Hombre y lago

Crecimiento

El camino a la felicidad

Superemos el obstáculo de asociarla con alegrías o bienes materiales. Es una trampa que nos impide disfrutar. Hay que descubrir la vida cada día y también aceptar el dolor

Jorge Bucay

¿Existe la felicidad? ¿Es un mito, una abstracción o algo que efectivamente se puede alcanzar? Y si es posible conquistar la felicidad, ¿alcanzarla de qué depende? ¿De lo que cada uno haga? ¿De las circunstancias que nos rodean? ¿O de lo que el azar acerque a nuestra vida?

Por alguna razón, quizá previsible, el tema de la felicidad estuvo durante muchos años ausente de los textos de casi todos los maestros de la psicología y de la filosofía. Es evidente que no se debía a que fueran solo unos pocos los interesados en ser felices; más bien parecía que casi todos (filósofos y terapeutas incluidos) coincidían en que no había nada que agregar a lo que el sentido común informaba. A partir de esa premisa (falsa, por cierto), tocar oficialmente el tema era una garantía de necedad y de poca profundidad.

¿Cuál es el camino que nos lleva hacia la felicidad?

Afortunadamente, en la última década el tema se ha vuelto nuevamente básico para todos los que estudiamos con fines prácticos y positivos la condición humana. A nosotros nos importa saber qué es la felicidad, y a los que nos escuchan y leen les importa saber más sobre cómo conseguirla.

La felicidad se asocia con placer, con posesiones materiales... Pero conocemos a gente que posee mucho dinero y no es feliz

La felicidad se suele asociar con alegría, con risas, con placer, con posesiones materiales, con confort y con lujos; y por eso muchas personas en el mundo, persiguiendo el supremo bienestar, luchan cada día y se esfuerzan por acumular la mayor cantidad posible de todo, creyendo que así conseguirán ser felices. Y, sin embargo, conocemos a gente que posee más dinero del que podríamos soñar, una vida envidiable y posesiones que quisiéramos que por lo menos compartieran con nosotros, pero que muchas veces declara que no es feliz. Entre estas personas existen también los suicidios, las enfermedades psicosomáticas, la depresión y, también y sobre todo, la drogadicción, el abandono de sí mismos y las rupturas familiares.

En la Grecia antigua, la pelea de la época se planteaba ya en términos extremos. ¿Era la felicidad patrimonio exclusivo de aquellos capaces de enfrentarse a su destino con vocación de sacrificio y fortaleza para soportar el sufrimiento inevitable, como defendían los estoicos? ¿O bien la felicidad era propiedad de aquellos que, siguiendo a Epicuro, vivían en las bacanales, disfrutando de todos los placeres terrenales y en un festejo casi permanente, dándose el permiso de vivir como los dioses, como su maestro pregonaba?

La felicidad es algo muy tangible

Comencemos aquí por establecer un punto para mí incuestionable, aunque está lejos de ser universalmente aceptado: La felicidad es un hecho, algo real, posible y asequible, y no un horizonte inalcanzable ni una referencia virtual... siempre y cuando seamos capaces de abandonar a priori la asociación irremediable que hacemos de ella con el placer, la risa, la alegría o el jolgorio. Y digo más, la felicidad es factible siempre y cuando no esté forzosamente sujeta a lo que nos está pasando en este momento.

Partiendo de esto, podemos y debemos trabajar en sincronía con nuestro deseo de ser felices, vaciándonos de tabúes y de prohibiciones, tanto reales como imaginarios, tanto externos como internos. Debemos ocuparnos de desarmar las trampas que aprendimos a ponernos, y dejar atrás, si es posible en el olvido, los hábitos malsanos que no nos dejan disfrutar de la vida y que impiden que seamos todo lo felices que podemos y que merecemos.

La felicidad es factible siempre y cuando no esté forzosamente sujeta a lo que nos está pasando en este momento

Me gusta pensar en la felicidad como una conjunción de dos factores:

  1. La elección comprometida de un camino.
  2. Una forma determinada de recorrerlo.

Y poco más... Seguramente por eso discuto con los que piensan en ella como un lugar de llegada o como un logro personal.

La felicidad no está tanto en el éxito de haber alcanzado el objetivo que me impuse, como en el hecho de haber disfrutado del recorrido. Hasta podría decir que para mí, al menos esa sensación placentera, está actualmente más ligada a la serenidad que al goce. Si no fuera así, bastaría con imitar al estúpido señor que compra un par de zapatos dos números más pequeños que el tamaño de sus pies y se relame pensando en lo feliz que será cuando llegue a su casa y, por fin, sienta en solitario el placer de quitárselos.

En este momento, por ejemplo, dedico gran parte de mi tiempo a la tarea de editar la revista Mente Sana. Es verdad que el objetivo es que te sea útil, que podamos transmitir aquellas cosas en las que creemos y que la publicación sea un éxito. Pero entre tanto, y aun antes de saber si nuestras pretensiones se volverán realidad, disfruto haciendo lo que hago.

No está tanto en el éxito de haber alcanzado el objetivo que me impuse, como en el hecho de haber disfrutado del recorrido

Si el único placer de este trabajo se midiera en el resultado de la venta en los quioscos o exclusivamente en el comentario posterior de nuestros lectores y lectoras, todas las personas que trabajaran en la revista se estarían perdiendo gran parte de la felicidad que resulta de hacerla.

La verdadera felicidad poco y nada tiene que ver con nuestras posesiones, por lo menos con aquellas que se pueden comprar con dinero…

Un cuento sobre la felicidad

Había una vez un rey cuya riqueza y poder eran tan inmensos, tan inmensos, como eran de inmensas su tristeza y desazón.

—Daré la mitad de mi reino a quien consiga ayudarme a sanar las angustias de mis tristes noches –hizo saber un buen día.

Quizá más interesados en el dinero que podían conseguir que en la salud del rey, los consejeros de la corte decidieron ponerse en campaña y no detenerse hasta encontrar la cura para el sufrimiento real. Desde los confines de la tierra mandaron traer a los sabios más prestigiosos y a los magos más poderosos de entonces, para ayudarles a encontrar el remedio que tanto anhelaban para recuperar a su majestad.

Pero todo fue en vano, nadie sabía cómo sanar al monarca.

Los consejeros se abocaron de lleno y con completa dedicación a la búsqueda de un hombre feliz

Una tarde, finalmente, apareció un viejo sabio que les dijo:

—Si encontráis en el reino un hombre completamente feliz, podréis curar al rey. Tiene que ser alguien que se sienta totalmente satisfecho, que nada le falte y que tenga acceso a todo lo que necesita.

—Cuando lo halléis –siguió el anciano–, pedidle su camisa y traedla a palacio. Decidle al rey que duerma una noche entera vestido solo con esa prenda. Os aseguro que por la mañana despertará curado.

Los consejeros se abocaron de lleno y con completa dedicación a la búsqueda de un hombre feliz, aunque sabían que la tarea no resultaría fácil.

En efecto, el hombre que era rico, estaba enfermo; el que tenía buena salud, era pobre. Aquel rico y sano, se quejaba de su mujer, y esta, de sus hijos. Todos los entrevistados coincidían en que algo les faltaba para ser totalmente felices, aunque nunca se ponían de acuerdo en aquello que les faltaba.

Finalmente, una noche, muy tarde, un mensajero llegó al palacio. Habían encontrado al hombre tan intensamente buscado. Se trataba de un humilde campesino que vivía al norte, en la zona más árida del reino. Cuando el monarca fue informado del hallazgo, lleno de alegría mandó que le trajeran de inmediato la camisa de aquel hombre, a cambio de la cual deberían darle al campesino cualquier cosa que pidiera.

Los enviados se presentaron de inmediato en la casa de aquel hombre para comprarle la camisa y, si era necesario –se decían–, se la quitarían por la fuerza... El rey tardó mucho en sanar de su tristeza. De hecho, su mal se agravó cuando se enteró de que el hombre más feliz de su reino, quizá el único totalmente feliz, era tan pobre, tan pobre, tan pobre... que no era dueño ni siquiera de una camisa.

Un buscador sereno

No hay fórmulas mágicas ni recetas infalibles para conquistar la felicidad. Pero sí hay un primer paso a realizar: ser conscientes de que existe una felicidad posible y necesaria. Mi querido amigo y maestro, el escritor argentino Marcos Aguinis, me dijo una tarde, mientras compartíamos el viaje de vuelta a Buenos Aires: “Me gusta esa idea tuya de la felicidad como camino. Hay muchos que definen la vida misma como un rumbo sin puerto... No se dan cuenta de que el puerto es justamente el final de la vida”.

La felicidad, para un buscador como yo (y como tú también eres), es recorrer el camino, animarse a descubrir la vida cada día

La felicidad, para un buscador como yo (y como tú también eres), es recorrer el camino, animarse a descubrir la vida cada día, atreverse a vivirla, tocarla y también –¿por qué no?– atrevernos a sentir el dolor cuando nos llega.

Es más, no creo que se deje necesariamente de ser feliz cuando nos sucede algo triste y doloroso. Creo que se puede estar triste sin necesidad de sentirse infeliz, una cosa bien diferente.

La felicidad es más que una ilusión de los poetas, mucho más que una promesa de los dirigentes y, definitivamente, mucho más que el mejor sueño que hayan podido tener nuestros padres. Para mí es la serenidad que se siente cuando se tiene la certeza de estar en el camino correcto, avanzando con placer en la dirección elegida. La felicidad no está atada a pasarlo bien, ni a estar todo el día riendo, bailando o cantando. En todo caso, estirando la metáfora, la felicidad no está en el hecho de entonar una bella canción, sino en saber que soy capaz de disfrutar de cada nota mientras canto.

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