Las emociones condicionan nuestras elecciones

El libre albedrío, ¿una ilusión del cerebro?

La ciencia ha descubierto que actuamos antes de pensar, impulsados por el instinto y las emociones. La educación emocional potencia nuestra libertad.

Llorenç Guilerá

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Cuando nos encontramos ante varias alternativas y –después de analizarlas más o menos detenidamente según la importancia que les otorguemos– escogemos una, quedamos convencidos de que nuestra decisión ha sido racional, consciente y libre. Tenemos la sensación de que nada ni nadie ha interferido en nuestra elección final. Es lo que llamamos libre albedrío.

En El fantasma de la libertad: datos de la revolución neurocientífica, publicado en 2009, Francisco J. Rubia, el prestigioso catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, afirma que el libre albedrío no existe, que es una ilusión del cerebro. Se adhiere, con ello, a las tesis de otros neurocientíficos.

Rubia lo califica como “la cuarta humillación” al orgullo antropocéntrico.

Después de que Copérnico demostrara que no somos el centro del universo, Darwin que somos un primate más y Freud nos hiciera ver que a veces ignoramos nuestras motivaciones más íntimas, nuestro ego experimenta ahora una nueva “humillación”: se ha demostrado que, en nuestras decisiones, la intervención consciente y racional es posterior a la elección efectuada unos instantes antes por las capas inconscientes del cerebro.

La libertad de elección bajo el escáner

La afirmación de Rubia se fundamenta en los resultados de los experimentos realizados por el Centro Bernstein de Neurociencia Computacional de Berlín, expuestos por John-Dylan Haynes en la revista Nature Neuroscience de mayo de 2008. Observando en el escáner de resonancia magnética la actividad cerebral de una persona, los científicos podían predecir cuál sería su próximo movimiento “mucho antes de que dicha persona lo decidiera conscientemente”. Entre 350 milisegundos y 10 segundos antes, concretamente.

Rubia ha deducido de ello, precipitadamente en opinión de algunos filósofos y otros científicos, que todas las decisiones las toma nuestro cerebro inconsciente de forma determinista, en función del estado en que se encuentra en el momento de recibir los estímulos que lo mueven a escoger entre varias opciones.

Según esto, la impresión del sujeto de haber decidido racional y libremente no es más que una simple ilusión de control, una justificación a posteriori del cerebro para sentir que teníamos razones para hacer lo que, en realidad, hemos hecho motivados por nuestras sensaciones y emociones.

Una teoría con sólidos antecedentes

De hecho, ya hace tiempo que la psicología tenía pruebas muy significativas sobre este desfase temporal entre la respuesta biológica automática y la conciencia posterior de la misma.

Hace más de 30 años, el neurólogo Benjamin Libet ya había realizado experimentos en la Universidad de California con resultados que advertían de esta realidad. Las técnicas modernas de imagen cerebral utilizadas en Berlín no han hecho más que redundar en la evidencia aportada por Libet y demostrar que el inicio de la actividad y la conciencia de la misma pueden llegar a tener un desfase todavía mayor de los encontrados por él.

El también neurólogo Antonio R. Damasio nos hizo ver que el despliegue fisiológico de las emociones precede a la conciencia de las mismas. Y el psicólogo Paul Ekman demostró que durante unos milisegundos se nos escapan microexpresiones faciales y corporales (lenguaje no verbal) que filmadas a cámara lenta nos permiten ver las verdaderas emociones manifestadas por nuestro cuerpo antes de que el sentido de la buena convivencia social nos impulse a enmascararlas (con un mínimo desfase de 200 milisegundos en este caso).

Libertad de elección y conciencia del yo

Somos materia perecedera cargada de la energía que llamamos vida. Probablemente el yo no sea más que la energía que llamamos conciencia y que emana del cerebro cuando estamos vivos y despiertos. Sin conciencia no hay yo.

Necesitamos estar despiertos y en vigilia para que las candilejas del teatro de la vida iluminen a este protagonista de nuestra historia personal que somos cada uno de nosotros. Y las distintas candilejas son la atención, la percepción, la memoria de las vivencias actuales y pasadas, la cognición, la emoción... Si falla alguna de ellas, no se produce la luz de la conciencia.

Francis Crick, Premio Nobel de Medicina de 1962, una de las mentes más preclaras que han investigado sobre la naturaleza de la conciencia, usaba la metáfora de las lucecitas del árbol de Navidad para explicarla: necesitan encenderse todas a la vez para que el árbol se ilumine. De manera análoga, las neuronas de distintas partes del cerebro tienen que sincronizarse para que se produzca la conciencia, desde el sistema reticular del cerebelo hasta el tálamo y los lóbulos prefrontales.

Las redes neuronales que unen el tálamo con el córtex oscilan con una frecuencia de 40 hercios y los barridos que producen van de la frente a la nuca empleando para ello entre 12 y 13 milisegundos, pero la sincronización que llamamos conciencia requiere un mínimo de entre 100 y 200 milisegundos.

Teníamos asumido que la conciencia puede disminuir o incluso desaparecer durante un tiempo, que hay trastornos neurológicos que dividen la conciencia y crean varios yoes en una misma persona, o que una degeneración neuronal nos puede anular la memoria y, en consecuencia, matar nuestra esencia de persona.

Ahora, con estos descubrimientos, nos toca asumir un conocimiento nuevo sobre nuestra manera de ser: la conciencia llega cuando ya hemos tomado la decisión. Nuestras decisiones están predeterminadas inconscientemente un poco antes de que nuestra conciencia las perciba como si las hubiera desencadenado de manera premeditada. Y esta es la palabra clave: no ha habido “premeditación” consciente. La respuesta biológica ha sido automática y anterior a la toma de conciencia “meditada” de que estamos conformes con la acción ya ejecutada.

La libertad de desarrollar hábitos de conducta

Pero la “premeditación” puede haber sido de días o años antes. Debemos darnos cuenta de que nuestras conductas obedecen en buena medida a los hábitos y costumbres adquiridos. Y aquí interviene el libre albedrío.

Si decido reaccionar agresivamente cada vez que mi instinto de supervivencia se siente atacado, y así lo reafirmo con mis vivencias, he aplicado mi libre voluntad a anticipar mis futuras respuestas agresivas y violentas frente a cualquier ataque. La “premeditación” ha sido condicionada por mi educación y por mi entorno, pero también por mi capacidad de elección personal.

En resumen, disponemos de libre albedrío cuando somos capaces de prever nuestra futura conducta y tenemos buena capacidad de respuesta –parcialmente desaparecida en situaciones extremas– para rectificar (con desfase de segundos) los efectos de nuestra programación previa. Se trata de conocer bien nuestros impulsos y tendencias; de programar la memoria emocional para articular a tiempo los mecanismos de autocontrol que eviten –mediante nuestro albedrío– las conductas y consecuencias no deseadas.

Afirmar que mantenemos el libre albedrío porque podremos frenar y echar para atrás lo que deciden nuestras capas cerebrales más primitivas es una pretensión que hay que matizar.

Con lo que tarda el sistema cerebral superior, en ocasiones solo podremos rectificar tarde y mal. Podré evitar la muerte de la víctima de mi ira desenfrenada si reprimo a tiempo el golpe mortal. Podré impedir que los insultos salgan de mi boca solo cuando mi cuerpo haya manifestado mi rabia, aunque sea con gestos. Podré cambiar la expresión externa de mis emociones verdaderas en mi rostro y en mi cuerpo, pero habré quedado en evidencia durante unos cuantos milisegundos.

Instinto e identidad del yo

Esta cuestión plantea la necesidad de revisar el concepto de libre albedrío y también el del yo. La postura adecuada –en contra de las visiones reduccionistas– es pensar que estas partes “autónomas” de mi cerebro también son yo. Aunque sea un yo distinto al que siempre hemos creído y que nos disgusta tener que aceptar.

Michael Gazannniga, director del Centro SAGE para el Estudio de la Mente de la Universidad de California en Santa Bárbara, nos recuerda que el desfase está causado por las diferencias de velocidad de reacción de cada capa evolutiva del cerebro. Los instintos y las emociones se disparan antes de que el cerebro racional tenga tiempo de reflexionar adecuadamente, pero esto no implica que no podamos actuar de manera racional en la inmensa mayoría de las ocasiones.

Todos hemos experimentado ataques de ira (o de euforia) que hemos sabido controlar a tiempo, antes de que la reacción biológica espontánea sea irreparable. Lo normal, lo más frecuente, es que nuestros arranques automáticos sean filtrados por la conciencia racional y determinemos si rectificamos o ratificamos nuestros impulsos primarios.

En la decisión binaria de acelerar o frenar nuestros instintos, emociones o impulsos radica nuestro verdadero albedrío.

Fue un error histórico otorgar a la conciencia de nuestro yo una dimensión mayor de la que le corresponde. Pero también el intestino y las vísceras (por poner un ejemplo) se mueven sin que tengamos que aplicar nuestro control consciente sobre ellos y, sin embargo, sentimos que son parte de nuestra identidad y no tenemos la sensación de que vayan por su cuenta sin ninguna relación con nuestra mente.

Es más, cuando sentimos dolor en una parte cualquiera de nuestro cuerpo, estamos muy lejos de comprender o tener conciencia de qué les está pasando en detalle a nuestras células y, aun así, no sentimos que sean parte ajena a nuestro yo ni que escapen totalmente a nuestra voluntad.

Inteligencia emocional para la libertad

Hablando metafóricamente, nuestro cuerpo es un caballo montado por un jinete llamado conciencia. El caballo se puede desbocar, pero la responsabilidad de los daños que pueda ocasionar se la atribuiremos al jinete. Porque es quien tiene la obligación de conducirlo y de haberlo educado previamente. Nadie puede afirmar que el gobierno del caballo por parte del jinete era una simple ilusión y que es el caballo quien decide el viaje del jinete.

La doma de caballos es un arte antiguo y bien valorado. La doma de las emociones humanas se llama educación para la convivencia y es más antigua aún y mejor valorada. Aunque actualmente está de moda denominarla inteligencia emocional. En ella radica el potencial de libertad de nuestras futuras actuaciones.

Para saber más
Michael Gazzaniga. ¿Quién manda aquí? El libre albedrío y la ciencia del cerebro. Paidós, 2012.
Francis Crick. La búsqueda científica del alma: una revolucionaria hipótesis para el siglo XXI. Debate, 2000.

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