medido, sino el vivido.

La comunicación empática es necesaria y beneficiosa en cualquier ámbito del ser humano, desde la familia y la escuela, hasta el lugar de trabajo, y, desde luego, es imprescindible en el de la salud. También es una herramienta fundamental para el psicoterapeuta, que la debe ejercitar y utilizar tanto en la intervención individual y grupal, como en los conflictos de pareja. Como el que vivieron Juan y Amparo.

Esta pareja llevaba varias sesiones de psicoterapia: estaban perdiendo confianza el uno en el otro y se irritaban con frecuencia, hasta el punto de llegar a cuestionarse la viabilidad de su relación. Ambos escuchaban y se esforzaban por entender las explicaciones del otro, pero, a la vez, tendían a racionalizar y justificar todas las acciones que realizaban. Y así no había manera de avanzar.

Los beneficios de la conexión empática en la pareja

En uno de nuestros encuentros les invité a que permanecieran sin hablar, mirándose a los ojos, respirando e intentando sentir al otro al mismo tiempo que cada uno se mantenía en contacto con sus propias sensaciones y estados de ánimo. Inicialmente no se concentraban, surgió la risa, palabras escapistas y otras respuestas típicas de una situación que no es frecuente y crea cierta torpeza, expectación y no poca ansiedad. Pero cuando consiguieron al fin conectar desde la empatía, las reacciones emocionales llegaron de forma espontánea. Les animé entonces a que se dejaran llevar por las emociones sin censurarlas. A ambos se les llenaron los ojos de lágrimas, su respiración se hizo más rítmica y fluida, con menos tensión y un mayor abandono. Se tomaron de las manos y un abrazo genuino, sincero y lleno de deseo marcó el momento final de la experiencia que habían vivido.

Al hablar después sobre lo que había sucedido, coincidieron en el amor y la aceptación que habían sentido en el otro, lo que les condujo a desdramatizar su realidad cotidiana y a tomar conciencia de que deseaban seguir juntos. Se dieron cuenta de que debían buscar espacios para encontrarse y fluir desde la espontaneidad, más allá de la rutina y del automatismo del día a día.

Esta experiencia puede reproducirse en cualquier espacio en el que sea necesario afrontar y resolver desavenencias, diferencias y rencores. Porque la empatía, tanto en lo que se refiere a la percepciones como a la comunicación, demuestra ser una valiosa herramienta para mejorar nuestras relaciones y recuperar nuestra esencia humana, garantía de una sociedad armónica.

¿Cómo potenciar la empatía?

Podemos salir al encuentro de los beneficios de la empatía introduciendo pequeños cambios en la vida que nos acerquen a los demás.

Modificar nuestro entorno. Es importante que en los espacios familiares y escolares se respete el ritmo individual, se establezcan relaciones basadas en el amor y la tolerancia y se potencie la escucha activa y la creatividad.

Bajar el ritmo diario. Eso significa vivir sin prisas, según los ritmos biológicos, siendo conscientes del paso del tiempo y buscando espacios de soledad donde cultivar la escucha interior a través de la meditación, la conciencia corporal y la respiración.

Explorar otro tipo de diálogos. Para potenciar la intimidad y la comunicación no verbal en grupo y con la pareja puede ser de ayuda participar en espacios de desarrollo personal en los que se trabaje la empatía.

Vivir sin prejuicios. Conviene ejercitar la escucha en las relaciones, evitando el prejuicio, el juicio y clasificar o etiquetar a las personas.

Recrearnos en la naturaleza. Dedicar un tiempo a permanecer en ella, sentirnos y captar sus sonidos, aromas, colores...

Si escuchamos al otro sin miedos ni prejuicios, la comunicación será profunda, funcional y, por tanto, eficaz.

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